Ciudad 404, la instalación secreta de China que no aparece en los mapas

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Si uno abre Google Maps y pretende encontrar el lugar del que hablamos, no hallará nada. Haga la prueba: busque “Ciudad 404” o, simplemente, “404”. Nada. Lo mismo en inglés: escriba “404 City” o, incluso, “China Nuclear 404”, la traducción literal de su nombre en chino. El resultado será siempre el mismo en ésta y otras aplicaciones similares. Porque lo que está buscando es uno de los secretos mejor guardados en la historia moderna de la nación asiática.

A mediados del siglo XX, el poder de las grandes potencias residía, entre otras cosas, en su capacidad para crear armas nucleares. Tras la proclamación de la República Popular de China el 1 de octubre de 1949 y con las heridas de la guerra civil que vivió el país aún abiertas, Pekín se vio pronto en la necesidad de empezar un desarrollo armamentístico propio, un campo en el que Estados Unidos y la Unión Soviética llevaban años de ventaja.

El detonante que llevó al por entonces líder chino, Mao Zedong, a iniciar este programa no fue otro que la llamada Primera Crisis del Estrecho de Taiwán. Corría el año 1954 y Pekín lanzó un ataque sobre las islas de dicho estrecho, que separaba la China continental de Taiwán. La isla, refugio en el exilio del gobierno nacionalista de Chiang Kai Shek, contaba con el apoyo de Estados Unidos y de su presidente, Dwight Eisenhower, cuyo gabinete llegó a plantearse la utilización de armas nucleares contra la China comunista para frenar su avance sobre Taiwán. Sin embargo, la presión internacional y las dudas del propio Eisenhower retrasaron un hipotético ataque que nunca llegó a producirse tras la retirada de las tropas en mayo de 1955.

Aquel episodio, que tuvo una segunda parte en 1958 y una tercera entre los años 1995 y 1996, llevó a una China atrasada y golpeada por la guerra a embarcarse, con la ayuda de la Unión Soviética, en su propia carrera nuclear. “La única intención de China por aquel entonces era la de equipararse, militarmente, a Estados Unidos. Con el país recuperándose de una guerra que duró más de 20 años, el principal objetivo de los dirigentes era hacerse respetar y evitar la injerencia de países como Japón o el propio Estados Unidos en la formación de la República Popular”, afirma Zhou Yang, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Pekín.

Cumpliendo con el deseo de Mao, China comenzó a trabajar en la creación de su primera bomba atómica; un proyecto que culminaría en 1964 con el ensayo nuclear “596” en el desierto de Lop Nur, en la provincia noroccidental china de Xinjiang. El lugar elegido para llevar a cabo aquel proyecto secreto fue un enclave apartado en la provincia de Gansu, junto al desierto del Gobi. La ciudad creada para dar cabida a los miles de trabajadores que cumplirían con el anhelo nuclear chino nunca recibió nombre y se conoció, simplemente, como Ciudad 404, un sitio que, a día de hoy, sigue sin aparecer en los mapas.

Rumbo a la Ciudad 404

Para encontrar esta ciudad “invisible” volamos hasta Lanzhou, la capital de la provincia de Gansu. Este lugar, atravesado por el Río Amarillo, fue uno de los puntos de paso más importantes de la Ruta de la Seda y hoy busca subirse al carro de un desarrollo que ha sido muy desigual entre las provincias del Este del país y las que, como Gansu, se encuentran en el considerado Oeste chino.

“La elección de Gansu como lugar para realizar el proyecto respondía principalmente a dos motivos. El primero fue su cercanía al desierto y a un campo de pruebas que, finalmente, se establecería en Lop Nur, más lejos de lo pensado inicialmente. El segundo fue lo escasamente poblada que estaba la zona, lo que reduciría las consecuencias de un hipotético accidente y, además, evitaría que el movimiento de personas y vehículos generara más preguntas de las necesarias entre la población local”, asegura Cheng Ming, profesora de ciencia nuclear en la Universidad de Lanzhou.

Siguiendo las indicaciones de la profesora Cheng nos dirigimos más de 700 kilómetros hacia el oeste de la provincia, dejando atrás lugares como Liqian, hogar de los llamados “chinos-romanos”, o Zhangye, otra parada importante en la Ruta de la Seda y que aparece en los relatos de Marco Polo con el nombre de Campichu, hasta llegar a Jiayuguan, una ciudad moderna conocida por albergar el paso más occidental de la Gran Muralla y que es, además, hogar de la mayoría de los habitantes que nacieron en la Ciudad 404. “Vinimos aquí hace unos diez o doce años. Nos dijeron que el suelo sobre el que estaban construidas nuestras casas no era seguro y que lo mejor era trasladarnos”, comenta Ma, empleada de un restaurante en Jiayuguan y miembro de la tercera generación de habitantes de la localidad.

En 2006, casi medio siglo después de creada, gran parte de los 100.000 pobladores de la Ciudad 404 fueron trasladados a localidades cercanas, principalmente a la mencionada Jiayuguan. El subsuelo, que se dice alberga un refugio nuclear, está prácticamente hueco y las estructuras de algunos edificios, según nos comentaron, habían empezado a resentirse. El traslado, pensado para llevarse a cabo en una semana, se extendió por seis meses.

Desde Jiayuguan iniciamos la última etapa de este trayecto. Transitando por la Autovía G30, una de las arterias que conecta el este y el oeste de China a lo largo de más de 4.000 kilómetros, las últimas fábricas de Jiayuguan y Jiuquan, su localidad vecina, dejan paso a llanuras desnudas que anuncian la proximidad del desierto. Algo más de 100 kilómetros después llegamos al peaje de Diwopu, parada final de nuestro viaje.

Permiso para acceder

El peaje de Diwopu, según aparece en los mapas, es un punto desde el cual sólo se puede regresar por donde se ha venido o dirigirse hacia la estación de tren homónima, que tampoco da a ninguna parte. Esto, sin embargo, nos sirvió de pista para dar con la localización de la Ciudad 404. Dos kilómetros después de atravesar el peaje llegamos a la entrada del complejo. Custodiada por militares, estos nos comunicaron que, al pertenecer a la Corporación Nuclear de China, una empresa estatal, solo los trabajadores, residentes en la ciudad o personal autorizado podían acceder a la misma.

Horas más tarde, y con un permiso de emergencia expedido en la comisaría encargada de este trámite y situada a pocos kilómetros de allí, logramos entrar. Escoltados por un policía y uno de los responsables de seguridad del recinto, y habiéndonos desprendido previamente de cámaras y teléfonos móviles, se nos dejó ver una ciudad abandonada junto a una serie de edificios destinados al “procesado de residuos nucleares”. La impresión fue la de llegar a una ciudad china semiderruida y congelada en el tiempo.

“Aunque aún hay unas 900 o 1.000 personas, el lugar dejó de ser residencial hace años. En su día aquí vivieron casi 100.000 personas y había de todo, estación de televisión propia, hoteles, oficina de correos, tiendas, restaurantes… las particularidades del lugar y los motivos por los que fue creado hicieron que se hubiera de construir todo lo necesario para vivir aquí”, comenta el policía que nos acompañó durante el recorrido y que, como supimos más tarde, también nació en la Ciudad 404.

Mientras que para la mayoría de las personas este es un lugar prohibido, aquellos que nacieron en 404, aún habiéndolo abandonado hace décadas, tienen permitida la entrada. Uno de ellos, Li Yang, publicó un post en un blog con varias imágenes del estado actual y anterior de la ciudad.

“El pueblo no tendría más de cuatro kilómetros cuadrados pero contenía todo lo que una ciudad podía necesitar, además del primer reactor nuclear para uso militar de China (donado por la Unión Soviética al inicio de un proyecto al que, poco tiempo después, retiraría el apoyo). 404 es un lugar extremadamente seco y apartado donde las tres generaciones que convivimos nos conocíamos. Mirar las estrellas o hacer deporte eran nuestros únicos pasatiempos cuando éramos niños”, escribe Li Yang, quien en otra parte del citado post relata los problemas de adaptación que vivieron aquellos que, como él, fueron a ciudades más grandes como Pekín para estudiar en la universidad por el aislamiento en el que habían crecido.

Una generación selecta

La primera generación que acudió a la Ciudad 404, sus fundadores, fueron algunos de los mejores científicos y técnicos industriales del país en la década de los 50. No solo eso, para otras profesiones como la de cocinero, electricista o vendedor también se seleccionó a personas que destacaban en sus campos en ciudades más desarrolladas como Shanghai. La mayor parte de aquellos que, junto con asesores venidos de la Unión Soviética, iniciaron uno de los proyectos más ambiciosos de la recién creada República Popular, han fallecido ya y sus cuerpos descansan entre las arenas del desierto del Gobi.

Una hora después de haber entrado abandonamos el lugar con más preguntas que respuestas. De vuelta en Jiayuguan, localizamos a varios de los antiguos residentes de la Ciudad 404, quienes nos contaron que allí, además de las facilidades descritas y otras como una fábrica de helados o un zoo, había una prisión con su propio tribunal, autorizado a dictar sentencias de muerte. “Hubo un caso en los años 90. Un estudiante fue a unos billares y perdió una apuesta con el dueño. El propietario del local le amenazó por no pagar y, pocos días después, por la noche, el estudiante se presentó en casa del dueño del billar y lo mató con un hacha. Lo sentenciaron a pena de muerte y fue ejecutado como lo eran todos, de un disparo en el límite del pueblo con el desierto”, cuenta Li, quien regenta una tienda de ultramarinos en Jiayuguan.

Tras la de 1964, que convirtió a China en la quinta potencia nuclear tras Estados Unidos (1945), la Unión Soviética (1949), Reino Unido (1952) y Francia (1960), el país asiático llevó a cabo otras 44 pruebas nucleares, la última de ellas en 1996. Otros países como Israel, Corea del Norte, India o Pakistán lograron hacerse con este tipo de arma años después pero, aún con los nuevos actores aparecidos en la carrera nuclear, Estados Unidos y Rusia, con en torno a 7.000 armas nucleares cada uno, son las dos grandes potencias, muy lejos de Francia (300), Reino Unido (225) y China (250), los otros tres miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

A pesar de la importancia dada a la creación de la bomba atómica, China firmó el “Tratado de No Proliferación Nuclear” en 1992 y con ello pareció poner fin a sus anhelos nucleares aunque sin llegar a descartar completamente el uso de este tipo de armamento. Según lo apuntado en un Libro Blanco publicado por el ejecutivo en 2005, “China se compromete a no amenazar ni usar armas nucleares contra Estados no poseedores de las mismas o contra zonas libres de este tipo de armamento en cualquier momento y bajo ninguna circunstancia”, algo que se completa con la posición tradicional de Pekín de “no atacar primero”.

Además, los esfuerzos de China apuntan ahora en otra dirección. “El futuro, sin duda, está en la carrera espacial. China, por razones obvias, se ha incorporado tarde respecto a otros países pero se avanza a un ritmo muy superior al de cualquier nación hasta la fecha. Estoy convencido de que en unos años veremos a nuestro país ala vanguardia de la investigación espacial”, aseguran a El Confidencial desde el Ejército Popular de Liberación. China, según se ha apuntado en numerosas ocasiones desde sus organismos oficiales, está “determinada y destinada a llevar al ser humano a la Luna”, para lo cual lleva a cabo planes para enviar un módulo de descenso entre 2018 y 2019. Además, su módulo orbital Tiangong-2 es un paso más en el intento chino de crear su propia estación espacial permanente, algo que podría hacerse realidad antes de terminar esta década.

Lejos de los planes actuales de Pekín y de vuelta en Gansu, aquellos que hoy aún permanecen en la Ciudad 404 son trabajadores del lugar, personas que regentan pequeños negocios y otros que, simplemente, no tienen dónde ir. Todos parecen estar convencidos de que no habrá una cuarta generación en 404 y que el eslogan que todos conocían y repetían morirá con el último habitante de la ciudad más secreta de China: “Daré mi vida y mi conocimiento por mi país y, tras mi muerte, entregaré a mis hijos y a mis nietos para la causa”.

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