Bastantes personas se ufanan de tener una excelente salud física, sin embargo esas mismas son las que padecen las más serias enfermedades espirituales, que al final los consume en el pecado. Por otra parte todos los vicios habidos y por haber en primer término surgen de una enfermedad moral, que luego los arrastra a la enfermedad del cuerpo, como es el caso del alcoholismo, el tabaquismo, la marihuana, la cocaína, crack y aunque no lo creamos hasta las mismas adicciones sexuales muchas veces causan, enfermedades venéreas y el SIDA.

Pero por qué no considerar también una serie de enfermedades emocionales que tienen un origen en las enfermedades espirituales, como es la práctica de conductas malas como el robo, la mentira y el crimen, que además aleja la paz espiritual.

Cuando Jesucristo vino a este mundo no solo sanó males físicos como ceguera y parálisis, sino también dijo a algunos enfermos, “te perdono tus pecados”, y de forma automática llegó la salud del cuerpo. También se da el caso de personas, que por un misterio divino deben padecer por el resto de sus vidas enfermedades físicas, eso sí, Dios les concede la gracia de soportar con amor tantos dolores y privaciones. San José María de Balaguer después de visitar a una enferma incurable dijo:

“¡Cómo amaba la voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí espiritualmente!, veía en la enfermedad larga, penosa y múltiple (no tenía nada sano) la bendición y las predilecciones e Jesús y, aunque afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en todo su organismo sentía, no era un castigo, era una misericordia”.

Ejemplo también, de tantos padecimientos han sido muchos santos como Francisco de Asís, Martín de Porres y santas como Rita de Casia, Teresa de Lisieux, Bernardette Souvirus, María Mazzarello, para citar algunas. En la vida de san Antonio de Padua se narra el hecho o la manera, en que Dios a veces se vale de la enfermedad para cumplir sus planes.

Entonces san Antonio ingresó a la orden franciscana y se ofreció como misionero a tierras infieles, en este caso Marruecos. Partió pues en un barco con su compañero Felipe, pero recién llegado el navío al puerto se sintió muy enfermo. Entonces sufrió una terrible fiebre que no desaparecía, por lo cual entendió que Dios tenía para él otros planes.

Decidió pues, regresar al pueblo de Coimbra en Portugal, sin embargo el barco de regreso se halló en una terrible tormenta que lo hizo naufragar, en las costas sicilianas. Así Antonio y su compañero Felipe se refugiaron en un convento pobrísimo, en la región de Mesina. Allí prodigiosamente su salud mejoró, luego pasó a Roma y continuó su camino a Asís, donde san Francisco convocó a una magna convención de religiosos (llamado por los biógrafos el Capítulo de las Esteras).

Después de ese hecho Antonio inició su intensa misión en aquellas tierras, en especial Padua. Notemos pues, como algo que parece tan sin sentido como es una enfermedad pasajera sirve de bien o en beneficio, de otros aspectos.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Ensayista y comentarista