Cali está de fiesta

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A partir de hoy y hasta el treinta de diciembre, Santiago de Cali celebrará su feria número sesenta, motivo de alegría suficiente para una ciudad que ha aprendido a vencer sus tristezas con sonrisas y bailes.

Dicen quienes más la conocen y la quieren, que Cali, fundada por Sebastián de Belalcázar en 1536, es única por el carácter incluyente de su gente. Nacida en el piedemonte que une a la cordillera con el valle, y en el cruce de diferentes ríos y praderas, fue desde sus inicios un lugar de encuentros entre diferentes razas, lenguas y culturas.

En tiempos – anteriores y presentes – en los que las ciudades erguían murallas y casillos para defenderse, Cali se decidió en cambio por la construcción del Puente Ortíz en 1734 para poder comunicarse con el mundo. El paso del tiempo no impidió que la ciudad mantuviera su esencia, y a sus calles fueron llegando personas de todos los rincones conocidos y ajenos. Gentes de fuera del Valle, principalmente de Antioquia y del Viejo Caldas, pero también del Chocó, del interior del Cauca y de Nariño, pronto asentaron sus familias y sueños debajo del majestuoso cielo caleño. Entrados los últimos siglos llegaron también diásporas de españoles, italianos y judíos que huían de las dictaduras y sus cadenas en Europa, así como libaneses que llegaron seducidos por el prometedor comercio que nacía. A ninguno se le cerró jamás el permiso de entrada, y todos han forjado la Cali contemporánea.

En su espíritu abierto anidó desde siempre la algarabía, la risa, y el romance. Quizás el refrescante viento de sus atardeceres, su particular versión voceada del castellano, o la interminable abundancia de sus tierras fértiles, hicieron de esta la capital de la fiesta. Ni las tres cruces puestas por Vicente y Juan de Cuesta en 1835 para espantar las correrías y sus efectos hechizantes en los caleños, ni la terrible explosión del almacén de armamentos militares que la dejó en ruinas en 1956, lograron aplacar las formas alegres y sensuales de la ciudad.

Prueba de ello fue que en 1957, con la clara intención de superar la amargura de la trágica explosión, y en total justicia con su carácter fiestero y diverso, Cali decidió darle una celebración anual a su historia y su espíritu, garantía eterna para una ciudad que logró, a menudo con una salsa de fondo y en una tarde de domingo, hacer realidad la promesa de mestizaje del Nuevo Mundo.

Para quienes la visiten en los próximos días, atraídos seguramente por su celebración decembrina, se les recomienda honrar a esta bella morena con algo más que una parranda en Juanchito. Un dulce de frutas – o cholado – en las canchas Panamericanas para darle pelea al calor, un baño en las templadas aguas del Pance para limpiar el alma, o un agradable paseo por el Río Cali para admirar a La Ermita, muy seguramente la dejarán más satisfecha.

No olviden reconocer en ella la grandeza de quien abre las puertas de su casa sin pedir nada cambio; la hidalguía de una ciudad que es bella porque es de todos, sin importar credos, ideas, ni colores.

Cali es Cali, lo demás es loma.