pedrito pereira

De cierta forma, y haciendo uso de estos medios, poco a poco me voy desahogando mientras el encargado alcalde Pedrito Pereira tiene a bien concederme la cita que desde el pasado noviembre le pedí y que me prometió formalizar antes que expirara dicha anualidad.

He querido hablar con Pedrito para conversar con él “frente a frente”, únicamente desde el punto de vista periodístico, y en su despacho, sobre las acciones que a corto, mediano o largo plazo, tiene consideradas la Alcaldía, si es que las tiene, para mitigar, con carácter prioritario, los problemas que agobian a los ciudadanos.

Mientras llega la cita, si es que llega, por estos medios le he ido “hablado” al temporal alcalde sobre los problemas de Transcaribe, sobre el elefante blanco en que se ha convirtió el Mercado de Santa Rita, sobre los problemas del Caño Juan Angola y el descarado robo de sus orillas en el barrio de Crespo.

Pero también, y mientras Pedrito me recibe, le seguiré escribiendo puntualmente sobre la inseguridad, sobre el insalubre Mercado de Bazurto, sobre los inconclusos hospitales locales, sobre la salud pública y el incontrolado Dengue, y sobre otros temas, como del que me ocupo hoy, el del vergonzoso espectáculo de ver convertido el Centro, el Histórico y el Comercial, en un verdadero tugurio, con el agravante que esta condición no aminora sino por el contrario, se agiganta cada día más.

Obvio es que el problema no nació con Pedrito, no; pero Pedrito se alebrestó para ser alcalde, aunque fuera por encargo, y lo logró; entendemos, porque como cartagenero quería trabajar por la ciudad y paliar sus más apremiantes problemas, como este de la tugurización del Centro Histórico y del Centro Comercial, entre otros.

Hasta ahora, la estrategia para menguar la tugurización del Centro, la de “enganchar” por complacencias politiqueras a un desbordado número de guardas adscritos al EPA y a la Oficina de Espacio Público para “espantar” el desorden, ha sido un rotundo fracaso; y usted lo sabe muy bien, señor Alcalde.

La tugurización es permanente e incontrolada, pero se exacerba en determinadas horas, en las del medio día y en las nocturnas.

Desde las primeras horas, o como dicen, desde “Dios amanece”, la invasión de las calles del Centro y del espacio público corre por cuenta de toda suerte de ventas ambulantes. La agobiante oferta va desde venta de joyas de fantasía, o abalorio, como se decía antes; frutas, tubérculos, juegos de azar, “minuteros”, planes para celulares, maletas, zapatos, frituras, quesos y bebidas antihigiénicas, a lo que hay que añadirle la incontrolada proliferación de indigentes y necesitados inmigrantes venezolanos.

El caos, como ya anotamos, se incrementa en las horas del mediodía con los que en improvisadas carretas transitan entre calles ofreciendo insanos arroces de pollo o mariscos; y con los que “a domicilio”, o “puerta a puerta” distribuyen almuerzos en cajas de icopor que luego, sin recato, son tiradas a las vías.

Pero el culmen, señor Alcalde, llega en la noche; usted lo sabe, cuando el Centro se convierte en tierra de nadie con la prostitución y el descarado microtráfico que ante la vista de las autoridades se realiza.

Finalmente, a la tugurización del Centro también, y de manera insólita, contribuye la misma administración distrital autorizando el establecimiento de antiestéticas chozas o tendales en los callejones de la Matuna para satisfacer a los artesanos.

Lástima señor Alcalde, que la Vicepresidente solo venga a la ciudad los fines de semana, días en que disminuye el caos, no pudiendo usted darle un paseíto por el Centro y observe el tugurio en que se ha convertido.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018