Mientras en el mundo incontables familias carecen de educación, alimentos y medicina, las grandes potencias invierten millones y millones de dólares para fabricar “armamento de guerrera de punta”, en los países donde no se fabrican armas los disolutos líderes políticos dejan de hacer obras, por invertir en armas, lo más lamentable de las guerras es la pérdida de personas humildes e inocentes. La violencia física lo único que deja es eterna tristeza en el corazón de aquél que pierde a un ser amado, quienes inducen el odio desperdician su deleitable presente ellos no conocen la luz de la paz, ni tampoco permiten que su entorno viva en iluminada libertad.

El hombre cuando nace es una eminencia de alma, después al correr de los años inicia a conducir por un destino que puede ser de gloria o infierno, cuando es adulto se convierte en lo que ha deseado, puede ser admirable o despreciable, el hombre necio se corrompe con poder, dinero y fama, el gobierno que en éstos tiempos promueve paz es signo de respeto, aunque algunos son destacados por promover verbalmente la paz de día mientras de noche el odio de ellos es de verdadera tiniebla…

Madre Teresa de Calcuta (1910- 1997) Premio Nobel de la Paz 1979, en su discurso al recibir el Nobel habló sobre el  aborto y después de 40 años su insigne mensaje tiene mayúscula e increíble respiración. “Estas son cosas que rompen la paz, pero creo que el mayor destructor de la paz hoy es el aborto, porque es una guerra directa, un asesinato directo por la madre misma”, en otro párrafo menciona “hoy, millones de no-nacidos son asesinados y no decimos nada. En los periódicos leemos esto y lo otro, pero nadie habla de los millones de pequeños que han sido concebidos con el mismo amor que tú y que yo, con la vida de Dios. Y no decimos nada, nos callamos…”. Es inaceptable que una criatura inocente sin conocer la luz del universo pueda pagar los actos incorrectos que dos adultos en sus  5 sentidos han realizados, si  aún no están preparados para recibir a un bebé, hoy no deberían hacer decisiones que mañana provoquen infinito dolor.

Abiy Ahmed Ali (1976) es un ingeniero informático, militar y político que desde el 2 de abril de 2018 el es Primer Ministro de Etiopía. Este pasado viernes 11 de octubre de 2019, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, un reconocimiento muy bien merecido por promover la paz de su patria y de la región. En el sitio web oficial del Premio Nobel  se lee; “El Comité Nobel noruego  decidió otorgar el Premio Nobel de la Paz para 2019 al Primer Ministro etíope Abiy Ahmed Ali por sus esfuerzos para lograr la paz y la cooperación internacional, y en particular por su iniciativa decisiva para resolver el conflicto fronterizo con la vecina Eritrea. El premio también está destinado a reconocer a todas las partes interesadas que trabajan por la paz y la reconciliación en Etiopía y en las regiones de África oriental y nororiental”.

Gracias al ingeniero, inventor, escritor y fabricante de armas sueco, Alfred Bernhard Nobel  (1833-1896), muchas familias de distintas regiones del planeta han sido privilegiadas con el Premio Nobel, que desde 1901 ha llevado grandiosa e indeleble alegría a sus hogares por su destacada labor en las categorías de Física, Química, Medicina, Literatura y Paz. Si hubiese un Nobel para los presidentes corruptos sería imposible elegir al ganador […]. A lo largo de la historia desde que se entregan estos premios, se han mirado sorpresas inenarrables, este galardón lo han recibido personas que no lo merecen, otras personas lo han rechazados y hay pocos privilegiados que lo han recibido dos veces, en categoría diferentes.

Le Duc Tho nació el 14 de octubre de 1911 y falleció el 13 de octubre 1990, fue un destacado revolucionario, militar y político vietnamita, junto a Henry Kissinger (1923) fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1973,  “por los esfuerzos en los acuerdos de paz que pusieron fin a la Guerra de Vietnam. No obstante, Le Duc Tho rechazó el premio argumentando que su país todavía no estaba en paz, pero Kissinger conservó el galardón”.

Por: Carlos Javier Jarquín
Carlos Javier Jarquin
El chico poeta