¿A partir de cuántos atentados comienza la guerra?

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De Berlín, donde un camión negro se ha empotrado contra un mercado de Navidad, nos llegan imágenes sombrías. Puestos reducidos a migajas, cuerpos hechos pedazos, sirenas de policía donde sólo unos minutos antes resonaban villancicos. El balance provisional es de 12 muertos y 48 heridos. Según un mensaje de la policía de Berlín publicado en Twitter, los “investigadores estiman que el peso fue dirigido intencionadamente hacia la multitud que había ido a pasearse al mercado de Navidad en la Breitscheidplatz”.

El suceso se inscribe dentro de una serie de desastres mundiales. Las reacciones estupefactas y consternadas se suceden a intervalos cada vez más cortos, desde hace mucho tiempo. Nos unimos al duelo de nuestro prójimo, condenamos el acto en sí, nos esforzamos por explicarlo. Los lugares cambian, pero la angustia permanece.

¿A partir de cuántos atentados comienza la guerra? ¿Seguimos siendo espectadores o ya formamos parte de ella?
Nunca podremos acostumbrarnos a esta nueva normalidad. ¿De qué sirven los árboles de Navidad cuando en sus ramas no hay regalos, sino cadáveres? ¿A partir de cuántos atentados comienza la guerra? ¿Seguimos siendo espectadores o ya formamos parte de ella?

En días mejores, todos sabemos que la historia de la humanidad es la historia del progreso. Incluso en esas horas fatídicas en las que se asesinó al embajador ruso en Ankara y se atacó el mercado de Navidad en Berlín, nos vimos condenados al optimismo. Sabemos, sin embargo, que el camino hacia la luz pasará necesariamente por oscuras catacumbas. Pero ahí no se entonarán cantos religiosos.

El atentado en el mercado de Navidad de Berlín frente a la Iglesia del Recuerdo del Emperador Guillermo se convertirá en el emblema de un nuevo eclipse de la civilización. Nuevas locuras que surgen tras la sombra de otras antiguas. Cerca del campanario en ruinas, que nos recuerda los bombardeos en la ciudad, se encuentra el camión que ha sido transformado a sangre fría en instrumento de la muerte.

Esta guerra ya es una guerra de disrupción, pero los gobiernos no le siguen los pasos.
El gobierno compra drones y aviones de combate para combatir no el terrorismo, sino su propio sentimiento de impotencia. Trata de impresionarnos, ya que no impresiona a los autores de los atentados. Porque estos se desplazan de un frente a otro más rápido que las ardillas entre los árboles de un parque. Los que ven demasiado complicado colocar una bomba en una mochila no tienen más que sentarse en la cabina de un camión. Esta guerra ya es una guerra de disrupción, pero los gobiernos no le siguen los pasos.

La mecha está prendida. Serpentea de Alepo a Niza, de Niza a Berlín, y nosotros no sabemos si alguien encontrará la fuerza política para apagarla a tiempo. Ni siquiera hemos empezado a deshacer la madeja de la miríada de terroristas y de sus motivaciones. Muchos tienen la sensación de ser los espectadores de su propia biografía. En esta época de desgracias, la suerte consiste en encontrarse en el lugar adecuado del mercado de Navidad equivocado.

La llama de la esperanza no se apagó anoche. Pero su destello empieza a parpadear.