La diplomacia, que es tan antigua como las propias naciones, es la forma en que los Estados conducen sus relaciones internacionales. Y se basa en la voluntad de diálogo y el entendimiento. Es por eso que se dice que los diplomáticos son agentes de la paz.

Según Harold Nicholson, un embajador inglés de larga carrera y autor de los libros Portrait of a Diplomat y The Evolution of Diplomacy, estos deben poseer no solo “certeza intelectual y moral” y comportarse con “moderación y sutileza”, sino también “ser pacientes y respetar el país que los acoge”. Y podría añadirse que deben tener conocimientos de protocolo, ser cuidadosos en el vestir, hacer uso de un lenguaje apropiado y comportarse como personas de distinción, publicó El Nuevo Herald. 

Desafortunadamente, en algunos países latinoamericanos con poco respeto por la democracia, los diplomáticos son todo lo contrario. En Venezuela, por ejemplo, Nicolás Maduro acaba de nombrar a Samuel Moncada, conocido por su propensión a la violencia, como ministro de Relaciones Exteriores en sustitución de Delcy Rodríguez, famosa por sus deslices protocolares y por haber ofendido al secretario general de la OEA, Luis Almagro, llamándolo “mentiroso, deshonesto, malhechor, mercenario y traidor”.

Pero Delcy Rodríguez no fue sustituida, como pudiera pensarse, por su actitud poco diplomática, sino porque Maduro la necesitaba en otras tareas revolucionarias. En realidad, no hay nada nuevo en ese cambio. En Venezuela designan y destituyen cancilleres con inusual frecuencia. Hasta la fecha, desde Juan Vicente Rangel, que fue el primero investido por Chávez, ha habido una decena de ellos.

Al anunciar el nombramiento del nuevo canciller, Maduro dijo: “Tiene buena labia, tiene pensamiento y habla perfecto inglés”. Para enseguida, levantando los puños en una clara alusión boxística, agregar en un tono jocoso: “Y también mueve las manos”, refiriéndose a un airado encuentro entre Moncada y el activista de los derechos humanos, Gustavo Tovar-Arroyo, en el vestíbulo del Hotel Moon Palace, en Cancún, México, donde se celebraba la 47 Asamblea General de la OEA, reunida allí para tratar de solucionar, precisamente, la grave crisis política y social de Venezuela.

No es la primera vez que diplomáticos chavistas recurren a lo que Maduro calificó como la “diplomacia del tatequieto”. Es decir, la de la violencia. Y la del insulto, la descalificación y la vulgaridad. Y cómo no iba a ser así cuando el propio Hugo Chávez, refiriéndose a la participación del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, en la Asamblea General de la ONU de 2006, dijo al comenzar su discurso: “Ayer vino el diablo aquí. Huele a azufre todavía esta mesa”. Al parecer, eso sentó el tono de lo que sería la futura diplomacia venezolana. Hace unos meses, cuando Luis Almagro convocó a una sesión del organismo para votar la aplicación de la Carta Democrática, Maduro le dijo: “Señor Almagro, métase su Carta Democrática donde le quepa”. Solo para un poco después declarar: “Cuando un pueblo es libre no le importa la OEA para un carajo”.

“Ese ‘estate quieto’ es una forma de amenaza. El limitado vocabulario de Maduro lo obliga a recurrir a frases hechas que transitan entre su incoherencia y su incontinencia verbal”, opina Pedro Roig, asesor senior del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami. En realidad, estas groserías no son de extrañar. Después de todo, la diplomacia chavista es una copia al papel carbón de la de Cuba. ¿Acaso no fue Fidel Castro quien calificó a la OEA como una cloaca? Si alguien quisiese medir el deterioro moral de la revolución cubana solo tendría que fijarse en el descenso intelectual de los cancilleres de la isla.