“Fui una niña triste,” afirmaba Chavela “no tenía el amor de mis padres y me crié sola.”

Nacida el  17 de abril de 1919 en San Joaquín de Flores, Costa Rica, María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano efectivamente tuvo una infancia muy triste y solitaria. Sus padres notaron que su hija tenía una extraña manera de ser y de vestir; en definitiva, no era muy femenina y llegaron a esconderla de las visitas que iban por casa. Hasta el cura le prohibía entrar en la iglesia a aquella niña de manos grandes y aspecto varonil.

Cuando el matrimonio se divorcia María Isabel se va a vivir con sus tíos, padece poliomelites, y a los 17 años toma la valiente determinación de irse de su casa y de su tierra. Su padre le amenaza, dice que se avergüenza de ella; parece ser que Chavela vende una vaca y unas gallinas y se compra un tiquete de avión con rumbo a México. Era 1936. En el DF, Chavela vive en una azotea y se defiende como puede para poder subsistir. Pasaran 13 años más para que el gran compositor-cantante José Alfredo Jiménez descubriera su talento. Ya Chavela es una mujer de 30 años, viste con poncho y pantalones, rasga guitarra, bebe tequila en las cantinas como cualquier hombre y con voz desgarrada canta de su alma lacerada. Es única. Jiménez se da cuenta enseguida y se convierte un su padrino musical además de compañero de interminables parrandas tequileras.

En un ambiente “macho” como el de México su conducta irreverente y ambigua tenía admiradores y detractores. Por un año se alojó en casa del famoso pintor Diego Rivera en Coyoacán y fue amiga-amante de su esposa, Frida Kahlo. En las bodas de Elizabeth Taylor con Mike Todd en Acapulco, en 1957, cantó, bebió y amaneció en la cama con Ava Gardner, otra estrella de Hollywood que por esos años estaba divorciandose de Frank Sinatra y tenía una vida sexual ambigua.

Chavela mantuvo decenas de amoríos con varias mujeres: su hambre de cariño lo compartió con jovencitas gringas que pasaban sus vacaciones en las playas de Acapulco o con novias o esposas de Ministros que se acercaban a sus memorables conciertos. “El amor no existe,” alegaba Chavela “es un invento de las noches de borrachera”. Y así, con igual pasión como cuando cantaba y bebía, ella vivía sus efímeras aventuras sentimentales.

“Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores
Otra vez a tomar con extraños y a brindar por los mismos dolore”

Sin embargo una de esas aventuras duró cinco años, fue con la joven abogada Alicia Elena Pérez Duarte, que también se convirtió en su representante musical y apoderada legal hasta el día de su muerte. Se conocieron en 1988 y el idilio duró hasta 1993 cuando ambas decidieron tomar sendas distintas; sin embargo, Alicia siempre estuvo pendiente de cualquier necesidad de Chavela. “Chavela es un mito que la vida me dio la oportunidad de vivir, “ recordaba la abogada “un privilegio”.

“México me enseñó a ser lo que soy,” declaró una vez Chavela “pero no con besos sino a patadas y a balazos. Me agarró y me dijo te voy a hacer una mujer en tierra de hombres y te voy a enseñar a cantar“.

La afición por la música y el canto cementó Chavela Vargas a José Alfredo Jiménez de una manera visceral. Rancheras como “Que te vaya bonito”, “Amanecí en tus brazos”, “La media vuelta”, “Vámonos” o “El último trago” en la voz de Chavela efectivamente asumen un impacto emocional sin igual.

“Escribía tres o cuatro canciones diarias,” recordaba Chavela de su talentoso colega “a veces en servilletas, con lápiz labial de la mujer de turno. Imposible saber que le gustaba más, el tequila, las mujeres o la música,” decía de José Alfredo “éramos como éramos: jóvenes y borrachos”.

José Alfredo Jiménez era siete años más joven que Chavela y cuando falleció por cirrosis hepática, en 1973, Chavela Vargas apareció en el velorio completamente borracha. Se acercó al cuerpo cadáver de su amigo y sacó un gritó desde lo más profundo de su ser. Algunos presentes intentaron apartarle pero la viuda de José Alfredo les dijo: “Déjenla, está sufriendo tanto como yo”.

Cuantas cosas quedaron prendidas hasta dentro del fondo de mi alma
Cuantas luces dejaste encendidas, yo no se como voy a apagarlas

La muerte de Jiménez desencadenó la peor época de Chavela Vargas. En los ’70 y ’80 prácticamente se volvió alcohólica, su brillante carrera se desmoronó y Chavela se hundió en el anonimato y en la indigencia. Muchos en México la daban por muerta pero Chavela estaba desaparecida y más tomada que nunca en su retiro de Tepoztlán, Morelos, Alicia Elena, su pareja, un día encontró a su hijo de ocho años que admirado reparaba a Chavela disparando balazos a unas arañas. Fue el colmo. “O dejas de beber o no nos vuelves a ver” le intimó Alicia Elena a Chavela que, finalmente, optó por resolver sus problemas de trago y se perdió por las montañas en busca de unos chamanes que supuestamente le quitaron el vicio de beberse hasta el agua del florero.

Como dice una de las famosas frases de José Alfredo Jiménez:
Que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar…

Más su resurgir artístico se debe en buena parte a Pedro Almodóvar, el director de cine español, que adoraba el modo de cantar de Chavela Vargas al punto de llegar a llorar. En los años ’90 varias canciones de Chavela hicieron de banda sonora a las exitosas producciones del director manchego y él se convirtió en una especie de ángel protector de la cantautora. De hecho, ella llegó a definirlemi esposo, en este mundo” y Almodóvar dijo de Chavela “es mi único amor en la tierra.”

Siempre en España recibió el cariño del cantante-actor Miguel Bosé, otro enamorado de la cultura mexicana, y entabló amistad con Joaquín Sabina que le dedicaría la canción “Por el bulevar de los sueños rotos”. Es una composición que bien define a Chavela Vargas, “mestiza ardiente de lengua libre” y trovadora genuina que ha caminado por una vida llena de baches:

Las amarguras no son amargas
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo

En los años ’90 España dio alas a su segunda juventud y Chavela, con siete décadas de vida e infinitas historias, supo recoger esa oportunidad concediendo decenas de conciertos, grabando canciones, cd’s, etc. En 2002 aparece en la película “Frida” protagonizada por Salma Hayek que la invita a cantar “La llorona”. Como nunca antes, prestigiosos teatros internacionales le abren sus puertas: el “Olympia” de París le acoge en 1994 como también el Carnegie Hall de Nueva York, donde graba un cd en vivo en 2003. Como nadie es profeta en su tierra, finalmente, el Teatro de Bellas Artes del DF también recibe a su excepcional hija adoptiva el 15 de abril de 2012. Es la dulce apoteosis de su larga y demasiadas veces amarga carrera. “Es un orgullo cumplir este sueño cuando ya casi estoy acabando” dice Chavela a los presentes; fue el adiós a la tierra mexicana que ella tanto amó.

Su último deseo fue hacer un concierto en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, “para despedirme de Federico” dijo. En 1993 Chavela había pasado un tiempo en la prestigiosa Residencia, justo en la misma habitación en la cual García Lorca se había hospedado en los años ’20 del siglo pasado, en aquel epicentro de actividad cultural por donde pasaron personajes históricos como Severo Ochoa, Marie Curie, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Albert Einstein, Rafael Alberti entre muchos otros. Contaba la cantautora que curiosamente, allí, en su ventana, solía recibir la visita de un pájaro que para ella simbolizaba el alma del poeta andaluz.

“Estaba en mi casa de Tepoztlán,” dirá más luego “sentada y sola y escuché una voz, era Federico, y le pregunté ¿Qué hicieron con tu muerte?”. De ese dialogo nace su último trabajo “La Luna Grande”, un cd-libro en el cual Chavela Vargas recita poesías de Lorca y le canta sus canciones. Es su personal homenaje al inolvidable poeta granadino que presenta en el DF en febrero de 2012.

Con 93 primaveras, de pie delante del micrófono aún con silla de ruedas a sus espaldas, Chavela da su último concierto en la citada Residencia. Es verano, mes de julio: los madrileños desertan la capital y se van a las playas pero la fiel fanaticada le aclama y Chavela agradece. Está visiblemente fatigada, recibe las atenciones que le dispensan los médicos pero su mayor deseo es volver cuanto antes a su entrañable tierra mexicana.

Aludiendo a su próxima muerte, Almodóvar recuerda que le confesó:Una noche me detendré… poco a poco, sola y lo disfrutaré”. Chavela Vargas falleció el 5 de agosto de 2012 en Cuernavaca, Morelos, no muy lejos de su amado pueblo de Tepoztlán donde quiso que se esparcieran sus cenizas. Ese día Alicia Elena se encontraba en Ginebra, Suiza, era verano pero cayó una inesperada tormenta. “Al enterarme de la muerte de Chavela,” recordó la ex magistrado “tomé a mi nieta recién nacida, mi gran amor, y bailé con una canción de Chavela”.

Por: Nereyda Guerrero De Manderioli
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