Cien años de soledad: 50 años de un fenómeno inabarcable

En el fondo hay algo inexplicable en el éxito masivo de la obra de Gabriel García Márquez. Sin embargo hay algunos elementos que pueden ayudar a entender en qué consistió el acierto del escritor colombiano.

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Conmemoración por los 50 años de Cien Años de Soledad en Aracataca. - Foto: Biblioteca Nacional de Colombia

Cien años de soledad es un fenómeno que aún no podemos comprender. Quien se atreva a darle un vistazo a las cifras de venta y lectores del libro y tenga la humildad de considerarlas fríamente, comprobará algo sin precedentes ni repetición, pasmoso y casi inexplicable.

En su extenso ensayo sobre la novela, Historia de un deicidio, de 1971 Mario Vargas Llosa lo resume así: “El éxito es fulminante: la primera edición se agota en pocos días, y lo mismo ocurrirá con la segunda, con la tercera y las siguientes. En tres años y medio, se venden casi medio millón de ejemplares, en tanto que las reediciones de los libros anteriores de García Márquez alcanzan también tiradas insólitas en el mundo de habla española. La crítica, prácticamente sin excepción, delira de entusiasmo […]. En pocos meses, se firman dieciocho contratos de traducción, y las primeras ediciones extranjeras merecen, también, honores: Premio Chianchiano 1969 en Italia, Prix du meilleur livre étranger 1969 en Francia, seleccionado entre los 12 mejores libros de 1970 por los críticos literarios de Estados Unidos”.

Pero aun teniendo en cuenta todo esto, nos quedaríamos cortos. La dimensión cultural que adquiere la novela ha sido asunto de no acabar. Rodrigo García, hijo de Gabo, cuenta en un documental reciente que el libro era ofrecido en los años setenta como parte de la canasta familiar en México. Además, es una casualidad muy significativa que el lanzamiento de Cien años de soledad se diera en los mismos días del disco Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de los Beatles, pues, para sorpresa de muchos, la fama que por esos días alcanzó García Márquez solo podía compararse con aquella que gozaron y sufrieron los cuatro de Liverpool. Vargas Llosa dijo: “El éxito resonante deja a García Márquez mareado y algo incrédulo”.

En los años siguientes, García Márquez tuvo que lidiar con la responsabilidad de ser una figura pública de primer orden. Luego de un primer momento cuando disfrutó de la fama, Gabo acabaría expresando todo el vértigo de su vida con datos precisos y contundentes: “No hay día en que no llamen dos o tres editores y otros tantos periodistas. Cuando mi mujer contesta al teléfono, tiene que decir siempre que no estoy […]. Ya uno no sabe ni quiénes son sus amigos”.

Este hombre desesperado era el amigo íntimo de figuras políticas centrales en América Latina (no solo Fidel Castro) y tan influyente en medios de gran cobertura durante coyunturas delicadas, como la revista Alternativa. Sin embargo, su talante como escritor no disminuyó en medio de esas presiones. Que después de darlo todo de sí en sus libros más corajudos fuera capaz de pasar sin raspaduras de una narrativa experimental a una canónica habla de la estatura intelectual de esta digna leyenda. Pero su legado ha terminado, al mismo tiempo, tan trivializado como todo lo que se vuelve hegemónico.

Por eso es interesante mirar más de cerca Cien años de soledad y lo que implicó, para entender algunas razones del sitial que se ganó.

Sensibilidad y disciplina

Me parece que la razón esencial para el triunfo de García Márquez con Cien años de soledad está en su combinación perfecta de sensibilidad y disciplina literarias. El escritor contó en sus memorias que se leía el diccionario de la Real Academia de cabo a rabo, y en varias ocasiones dijo que solía desarmar en sus lecturas a autores complejos como Faulkner o Rulfo.

Además de esto hay otros dos aspectos que explican el éxito de sus libros: la unidad de su obra en conjunto y la riqueza de un campo literario fértil que estaba listo para recibir una novela como Cien años de soledad.

García Márquez fue construyendo este libro de a poco, a partir de un aprendizaje voluntarioso y autocrítico. No olvidemos que se decidió a presentar su primer cuento en el periódico El Espectador impulsado por las palabras con que Eduardo Zalamea Borda, editor de la página cultural de este diario, convocó a los escritores jóvenes. La vocación literaria de Gabo no despertó pero sí se activó con ese mensaje, que no dejó escapar. Desde ese instante comenzaron a aflorar las obsesiones que habrían de encontrar en Cien años de soledad una expresión esplendorosa. Desde “La tercera resignación”, su primer cuento, de 1947, los temas de la decadencia y de la muerte serán comunes en su literatura.

A esto se suma la especial capacidad asimilativa de García Márquez. Su aprendizaje no es solo formal y erudito sino que fue enriquecido con la experiencia. Cuando conoció a sus amigos del Grupo de Barranquilla, y en especial cuando acompañó a su madre a Aracataca a vender la casa de la familia, su visión del mundo se ensanchó y su literatura se transformó. Ya no importaba solo lo literario, sino su relación con el mundo, con la vida.

Desde ese momento, cuando encontró a una Aracataca decrépita, Gabo se empecinará en contar la saga de su familia y de su pueblo, y a lo largo de 18 años irá acercándose con lentitud a la construcción de un universo personal, tan resonante como una mitología universal, en la misma onda de Faulkner y su célebre Yoknapatawpha. La hojarasca, de 1955, es la entrada en ese universo onírico y calcinante: el pueblo Macondo, tan profuso y veraz que en su historia se irán tejiendo inquietantes datos contradictorios. Sobre todo en Los funerales de la Mamá Grande se acaba de delinear al pueblo, pero también aparecen elementos de su entorno en El coronel no tiene quien le escriba y en La mala hora. Estas dos últimas novelas suceden en pueblos distintos de Macondo, pero hay resonancias y también algunos elementos en común, como el padre Ángel por ejemplo, con el ámbito macondiano.

Así pues, por la autonomía y la recóndita variedad de su universo, que se multiplica en todo un conjunto de obras, Cien años de soledad ejerce un atractivo que luego se consumará felizmente en la maestría con que Gabo ha aprendido a construir su mundo. 18 años demoró en darse cuenta de dos cosas esenciales: la estructura, que más que nada es el secreto que guardan los manuscritos del gitano Melquiades. Y segundo: que lo único que le faltaba para construir su saga era asumir el modo natural con que su abuela contaba todo tipo de historias, desde las más imposibles hasta las más cercanas.

Lo demás es sabido: después de ese lamparazo fulminante de la inspiración, el periodista y guionista profesional dio media vuelta en su carro, interrumpió las vacaciones de su familia y se encerró a escribir sin importarle otra cosa que terminar su obra, dejando el cuidado de su hogar a su esposa, la leal y paciente Mercedes Barcha.

Un siglo de oro

La leyenda cumple también su parte en imponer el atractivo de este libro, pero en su momento tampoco era menor el influjo en los lectores de todo el mundo de obras como Rayuela, de Julio Cortázar, y La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, los cuentos, poesías y ensayos de Jorge Luis Borges, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, y los cuentos de El llano en llamas, del mismo Rulfo, entre otros productos de una literatura vital como ninguna otra en ese instante: la hispanoamericana. También estas obras prepararon el camino para que el éxito de Cien años de soledad fuera tan grande.

La relación amistosa del grupo selecto del boom latinoamericano (Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez), y el manejo sagaz que dio la editora Carmen Balcells a casi todos sus libros, acabaron de crear, para el caso de Cien años de soledad, un entorno tan favorable como solo podrían merecerlo las obras tocadas de algún modo por la gracia.

Cien años de soledad, como las más grandes creaciones de la literatura, es una obra que tiene todo por decir de la humanidad. Su vigencia no se agota porque el mundo cambie de un modo u otro, que es lo que más de un escritor posterior ha querido afirmar, en una patética manifestación de inmadurez.

Innegablemente el libro también se ha convertido en una influencia angustiosa, como son la de Borges o la de Kafka, y especialmente en Colombia le debemos también el penoso opacamiento de escritores fundamentales como Germán Espinosa, Fanny Buitrago o Héctor Rojas Herazo, entre otros.

Con eso habrá que vivir y sobre eso habrá que trabajar, pero es mejor ser buen lector de una obra inconmensurable que pretender ser el escritor más vendido de la Feria.

Por: Santiago Andrés Gómez
Crítico de cine, realizador audiovisual y escritor, ha publicado varios libros de crítica de cine, novela y cuento. Premio Nacional de Video Documental – Colcultura 1996.

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