Tan simple como tirar un plato desechable o lanzar a la basura algo que ya no se quiere conservar, de esa misma manera muchos jóvenes están asumiendo sus relaciones de pareja.

“Vivimos en una sociedad ‘light’, consumista y cambiante que está influyendo notablemente en los compromisos a largo plazo y de por vida”, reflexiona el padre Carlos Alberto Romero, S.J, director del Centro Pastoral San Francisco Javier, de la Universidad Javeriana.

Asegura que hoy la tendencia general es usar, botar y estrenar. “Pareciera que ante la dificultad es mejor prescindir de la relación y compromiso y estrenar. Se usa a las personas como a las cosas y se cae en el ‘amor frasquito’, un amor que se acaba y no es el amor decisión, que nos implica y exige, es decir, una vida sin abnegación, sin sufrimiento, sin dolor, sin permanencia, ‘chévere’, suave, sin sacrificio, sin compromiso, que en términos cristianos es vivir sin la cruz”.

Y cuando de matrimonio se trata, los que pueden, le huyen y quienes están a punto de dar el ‘Sí, acepto’ llegan con la idea de que si no funciona, la puerta queda abierta para que cada uno agarre su camino. Siendo cada vez más pocos los jóvenes que se le miden a casarse y a cumplir con aquello de “Hasta que la muerte nos separe”.

Marisol, una estudiante universitaria, a sus 26 años, no lo tiene en sus presupuestos. “Eso es muy fuerte, es un compromiso tan grande que hoy, en este momento de mi vida, no me llama la atención”.

Lo dice con la misma seguridad con la que afirma querer hacer una maestría en el exterior, reforzar su inglés, viajar y ser una profesional exitosa. Ella también habla como una futura psicóloga, próxima a graduarse, que ha tenido la posibilidad de atender todo tipo de familias con sus problemas y también opina como la hija de una pareja disfuncional.

Casualidad o no, quienes más se resisten a un compromiso y en especial al matrimonio, son aquellos hijos de parejas conflictivas, disfuncionales o separadas. Sin duda, ellos son los menos interesados en repetir una historia que ya vivieron en casa.

“Los muchachos que hoy están en edad de casarse son hijos, mayormente, de padres que no supieron construir un matrimonio. Por eso llegan vencidos ante la posibilidad de casarse”, señala Julián Salcedo, quien junto a su esposa Ana Lucía Garrido, integran el equipo de coordinadores del Encuentro de Novios.

Agrega que quienes tendrían todo para casarse “no quieren comprometerse absolutamente con nada. La sola palabra noviazgo los asusta. Prueba de ello es que los jóvenes están saliendo y se demoran 6 meses en decir que son novios porque la palabra ‘Novio’ o ‘Novia’ implica compromisos”.

Y para evadir ese peso se han inventado una cantidad de términos, ‘Estamos hablando’, ‘Estamos bien’, “pero no sabemos el alcance de cada nivel, como tampoco desde donde y hasta donde van los llamados ‘Amigos con derechos'”, afirma.

Y quienes se le miden a establecer un noviazgo y lanzarse a las aguas del matrimonio, adquieren el compromiso sin saber qué puerta están abriendo.

Fanny Janeth Cabrera, coordinadora del grupo Comunidad Parejas Alianza, que orienta los Encuentros Prematrimoniales en la Iglesia El Templete, cuenta que después del matrimonio han tenido que escuchar las razones de hombres y mujeres que quieren tirar la toalla y dudan cumplir con aquello de “Hasta que la muerte nos separe”.

“Cuando estalla una crisis y buscan ayuda, muchos reconocen que llegaron al matrimonio presionados por el papá o la mamá; otros que se casaron porque se querían salir de la casa o que lo hicieron porque la situación económica del otro era mejor o porque sexualmente se entendían muy bien. Pero en la convivencia, empiezan los choques con la realidad”.

También sucede que muchos se casan creyendo que así “van a resolver sus vacíos emocionales, especialmente, quienes han tenido una familia disfuncional. Por ejemplo, los que han carecido de mamá, ven en su novia a la mamá; y si ella creció sin padre, verá en el novio el hombre que la protegerá”, agrega Cabrera.

En su experiencia ha visto casos de hombres y mujeres que dan el ‘Sí, acepto’, solo por casarse en la iglesia más lujosa y tener la fiesta más pomposa, pero sin ser consciente de que el ‘Sí’ es para toda la vida.

“Hoy con dificultad las parejas le apuestan a eso. Vemos ausencia de Dios en los hogares, así como falta de fe, tolerancia, amor y entrega por el otro. El mundo está dando la vuelta, todo es rápido, es desechable, la ley del mínimo esfuerzo, del no sufrir y no esforzarme por las cosas, todo lo queremos bien y rápido”, agrega Cabrera.

A través de su trabajo como orientador en la Vicaría para la Familia y la Cultura de la Arquidiócesis de Cali, Diego Fernando Benítez ha observado un síntoma generalizado en las nuevas generaciones. “No quieren asumir responsabilidades en lo laboral, no se proyectan como estudiantes, hay que rogarles para que estudien. Parece que solo les interesa vivir el hoy, el ahora. No se proyectan a futuro”.

Y en materia de relaciones amorosas ha detectado tres comportamientos particulares, según las edades. “Los adolescentes quieren amor eterno; los jóvenes un poco maduros prefieren ‘el ensayis’ y los mayores quieren tener ahí una compañía y piensan que, por mito o por cuestión de edad, las cosas no van funcionar si se casan”.

Hoy una de las grandes dificultades y peros que le ponen los jóvenes a la frase “Hasta que la muerte nos separe”, radica en que “no alcanzan a percibir cuáles son los compromisos de toda la vida. Hoy se quiere compartir con otro pero sin mucha responsabilidad”.

“Sí, me quiero casar”

Aunque casarse para toda la vida puede sonar a una utopía, en Cali, hay jóvenes como Alejandro Salazar, quien a sus 20 años está convencido de la mujer que tiene a su lado y está seguro de que mucho antes de llegar a los 30 años, quiere formar un hogar.

“Crecí en un hogar con mis dos padres y me encantaría casarme con 23 o 25 años, luego de terminar mi carrera y tener un trabajo estable para dar el paso de conformar una familia. El matrimonio está en mi proyecto de vida. Me encantaría ser un generador de vida y de amor”, señala el estudiante de administración de empresas.

Reconoce que él, entre los jóvenes de su generación, es un bicho raro. “La opinión de muchos es casarse a los 30 pero creo que es más bien por el miedo al compromiso y por la inseguridad de no saber con quien está y el optar por relaciones esporádicas”, dice.

Jóvenes y casados: sí se puede

Pero casarse joven y mantener un matrimonio unido, tampoco es una misión imposible. Diego Fernando Benítez, hoy asesor de la Vicaría para la Familia, se casó a los 19 años cuando “tratando de desafiar un poco el mito de que un matrimonio joven no tiene futuro”.

Hoy, con 35 años, 16 de matrimonio y dos hijos, cuenta que él y su esposa lograron trabajar, estudiar, tener tiempo para ellos como familia y dar cabida a los hijos. “Hay que ser buen estratega para lograrlo. No es imposible”.

Tras su experiencia reconoce que “Cuando uno se casa joven está impulsado por el amor y por el sentimiento y tiende a cometer errores porque uno está creciendo y terminando de criarse. Se hacen cosas de manera individual y eso hace el matrimonio vulnerable”, reconoce.

Recuerda que entre las primiparadas es normal tener desacuerdos con el tema del dinero. “Uno está acostumbrado a manejar su propio dinero pero cuando uno entra a convivir con alguien es duro asimilar que ya todo entra a un fondo común”. También hay que aprender que el tiempo que le dedicaban a los amigos y otros disfrutes personales se transformaba en un tiempo para la pareja.

Sin embargo, “nunca tuvimos la intención de tirar la toalla. Creo que cuando decidimos estar juntos nos proyectamos para toda vida. Cuando hay consciencia de eso, uno tiene que resolver todo y no pretender cambiar todo como si fuera una nevera vieja”.

Eso lo entendió Paula, una docente caleña, de 36 años, casada hace dos años con John. “Fuimos novios nueve años, siempre con la intención de casarnos. Antes de decidirnos, crecimos profesionalmente y empezamos a prepararnos. La primera inversión fue comprar una casa, pero cada uno seguía viviendo con su familia”.

Recuerda que la petición de mano “fue como un cuento de hadas, como siempre lo había soñado. Pero luego me dio mucho susto porque dejaba de ser la niña de mi casa para enfrentar una responsabilidad para toda la vida”.

Hoy dice que al menor problema no es necesario salir corriendo, que la clave en tener un matrimonio unido está en la comunicación, en confiar en el otro al 100 % “y aceptar que somos diferentes y que si las diferencias las sabemos llevar, salimos adelante”.

El sacerdote Romero insiste en que la salvación está en que los adultos den ejemplo en el arte de amar a los más jóvenes. “Es un largo camino que exige compromiso y constancia. No es posible abrir y cerrar relaciones como se abren y cierran los certificados de depósito a término a 90 o a 180 días”.

“Estoy dispuesto a casarme”

“El matrimonio es un compromiso para toda la vida, la oportunidad de ser generador de vida, representa amor y fidelidad. Me gustaría terminar mi carrera, desarrollarme laboralmente y por ahí a los 23 años casarme”, sostiene Alejandro Salazar, un estudiante universitario de 20 años.

“Yo me siento llamado a formar una familia y aunque es necesario un tipo de estabilidad económica, no sería estrictamente necesario estar supremamente bien para adquirir un compromiso de ese tipo. Vengo de un matrimonio estable y soy consciente del bien que le hace a unos hijos tener a papá y mamá en casa.

Decir ‘Hasta que la muerte nos separe’ tiene dos caras:

  1. Hoy muchas personas creen que es un cuento, una frase más.
  2. Soy testigo de muchas parejas de jóvenes y de adultos que se viven todo el sentido de esa frase, sin importar las dificultades y lo que pueda suceder:” Yo estoy dispuesto a vivirlo aunque sé que será duro”.

“No me suena bonito”

Marisol tiene 26 años y se graduará como sicóloga. Para ella la palabra matrimonio “suena a un compromiso muy serio y con complicaciones.

No me suena a cosas bonitas. Como sicóloga veo muchas separaciones y considero que la convivencia con otra persona es complicada. Hoy no me llama la atención casarme y si lo hago no tendría hijos.

Vengo de un hogar de padres divorciados, sufrí el tener una familia disfuncional y hoy veo cómo las parejas se separan, generando muchos traumas y marcas en los hijos.

En la lógica colectiva está que debemos hacer una carrera, conseguir un trabajo, tener una pareja, casarse y tener hijos. Pero creo que muchos lo hacen por seguir un proceso, no porque lo vean realmente como un compromiso fuerte.

No hay que casarse porque lo hacen mis amigos o porque me está dejando el tren. Antes de casarse hay que tener los pies sobre la tierra. Uno no puede estar buscando a otro para que te haga feliz”.

“Vivir juntos es como un test drive”

Mario Andrés Santa autor del libro ‘¡Acepto! Hasta que la muerte nos separe’ retoma en su libro una frase: “Si a usted a hombre le propone irse a vivir en unión libre, lo que le dice es ‘Me gustas pero no estoy seguro de que te aguante cuando haya problemas, así que intentémoslo’. Y quien propone matrimonio dice ‘Te amo, te acepto y sin importar los problemas voy a estar contigo para siempre’. Esto se parece mucho a los test drive de los concesionario: probar a ver si nos gusta”.

Santa, pastor y consejero del Instituto Bíblico de Casa sobre la Roca en Bogotá, asegura que por esa mentalidad, hay poco compromiso de parte y parte, miedo a sufrir y un alto temor al fracaso.

“La gente se comporta según lo que cree y lo que ha escuchado, pero no se informa sobre lo que es un matrimonio. Cada vez son más altas las estadísticas de uniones libres porque el punto de vista en que si nos va mal, nos separamos y evitamos tanto papeleo. Eso deja la puerta abierta a separarse. Hoy tenemos jóvenes y adultos con un compromiso más ligero, menos importante”.

Lo que nos divide

“Muchos se casan creyendo que pueden seguir su vida de solteros, pero no entienden que con el matrimonio todo se hace en pareja y eso a más de uno lo coge por sorpresa”, comenta Julián Salcedo del Encuentro de Novios.

Fanny Cabrera, del grupo de parejas Alianza de El Templet, recuerda que: “Hay parejas que siendo novios la pasaban bien y al casarse se olvidan de todo: los detalles, los viajes, las actividades que los unieron. Hay otros que se casan para tener una mujer en la casa, pero esa no era la expectativa que ella tenía”.

Lo económico también divide. “No hay fidelidad financiera ni responsabilidades compartidas y lo que se hace es que se reparten las obligaciones, no hay causas comunes”, dice Salcedo.

Y la llegada de los hijos también crea conflictos. “El hijo no puede ser fruto de una pasión desenfrenada, ni debe ser la excusa para hacer cambiar al otro. Un hijo une a una pareja unida y desune a la desunida. Es un arma de doble filo. Hay niños que llegan a hogares que no existen”.

Mío, tuyo y nuestro

“Muchas relaciones de pareja fracasan porque no fueron capaces de construir un proyecto común. Más allá de ‘Mi’ proyecto, más allá de ‘Tú’ proyecto, debe existir ‘Nuestro’ proyecto, es decir, tener muy claro el ideal de familia que quieren construir los dos. Ahora bien, hablar de un proyecto común de familia supone la existencia de unos valores espirituales.

Por eso no tiene futuro una relación entre dos personas vacías, superficiales, que sólo piensan en la rumba, en el dinero, en la tarjeta de crédito, en la liposucción? Sin espiritualidad no hay futuro para una relación sólida de pareja.

La vida de pareja necesita tiempo para construirse, se alimenta de pequeños detalles, concede espacio a la intimidad y a la ternura. Por encima de todo deben ser buenos amigos y compañeros del viaje de la vida”, explica Carlos Alberto Romero, S.J., director del Centro Pastoral San Francisco Javier de la Universidad Javeriana en Cali.

El ‘boom’ de las uniones libres

El Mapa Mundial de la Familia 2014 dejó en evidencia que Colombia es el segundo país, en América Latina, donde 35 % de las parejas convive sin casarse.

El estudio realizado por Child Trends y ocho universidades del mundo, se realizó en 49 países del mundo.

Sobre las condiciones en las que nacen los niños, el estudio señala que el 84% de los nacimientos se da fuera del matrimonio, cifra que supera todos los porcentajes examinados en los 49 países que representan el 75% de la población mundial e incluye a los hijos de madres solteras y de parejas en unión libre.

Además, Colombia registra la tasa más alta de la región de niños que viven sin ninguno de sus dos padres (11%) y el 27% convive únicamente con uno de ellos.

Mario Andrés Santa autor del libro ‘¡Acepto! Hasta que la muerte nos separe’ dice que el hecho de que los hijos nazcan y crezcan en un hogar establece brinda otro panorama.

“La vida que llevarán los hijos que crecen en un ambiente sólido y seguro, son vidas totalmente diferentes. Pero hoy vemos a la pareja solo en función de pasarla rico y tener sexo. Nos quedamos en el placer, en el utilitarismo”.


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