Cuenta la leyenda que el dios Quetzalcóatl proporcionó las doradas mazorcas de maíz, lo que tanto deseaba su comunidad.

Los campesinos sentimos el roció de la milpa que se adentra en nuestra piel.

Cuando veas los alimentos en tu mesa, recuerda que detrás de ellos hay una historia, quizás de felicidad o de sufrimiento. Y este hecho real nos sucedió en las tierras que nos vio nacer.

Oímos un grito desesperado, mi compadre Fermín fue el primero que corrió a ver qué pasaba.

— Córrele compadre, córrele, que la serpiente ya te ha fregado a tu hijo.

El miedo me hizo su esclavo al escuchar las palabras de mi compadre Fermín.

Entre las milpas vi a mi pequeño chamaco; a quien con orgullo ya le había contado la historia de nuestros ancestros, de todas las manos que habían trabajado la encima de la parcela sembrada. En la que nunca se fatiga el suelo que nos da de comer, y ahora mi chamaco había sido presa de la naturaleza, lo mordió un animal venenoso.

Mi mujer había mandado al chamaco a dejarme mi almuerzo, y ahora estaba ahí retorciéndose en la tierra; donde los rayos del sol quemaban su pequeño y frágil cuerpecito, era una lucha entre el infierno y el cielo, que se peleaban por su alma para saber hacia dónde iba a girar su destino, como si estuvieran apostando por su vida en un juego de dados.

— ¡Ayúdeme compadre!, échemelo a mi espalda, necesito salvar a mi hijo.

Mi razonamiento empezaba a nublarse, solo le pedí fuerza y velocidad a mis piernas, pa’ correr como un caballo.

— ¡Aguanta hijo mío!, ¡aguanta!

Eran mis palabras de súplica y de mi amor.

— Ya estamos a unos metros del doctor, solo aguanta hijo.

Mi espalda era quien recibía los golpeteos fuertes y acelerados, donde mi chamaco estaba tratando de luchar para vivir y a la vez ya estaba agonizando su pequeño corazón, en mi mente le abrí mi clamor a Dios, para mí, ya no existía nada en mi alrededor, solo quería llegar al consultorio del doctorcito, pero, de nada sirvió el esfuerzo, pues no había la inyección, esa con la que se ayuda a sacar la gota del veneno.

El doctorcito me mando a la ciudad del puerto de Tampico que es la más cercana de mi ejido.

Como pude llegue al hospital de la ciudad, entre mis brazos traía a mi hijo.

Y unas horas después la mala noticia me lo dio un doctor, que me dijo: — Acaba de morir, ve a buscar una funeraria para tu hijo.

Con mi impotencia como un animalito débil, me deje caer de rodillas pa’ rezarle a mi tata Dios, porque aquí empezaba otra vez mi desgracia, entre la burocracia y el papeleo, el costo económico, quien me va ayudar en regresarle a mi mujer, el pequeño cuerpecito de su hijo, a fin de que podamos velar a nuestro chamaco, con nuestras tradiciones y rituales de nuestros ancestros para liberar su alma, pues los cielos me lo dio, la tierra me lo crió, y ahora la tierra me lo quito y el cielo se lo llevo.

FIN.

Cuento corto escrito por Ana Alicia López Calderón