Hoy 26 de abril, es el aniversario de lo que fue el peor accidente nuclear de la historia: Chernóbil. Una tragedia que contaminó gran parte de Europa, cuya planta atrae actualmente a turistas de todo el mundo y busca su inscripción en la Unesco.

“La explosión en la central de Chernóbil y sus consecuencias transformaron el mundo”, declaró a la revista Forbes el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, durante una visita a la zona de exclusión de la central, de un radio de 30 kilómetros. La tragedia “mostró a la humanidad que hay desgracias que nos afectan a cada uno y a todos juntos”, agregó el mandatario.

Además, el presidente ucraniano hizo una invitación a la comunidad internacional para que, hoy más que nunca, fortalezcan la seguridad para evitar posibles tragedias similares

El 26 de abril de 1986, el reactor #4 de Chernóbil explotó a las 1:23 de la madrugada durante una prueba de seguridad.

El combustible nuclear ardió durante más de 10 días, liberando elementos radioactivos que contaminaron la atmósfera de gran parte de Europa y, sobre todo, lo que entonces eran las repúblicas soviéticas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia.

En ese entonces, las autoridades de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) intentaron esconder el accidente hasta el 14 de mayo.

Más de 116.000 personas fueron evacuadas de los alrededores de la central de Chernóbil. Oficialmente se reconocen una treintena de muertos, entre bomberos y operarios de la central, por la radiación después de la explosión. En los años posteriores, 230.000 siguieron sus pasos y actualmente los alrededores de la central se encuentran prácticamente deshabilitados.

El balance de víctimas de la catástrofe sigue siendo objeto de debate.

El comité científico de la ONU (Unscear) solo reconoce oficialmente una treintena de muertos entre los operarios y los bomberos que fallecieron por la radiación después de la explosión. En 2006, la ONG Greenpeace estimó en unos 100.000 el número de muertos provocados por los efectos radiactivos de la catástrofe nuclear.

Por: Erika Ardila Palacio