Nuestra actual Cartagena comenzó llamándose con el vocablo Kalamary, voz Caribe que los aborígenes acuñaron para distinguir al que hoy conocemos como Cangrejo; nombre que pareciera haber sentenciado a nuestra ciudad para toda la vida.

Este primigenio nombre, Kalamary, el que llevó cuando aún era una primitiva aldea de nativos, y que su pobladores le dieron antes que la voluntad del invasor español lo cambiara por el de San Sebastián de Kalamary presagiaba estar condenándola a ser una población que en vez de progresar pareciera retroceder y permanecer indiferente ante el látigo que la subyuga.

El vocablo Calamarí con el que los nativos bautizaron al Cangrejo, ese decápodo crustáceo de dura coraza, de poca capacidad para defenderse y con desplazamiento en reversa, es un nombre de gran significancia y hasta de vaticinio en el cual podrían encontrase muchas de las respuestas a los interrogantes que afanosamente, y día a día, nos hacemos por todo lo que nos ha sucedido y nos sigue sucediendo, y a lo que creemos no encontrarle explicación alguna.

A todo esto no podríamos dejar de añadirle lo que con verdadero lujo de detalles y precisión literaria plasmó “El Tuerto López” en su reconocida y exaltada poesía dedicada hace más de cien años a nuestra ciudad, “A mi ciudad nativa”, y no tacañear en su escrito su percepción sobre el comportamiento de la sociedad cartagenera a la que por un lado tildó como una “caterva de vencejo” pero por el otro, expresando su aprecio por la misma, terminó escribiendo que aún y pese a su pleno y rancio desaliño era una ciudad capaz de inspirar el mismo cariño que se le tiene a los zapatos viejos. Así es Cartagena.

En Cafés, tertuliaderos, tiendas de barrios, buses, parques y demás sitios de concurrencia, muchos se preguntan ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué nos pasó? ¿Por qué hemos permitido que nuestra ciudad se haya convertido en cueva de ladrones, de esos que arrasan sin misericordia los recursos públicos?

¿Por qué cada vez que llegan las elecciones volvemos a repetir el error y seguimos “metiendo la pata”, como dicen, eligiendo alcaldes, concejales y ediles que no habiendo pasado mucho tiempo y quitándose la máscara con la que engañaron al pueblo para lograr su elección terminan “pelando el cobre”? ¿Por qué la ciudad sigue dormida y no despierta?

Nos deslumbra, nos acongoja y hasta nos da “envidia” ver el progreso y el desarrollo de las vecindades. Todo el despliegue por la inauguración de los Juegos Centroamericanos en Barranquilla es un último de estos acontecimientos que nos llevan a este convencimiento; y para no atiborran este escrito con muchas otras cosas, no sigo mencionando más.

El rezago de nuestra ciudad es evidente. La corrupción y el desamor por ella nos ha llevado al estado de postración y degradación en el que nos encontramos. Reclamamos, nos lamentamos, pero no despertamos. La ciudad está y seguirá dormida.

Lo dice muy claro la melodía “Tres perlas”; y no de ahora, lo dice desde hace mucho tiempo, que Barranquilla con alegría se levanta; pero Cartagena, la Heroica, está dormida….y además, es un paraíso acosado por piratas.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018