Los hombres de ciencia actuales, hablan de microcosmos y de macrocosmos, sin embargo, esa es una simple percepción al amparo de lo que intenta ver el ser humano. O sea, gracias al desarrollo de los microscopios, se ha podido observar infinidad de formas de vida y de estructuras físicas y químicas; y con la ayuda de potentes telescopios es posible observar planetas, estrellas, cometas, planetoides y nebulosas que están a distancias exageradas desde nuestro planeta. Pero en fin, el universo infinitamente pequeño y el infinitamente grande conforman un único cosmos, creado por un solo Dios, que es omnipotente, omnipresente y omnisciente.

Pese a lo anterior, no faltan científicos que niegan la existencia de una creación de mano divina, es más hasta insisten en que fe y ciencia son irreconciliables. Pero no siempre eso es cierto, sino basta poner la mirada en un hombre como San Alberto Magno (1199-1280), que además de su investidura clerical, fue un notable geógrafo, botánico, astrónomo y filósofo. De hecho, San Alberto en muchos aspectos se adelantó a quienes dieron siglos después por sentadas ciertas leyes naturales o cósmicas, como la realidad de los sistemas solares (heliocéntricos), la forma esférica de la Tierra (basado quizás en ciertas tesis de algunos de los filósofo-matemáticos griegos de la antigüedad).

Pero no solo San Alberto Magno intentó desarrollar una buena relación entre ciencia y fe, sino también un hombre como Roger Bacon (1220-1292), un teólogo franciscano, que se adentró en la física, alquimia (luego considerada pseudociencia), matemáticas y otros estudios científicos. Pero ahí no queda todo, sino pensemos en el cura prusiano Nicolás Copérnico (1473-1543) que fue célebre por retomar los fundamentos heliocéntricos de Aristarco de Samos (astrónomo de la Grecia antigua). Le puede seguir en la cronología Giordano Bruno (1548-1600), teólogo napolitano, matemático y astrónomo, que propuso la existencia de más estrellas como el Sol y de planetas con posibilidad de vida. Tales ideas irritaron a las altas autoridades de la Iglesia, que se empecinaban en creer que la Tierra era el centro del Universo, entonces se buscaron argumentos falsos para condenar a Giordano a la hoguera.

Otro destacado personaje fue el francés Blas Pascal (1623-1662), que además de teólogo católico, se destacó como matemático, físico y filósofo. También podemos sumar a la lista, al sacerdote austriaco y de la orden agustiniana Gregor Mendel (1822-1884), que se interesó en realizar numerosos experimentos (ahora llamados genéticos) con plantas y animales, los cuales sirvieron de base para que posteriores científicos descubrieran el ADN, ARN, los genes, cromosomas entre otros aspectos. También se debe recordar al cura francés de la orden jesuita, Pierre de Teilhard de Chardin (1881-1955), que hermanó en lo posible sus estudios de la evolución de las criaturas y origen del universo, con los aspectos de la fe.

Georges Lemaître (1894-1966) nacido en Bélgica, compartió su sacerdocio con los estudios en astronomía, física y matemáticas, y fue postulador de la teoría de la expansión del universo y de otros aspectos que hoy la ciencia toma en consideración. Por otra parte, en la orden de los jesuitas (a la que perteneció Teilhard como ya se citó), varios de sus sacerdotes han descubierto cometas, explicado ciertas características del comportamiento de nuestro planeta y de otros como Mercurio, solo para citar algunos aspectos.

En tanto, el mismo seno del Vaticano cuenta con la Pontifica Academia de Ciencias, que apoya los estudios científicos, eso sí, al amparo de los valores éticos y cristianos. Es más, los astrónomos de la Santa Sede son jesuitas y algunos están destacados en el Observatorio Steward en Arizona, EE.UU., aunque en el mismo Palacio de Castel Gandolfo, se cuenta con un observatorio (de los más antiguos en el mundo). El padre Brown nacido en los Estados Unidos, comisionado en el observatorio del Vaticano ha expresado: “Dios hizo un universo razonable. Por eso existen las leyes de la Ciencia, que demuestran que tiene sentido”.

Tan solo esos aspectos, son para enfatizar que no siempre es cierto que la fe y la ciencia se enfrentan, salvo los casos en que hombres de ciencia inescrupulosos o ateos intentan hacer o creer lo contrario, eso sí, al campo de la fe se le debe reconocer su sentido de ciencia metafísica, por cierto, a veces muy cercana a las ciencias sociales, que de todas formas muchas veces son muy distintas en metodologías, con respecto a las ciencias naturales.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos