Hoy, 26 de Julio, se cumple el séptimo aniversario de la muerte de Álvaro José Arroyo, “EL HIJO MAYOR” de Cartagena. El músico más grande que ha tenido El Corralito de Piedras. Un prodigioso cantante y compositor de salsa y música tropical, mejor conocido como el “Joe” Arroyo (1955-2011). Gran artista que siempre tuvo su estilo musical propio. Todo el mundo ha podido admirar y disfrutar por varias décadas y que seguimos y seguiremos disfrutando con el legado de tantas bellas composiciones y grabaciones que nos ha dejado.

Álvaro José Arroyo González nació el 1 de noviembre de 1955, día de Todos los Santos, en el antiguo Hospital Santa Clara, en el centralísimo barrio San Diego, a las dos de la tarde, y se crió en el barrio Bruselas, de donde era su mamá Ángela. Después de Álvaro vinieron Jairo e Ignacio. Los hermanitos Arroyo pasaron mucha penuria económica en su niñez; sin embargo, como suele ser, los niños también sabían divertirse. Unos de los pasatiempos del Joe era cogerse los nísperos en la casona de Sara Polo, vecina del barrio Bruselas, a la que le divertía escuchar cantar al pequeño que imitaba lo que oía por la radio y que a veces iba con su cabecita metida en una lata vacía de aceite escuchando ya atentamente las extensiones sonoras de su propia voz. Más tarde, abandonados por su padre Guillermo Arroyo – albañil y mujeriego que procreó cerca de 40 hijos con varias mujeres – la esbelta y morena Ángela y sus tres hijitos se mudaron al barrio Nariño.

Tuve el privilegio de ver al Joe actuar en vivo varias veces. No solo, tuve el honor de poder contribuir en su único y exuberante estilo de vestir, trayéndole unas telas espectaculares de lentejuelas con las que se mandó a confeccionar un par de chaquetas que luego se las pude ver en una presentación para la televisión – por ese tiempo yo vivía en Italia de dónde solía traer a Colombia algunas telas originales- pues bien, por medios de un amigo en común logré visitar su casa de mármol gris en la Carrera 38 al norte de Barranquilla, en 1.994. Nuestro amigo me dijo que fuera después de tres de la tarde, porque El “Centurión de la Noche” dormía en el día. Cuando Joe vio las telas, enseguida comprendí que tenía un nuevo cliente. Joe tenía ese gusto atípico y único para sus pintas. Era afro-caribeño tanto en su sentir musical como en sus modas.

Una noche fui a ver al Joe que actuaba en la Calle del Arsenal. La avenida había sido cortada al tráfico y a medio camino, entre la la estatua de Rodrigo Betancur y el Pasaje Leclerc, se había montado la tarima. Mi esposo estaba a mi lado. Él es italiano, primera vez que veía al Joe y noté como absorbía y gozaba la música del talentoso cartagenero. A un cierto punto se me acercó al oído y me dijo “Este es un gran artista… ¡Impresionante!” Así era el Joe Arroyo: sencillo, único, original…Dios lo hizo y luego tiró el molde.

Quiero hacer unos apuntes especiales a la canción “La Rebelión”. El Joe la consideraba como su himno, dado que fue la que le dió popularidad internacional. En sus mismas palabras: “me abrió las puertas de Europa, Asia… nunca pensé que podría llegar hasta África”; además, le dio para comprar su primera casa. Es una historia de abuso esclavista que bien podemos ubicar en los siglos XVI-XVII y en aquella Cartagena de Indias dónde actuaba el misericordioso San Pedro Claver, el verdaderamente revolucionario “esclavo de los esclavos” como él amaba definirse. Al piano, durante la grabación original de 1986, se sentaba por primera vez Chelito de Castro y estaba nervioso. “Suéltalo pues” le dijo el Joe a Chelito, para que se sintiera más a gusto y salió del estudio. “De los nervios, la angustia y el deseo de hacer una canción perfecta,” recuerda Chelito “me quité la camisa como quién se va a dar trompadas, me concentré y me dejé ir… me lancé con todo y como a los 30 segundos noté que el Joe no entraba ni hacía seña de parar… así que extendí el solo y ese piano viajó por minuto y 15 segundos.” Cuando el Joe vuelve a entrar en el estudio le dice al teclista: “¡No joda, Chelito, te fajaste!” y Chelito orgullosamente recuerda que esa fue la primera y única toma que se hizo del famoso solo que les hizo conocer al Joe, a Chelito y a “La Verdad” en todo el mundo. Bien, esa composición del Joe fue arreglada por Michi Sarmiento, conocido músico y saxofonista original de Soplaviento, Canal del Dique, y familiar de mi padre.

Volviendo a la noche del Arsenal, a la tarima se acercó otro gran costeño: el Kid Pambelé. Como todo el mundo sabe, Antonio Cervantes Reyes, mejor conocido como “Kid Pambelé”, fue dos veces campeón del mundo de boxeo en la clase peso welter junior, en 1972 y 1977. Descendiente de esclavos africanos enraizados en el pueblo de Palenque y soberbio atleta del ring tuvo, sin embargo, una mala y difícil pelea con el alcohol y las drogas. Y esa noche, en el Arsenal, era evidente que el “Pambe” no andaba fino. El Joe lo elogió publicamente por el micrófono, Pambelé quiso subir a la tarima pero el Joe le indicó de quedarse quieto, abajo. Fue mejor así, visto el estado confuso de Pambelé, ¿quién sabe qué disparates podría haber soltado con el micrófono a su alcance?

En otra ocasión vi al Joe en la Plaza de Toros de Cartagena, En la velada se exhibían varios artistas importantes y, como suele ser, de variados estilos musicales: pop-rock, vallenato, etc.; sin embargo, cuando la orquesta “La Verdad” se instaló en el escenario y oímos la inconfundible voz tenor del Joe que reverberaba por el amplio foro taurino, todo el mundo se puso a mover el esqueleto y es que la música del Joe es de lo más contagioso que hay para bailar.

En las fiestas de toros en Turbaco, en otro concierto, lo recuerdo rodeado de conjuntos de vallenateros clásicos como Jorge Oñate o Los Betos; pero, de nuevo, cuando arrancó el “Sonero Mayor” con sus originales composiciones, sus modales sencillos, su sabor tropical, sus piernas clavadas en el espacio de una baldosa, sus palitos claveros entre sus manos marcando el típico “tac, tac tac” y su inimitable chillido equino, ¿pues qué decir?, no hay nadie más con quién compararle.

Una noche vino a actuar en el Country Club de San Fernando de Cartagena, fue de sus últimos conciertos. Se veía que hacía mucho esfuerzo para cantar y ya casi ni bailaba y Su mirada apagada y mirando a ninguna parte. Fue muy triste ver que nuestro artista más grande y amado por todos los que le conocíamos y disfrutábamos de su música, se nos estaba acabando poco a poco. Pero aún con todo su cansancio y fatiga, Joe nos regalaba siempre una sonrisa. y pudimos acercarnos y hablar con él un rato.

La noche del Country evidenció los problemas de salud que el Joe acumulaba. El tiempo no perdona y menos aún si no nos cuidamos. Desafortunadamente el Joe también tuvo una larga batalla con las adicciones y la vida nocturna que él vivía – durante la cual no solo se exhibía sino que componía y grababa – tampoco le facilitaba su recuperación física y el debido reposo que el metabolismo del “centurión de la noche” requería.

Numerosos fueron sus quebrantos de salud y en más de una ocasión fue dado por muerto. Sin embargo, su espíritu luchador – duramente templado desde pequeño en sus andares por los barrios Bruselas y Nariño y por los bares y burdeles de Tesca, en su natal Cartagena, donde se inició a cantar con solo ocho añitos – acoplado con su sensibilidad artística y espiritual (significativa su composición “A mí Dios todo le Debo”) le concedieron vivir hasta su 55 cumpleaños.

La carrera musical del Joe duró cuatro décadas en las cuales trabajó con 10 orquestas diferentes participando en 48 LP’s. Pero su mayor legado lo dejó en las grabaciones que realizó con “La Verdad”, su propia orquesta que inició a liderar desde los 26 años y con la cual dejó grabados 23 LP’s repletos de salsa y de invenciones musicales como es su original “joesón” en el cual fusiona porros, cumbias, chandé, soka, calypso, sonidos africanos, etc. Muchas estrellas de la salsa le admiraban, la gran Celia Cruz afirmó que le hubiera gustado grabar un dueto con el Joe, logro que sí pudo realizar el cacique de la Junta Diomedes Diaz, otro grande de la música colombiana, con el tema “Ron pa’ todo el mundo”. Muchos también fueron los premios que el Joe recibió entre los cuales destacan varios discos de oro, premio mejor disco Feria de Cali 1996, y por supuesto los 12 Congos de Oro otorgados entre 1974 y 1998 en el Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla. En 2011, en homenaje póstumo, recibió también un Grammy Latino.

La última vez que lo vi en vivo fue en España. En una discoteca del pueblo de Alcantarilla, en las afueras de la ciudad de Murcia. El concierto fue un éxito pero para mi fue súper especial porque antes que subiera a la tarima el Joe me regaló una generosa entrevista de la cual. además, conservo esta foto.

Alvaro Jose Arroyo con Nereyda Guerrero
Entrevista de Alvaro Jose Arroyo con Nereyda Guerrero

Ahora ya vivo de nuevo en mi amada Cartagena y una noche tuve la ocasión de compartir con amigos en el “Bar El Coro” del Hotel Santa Clara, en el Barrio San Diego. Allí tuvimos la agradable sorpresa de ver actuar al Guachi Melendez, la histórica voz corista del Joe y consumado ejecutor de maracas salseras. El Guachi es otro gran talento cartagenero que curiosamente inició sus andares musicales al lado de Hugo “Sabor” Alandete, QEPD, otro inolvidable salsero nativo de la isla de Barú, antes de pasar a trabajar con el Joe con quién grabó más de 10 LP’s. Me hizo mucho placer ver como el Guachi le dedicó un respetuoso recuerdo al “Maestro, Joe Arroyo”, especialmente cuando interpretó el exitazo “Falta la Plata” que inmediatamente nos hizo levantar y ponernos a bailar con gozo. Caigo en la cuenta ahora que esa noche estuvimos bailando y gozando la música del Joe justo donde él vino al mundo y dió sus primeros humanos griticos: ¡el antiguo Hospital Santa Clara que hoy es un maravilloso hotel!

¡Gracias, inolvidable Joe! por tantos bellos y alegres momentos que has regalado y sigues regalando a tú gente costeña, a tú tierra Colombia, y a todo el público internacional que tuvo el privilegio de verte un día y que por medio de tú arte te sigue admirando: ¡Joe, eres eterno e inigualable!

Por: Nereyda Guerrero De Manderioli
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