Son aproximadamente las 6:00 pm, la luz del sol empieza a desvanecerse. Los comercios bajan las santamarías, las personas salen de sus trabajos y los carros se amontonan en las principales vías de Caracas. El desespero se apodera de los caraqueños, que quieren llegar a sus casas antes de que anochezca.

Cubiertas por la penumbra, las vías principales de la capital parecieran salidas de un cuento de fantasmas. La única luz tenue que existe es la de las vallas publicitarias o los pocos carros que transitan debido a un “autoimpuesto” toque de queda por la inseguridad.

Más tarde, a las 8:00 pm, la soledad y la oscuridad son aún más atemorizantes. Caracas es una “boca de lobo”. En su principal vía, la Francisco Fajardo, pareciera haber tres postes encendidos por cada seis apagados. Los ciudadanos optan por no tomar la autopista para “escapar de las sombras”, pero al elegir rutas alternas, la realidad es similar. A medida que se avanza, la oscuridad se va “tragando las calles”. Esquivar los huecos en el pavimento se convierte en una hazaña.

Al borde de las vías, en las aceras, está desolado. En un país con un índice de homicidios de 91 muertos por cada 100.000 habitantes, son pocos los peatones que se atreven a esperar en las paradas de autobús.

En medio de las “tinieblas” por la falta de iluminación, cabe preguntarse: ¿Cómo Venezuela vive esta realidad si es un país productor de petróleo que era pionero en generación de energía?

Con un presupuesto en el año 2017 de 595,2 millardos de bolívares, más la implementación del Plan Cocuyo por 100 millardos de bolívares para la restauración y recuperación del alumbrado público del país, pareciera ilógico que las calles de la capital se encuentren a oscuras.

Desde 2010 la nación se encuentra sumergida en una crisis eléctrica y las razones son diversas: falta de inversión y mantenimiento; tarifas insuficientes; fenómenos ambientales; mala gestión y robo de cables de cobre.

Por: Geraldine Pérez / Video: Christian Chacón

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