Compartiendo diálogos conmigo mismo: A nuestro primer asistente

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Largos caminos
de abecedarios
clavados en el alma,
despiertan
mis pasos
de un son monótono.

Todo está frío,
muy desnudo,
sin nervio,
sin corazón,
helado todo,
hasta mis lágrimas.

Nada es lo que fue,
la muerte parece
haber deshojado
mis latidos;
no importa,
renaceremos otra vez.

Tras el invierno,
primavera vuelve
con deseos
de avivar cuerpos,
el viento ríe
soplando apacible.

Que ningún momento
te atormente,
querámonos
a corazón abierto,
que tras el deshielo
llega la vida.

Es la canción
más alegre,
más deliciosa,
pues abrazando
la existencia,
nos recrea y nos crea.

Que el Señor nos proteja,
cuide de nosotros,
sea la luz que nos ilumina;
pues por Él somos, sin ser;
y, al no ser, buscamos
la verdad de lo que fui.

Susténtame Padre
en tu poesía,
sostenme Hijo
entre tu palabra,
tú que vives, en Espíritu,
sobre toda vida.

Amémonos sin temor,
tres personas
nos aguardan
y un solo Dios creador,
de pulso níveo,
y de pausa eterna.

Víctor Corcoba Herrero – corcoba@telefonica.net

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