En un camino sinuoso a lo largo del corazón de la región del vino barolo, Michele Reverdito estacionó su auto y caminó hacia un viñedo marchito y triste.

“Mira las hojas marchitas y las uvas tan pequeñas y arrugadas”, dijo mientras sostenía entre las manos un racimo de uvas nebbiolo en un caluroso día de agosto.

El vinicultor de 48 años explicó que a diferencia de sus vides cercanas, que eran antiguas y tenían raíces profundas, estas no podían llegar a las reservas subterráneas de agua, lo que hacía que las uvas fueran vulnerables a la sequía de este año y al brutal sol veraniego.

“Nebbiolo significa ‘el vino de la niebla’ porque las uvas se cosechaban en noviembre”, comentó, y agregó: “¡Ahora las vamos a cosechar en septiembre! El mundo está cambiando”.

Como dice la frase latina, in vino veritas (en el vino está la verdad). Las temperaturas más cálidas, las estaciones más cortas y las tormentas fuera de temporada ocasionadas por el cambio climático están acelerando la cosecha del cultivo más venerable de la civilización occidental.

Los productores de vino en este preciado territorio debaten el impacto en el producto final, pero hay un reconocimiento generalizado de que el calor, el granizo y el clima extremo entre uno y otro representan un reto anual.

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Bruno Novelli, de 58 años, con una gorra, poniendo uvas dentro de la máquina para limpiarlas bajo la supervisión de Italo Stupino, de 81 años, el segundo desde la izquierda. Foto: Alessandro Penso

Un estudio de la NASA y Harvard realizado en 2016 sobre las fechas de la vendimia desde los años 1600 descubrió que el cambio climático adelantó significativamente las cosechas en Francia y Suiza durante la segunda mitad del siglo XX.

Otros estudios sugieren que las regiones viticultoras tradicionales de Europa y el mundo serán demasiado cálidas para las uvas tradicionalmente vinculadas a su tierra y clima, por lo que se tendrán que adoptar las variedades de climas cálidos.

Vale la pena reflexionar sobre los problemas que deberán enfrentar los buenos vinos: ¿Qué pasa si Burdeos se vuelve inhóspito para la uva cabernet franc o merlot? ¿Qué sería de Borgoña sin la pinot noir? ¿Qué pasa si el sur de Inglaterra remplaza a Champaña como el hogar del vino espumoso?

En Italia se culpa a la oleada de calor de este año, que se bautizó como Lucifer, por la colecta apresurada y la baja producción del vino espumoso Franciacorta. Se espera que la industria del vino en general caiga un quince por ciento en todo el país.

Aquí en Piamonte, donde un antiguo océano enriqueció la tierra con minerales y el sol acariciaba las colinas con la temperatura justa, los medios noticiosos italianos anunciaron con asombro la vendimia del vino blanco en julio.

El capítulo local de Coldiretti, el organismo agrícola italiano, hizo notar que la vendimia para el barolo, que suele ser hasta noviembre, ahora tendría lugar semanas antes.

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Un trabajador vertiendo uvas pinot nero en la prensa de la vinícola Castello di Neive. Foto: Alessandro Penso

“La gente está haciendo la vendimia en traje de baño, ¡cuando antes se hacía con guantes y abrigos!”, lamentó Piero Comino, de 63 años, con una copa de arneis que es un vino blanco del color de la paja.

En las colinas bajo Castello di Neive, seis jornaleros trabajaban en pareja a mediados de agosto, cortando con destreza los racimos de uvas pinot nero (pinot noir en Francia) y colocándolas en cajones de plástico rojo. Una semana antes, ya habían recolectado las delicadas uvas que se usan para elaborar el espumoso de un viñedo adyacente.

“Son veinte días antes, en promedio, debido al cambio climático” dijo Ion Bruno, de 50 años, un trabajador que ha estado cosechando uvas desde hace tres décadas, mientras cortaba un racimo por el tallo.

La sequía, más que el calor, amenaza a las uvas, dijo, y agregó que en lugar de una lluvia constante, ahora la precipitación llegaba en aguaceros que escurrían por las laderas y poco hacían para saciar la sed de las vides.

“Hace décadas había nieve en el suelo en noviembre”, comentó su compañero Bruno Novelli, de 58 años, mientras se dirigían a una nueva vid. “Y ahora ya no nieva”.

Esos cambios deben ser manejados con cautela por los fabricantes de vinos, varios de los cuales dijeron que, de aprovecharse correctamente, el calor podía mejorar su producto.

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Viñedos de uvas nebbiolo cerca de Alba. Foto: Alessandro Penso

Claudio Roggero, quien como enólogo de Castello di Neive decide, entre otras cosas, cuándo hacer la vendimia, se paseaba satisfecho por los corredores de las vides, diciendo que las uvas lucían perfectas.

“Si hubiera dejado estas uvas otra semana podrían haber acabado como estas”, dijo al detenerse frente a un racimo extrañamente bronceado. “Es muy peligroso”.

A mediados de agosto, un termómetro plantado en uno de sus viñedos mostraba una temperatura por encima de los 40 grados Celsius. “Está por las nubes”, dijo el propietario de la finca vitivinícola, Italo Stupino, de 81 años, mientras miraba hacia las colinas.

Stupino también señaló los viñedos destruidos por una granizada en abril, y, no obstante, manifestó su duda de que fuera el cambio climático lo que motivara las alteraciones.

“Lo creo hasta cierto punto”, dijo encogiéndose de hombros. “La temperatura sube y baja. Tuvimos granizo en abril y recuerdo que de niño hubo agostos muy, pero muy calurosos”.

El sentimiento era el mismo a lo largo de las colinas. En Monforte d’Alba, justo afuera de la plaza del pueblo, Giovanni Rocca se adentró en sus colinas y masticó con alegría una uva que había recogido de su viñedo.

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“Nebbiolo significa ’el vino de la niebla’ porque cosechabas las uvas en noviembre”, dijo Michele Reverdito. “¡Ahora las cosechamos en septiembre! El mundo está cambiando”. Foto: Alessandro Penso

“Las uvas son hermosas, el calor les hace bien”, comentó mientras argumentaba que la vendimia, que probablemente sería unos diez o quince días antes de lo habitual, era probable que produjera menos barolo en cantidad, pero con una mayor calidad.

Su hijo, Maurizio, de 37 años, también habló de los beneficios del sol. Sin embargo, agregó que las temperaturas por encima de los 38 grados Celsius “no eran buenas para el vino, los frutos se desequilibran y se engrosan mucho, y tienen un contenido de alcohol demasiado elevado”.

Aseveró que sabía cómo lidiar con las anomalías pero si las olas de calor intenso se volvían permanentes: “Nos veremos obligados a plantar plátanos y piñas”.

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Una vista del lecho seco del río Tanaro situado en la región vinícola del Piamonte. El río es afectado por la sequía que también es una amenaza para las uvas. Foto: Alessandro Penso

Por: JASON HOROWITZ
New York Times