Adulterio técnico

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En Holanda, hace unos años, se supo de un hombre que se preciaba de ser el padre de más de un centenar de hijos, dado que él es o era donador de semen. En otros países, hay más varones que se dedican a suministrar su semen para mujeres que desean ser madres, y que por ciertas razones no pueden embarazarse de sus maridos o compañeros.

Históricamente, se dice que, el doctor nazi Josef Menguele, sería uno de los precursores en la inseminación asistida, y que de hecho logró en países como Argentina, embarazos en muchas mujeres gracias a los varones donadores. Sin embargo, esta clase de cosas, plantean un aspecto de bioética y de moral cristiana.

O sea, desde el punto de vista que se aborde, eso implica un adulterio técnico, pues las mujeres gestan en su vientre un embrión producto de la fecundación del semen de un hombre, que no es precisamente su esposo.

Entonces, pese a que tales mujeres no hayan tenido contacto genital con el donador, lo cierto es que llevan la materia procreativa de un hombre que la dona o incluso la vende (comercializa), y ambos aspectos son formas de someter el poder procreativo a un envilecimiento, pues se opone al plan divino del matrimonio fiel, el cual no debe estar anclado, a intereses egoístas o inmorales.

El Magisterio de la Iglesia, se ha opuesto a toda técnica que atente contra los valores cristianos. El Catecismo de la Iglesia, con profunda claridad declara:

Canon 2376. “Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio. Quebrantan “su derecho a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro” (CDF, instr. «Donum vitae» 2, 4).

2377 “Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas [inseminación y fecundación artificiales homólogas] son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, instrucción. «Donum vitae» 82).
“La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos… solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (CDF, instr. «Donum vitae» 2, 4).

En resumen, ciertamente la procreación es un don que Dios le ha dado a la Creación misma, sin embargo, en el caso humano, Dios mismo impuso reglas morales. Pero cuando los hombres de ciencia, y la prepotencia de otros (en este caso las parejas que no quieren aceptar la voluntad divina de no conceder hijos) tratan de salirse de tales reglas, y allí es donde aparece una comisión de pecado.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos