Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano

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La tradición colombiana cuenta con relatos, personajes y fenómenos fantásticos desde hace cientos de años. “Cuentos de espantos y otros seres fantásticos” es el último lanzamiento de Intermedio Editores, que rescata los principales personajes de historias colombianas.

A través de testimonios, cartas, noticias e informes, el texto recrea de manera original los diferentes mitos y fenómenos inexplicables que han ocurrido en el país, por medio de los principales personajes de la tradición oral colombiana, que son presentados en forma de bestiario, diferenciándolos de otras narrativas míticas.

“Cuentos de espantos y otros seres fantásticos es una recopilación de los personajes y fenómenos que describen desde hace cientos de años en sus relatos los campesinos, y que se han hecho inmensamente populares en la imaginación colectiva.”

La Llorona

Fragmento del diario de viajes de don Rafael Restrepo Correa, gran conocedor del territorio geográfico y fantasmal colombiano, que sus descendientes han conservado a lo largo de diez generaciones.

Antioquia, febrero 23 de 1825 Después de dos días de descanso en la ciudad de Río Negro, hoy continuamos nuestro viaje. Nos levantamos muy temprano, desayunamos, cargamos las mulas, ensillamos los caballos y a las 8 a.m. ya estábamos en camino. Avanzamos muy lentamente debido a la dureza del terreno y en la primera casa que encontramos nos detuvimos a descansar un poco.

Después de haber recuperado el aliento, continuamos subiendo y pasado el mediodía, llegamos al cerro de Santa Helena, desde donde se tenía una vista impresionante sobre montañas, bosques, paredes rocosas y abismos. El tiempo pasaba y Rosendo, mi muchacho de servicio, insistía en que debíamos emprender el descenso pronto porque no era bueno andar de noche por esos caminos. Sin embargo, la oscuridad nos sorprendió antes de llegar a la ciudad de Medellín, nuestro destino final por el día de hoy. Al pasar por una quebrada escuchamos chapaleos en el agua, como de alguien bañándose.

Enseguida se oyó el llanto angustiado de una mujer, que a esa hora y en esas soledades, sonaba bastante macabro. Me bajé del caballo para ver de qué se trataba, pero no vi a nadie.

Sin embargo, el llanto se hacía cada vez más desesperante y se oía más cerca, tanto que decidí meterme a la quebrada para ayudar a la pobre mujer. No comprendía lo que estaba sucediendo pues, aunque escuchaba su llanto y veía borbotear el agua, no podía verla a ella. De pronto, un insoportable olor a azufre invadió el ambiente y frente a mí, como de la nada, surgió la figura de una mujer desgreñada y sucia, vestida con harapos que gritaba: “Aquí lo eché, ¿dónde lo encontraré?.

En medio de mi confusión, avancé hacia ella para preguntarle si podía ayudarla, pero al acercarme, levantó su espeluznante rostro de calavera de cuyas órbitas sobreasalían unos horribles y saltones ojos rojos. Como soy una persona bastante racional, me resistía a creer lo que veía y trataba de encontrar una explicación lógica.

Al no encontararla, retrocedí y como pude, salí de la quebrada. Corrí, espantado, a buscar a Rosendo que todavía estaba montado sobre su caballo, inmóvil, en el mismo punto donde lo había dejado minutos antes. “Es la Llorona, don Rafael”, me dijo, mientras se santiguaba, “yo se lo dije, no es bueno andar de noche por estos caminos”. El llanto y los gritos, que todavía se escuchaban, se fueron alejando hasta perderse en el silencio de la noche. Pero, aún hoy, mientras escribo estas líneas, siento que esos ojos me miran la espalda, y que esa voz no se ha ido de mi cráneo.

La Tarasca

Carta de un mineralogista inglés, extraída de Documentos Confidenciales de la Casa de los Secuestros. Este libro, conmemorativo de los cincuenta años del Museo Nacional, fue sacado de circulación por precisiones de la compañía minera Yulima Wildland Ltda.

Al vicepresidente de la República de Colombia 15 de julio de 1825 Desde algún lugar de la Provincia de Mariquita

Excelentísimo señor vicepresidente: Atiendo su inquietud por el abandono de mis labores como comisionado de la Escuela de Minería. El misterioso ataque a uno de mis guías me obligó a interrumpir mi búsqueda. El muchacho, un niño que sospecho había robado provisiones durante toda la travesía, apareció una mañana pálido, inconsciente y con una extraña herida en el cuello.

Esto produjo rumores supersticiosos entre mis ayudantes, que amenazaron con abandonarme en aquellas inhóspitas tierras. Yo aseguré que se trataba de una fiera salvaje, y para desmentir sus temores salí a cazarla. Sólo aceptó acompañarme Saulo, un guía de baja estatura pero muy valiente. Tras una larga búsqueda, el atardecer nos sorprendió a los pies de una formación rocosa, situada en medio del bosque. Mientras buscábamos dónde pasar la noche, noté algo insólito. Al entrar en una caverna vimos un arrume de musgo y frutas podridas, tan grande que casi superaba a Saulo en altura.

Al ver esto, Saulo salió a toda prisa, y yo tuve que seguirlo. El muchacho juraba que aquello era la guarida de uno de esos demonios que persiguen a los niños y que usted y yo conocemos con el nombre genérico de “cocos”. Aquel arrume, según Saulo, era su alimento. Entre divertido y curioso, lo obligué a sentarse conmigo tras unos matorrales y a esperar a ver qué sucedía.

Aquí debo decirle que las riberas del Magdalena esconden algo más impresionante que los yacimientos auríferos que hemos buscado con tanto trabajo. De la cueva surgió de pronto un sonoro gruñido, similar al de un cerdo. Y de inmediato, apareció algo que me heló la sangre. Jamás en mis viajes científicos había visto algo más horrendo y extraordinario. Era un lagarto gordo y esmeralda, salpicado de verrugas y pelos y con una cabeza monstruosa, similar a la de un pez.

Aquella cosa no tardó en descubrirnos y se acercó, enseñando sus colmillos manchados de sangre. En vez de tomar mi fusil, me quedé paralizado, observando sus ojos rojos y profundos y su enorme boca. Y luego, cuando la bestia pasaba por mi lado y se alejaba, me desvanecí. Al despertar, el pobre Saulo, temblaba y tartamudeaba a mi lado. Me insistió que aquello había sido La Tarasca, un monstruo chupasangre de la región, sin duda el culpable del ataque al campamento. Mi compañero se había salvado de milagro, tras subirse instintivamente a una piedra.

Ahora que me he tranquilizado, un mes después, he empezado a reflexionar sobre lo sucedido. He concluido que este espanto, que apenas alcanza el metro y medio de altura, al igual que algunas fieras africanas, no ataca personas o animales que lo superan en estatura. Quizá por esta razón muchos lugareños creen que sólo los niños menores de diez años son víctimas de sus ataques. No dudo, señor vicepresidente, de que su prístina razón se sentirá insultada con este relato, pero considero un deber informarlo de esto, a riesgo de perder mi prestigio, para que organice con urgencia una expedición mitozoológica, que descubra los asombrosos peligros que esconde su naciente república.

Tomás Wildland Comisionado alterno de la Escuela de Minería

El Mohán

Extracto de una crónica aparecida el 2 de enero de 1928, en el primer y único número del tabloide El Temporal, editado en la ciudad de Honda, Tolima, cuyas instalaciones fueron devoradas pocos días después por un misterioso incendio.

“Cuando el pescador Evangelino Mora vio a Noraida, su hija de quince años, con una fiebre que le hacía botar fuego por la boca, decidió salir de su rancho y llevarla por el sendero que rodea la falda del Guámaro y que conduce a la Cañada del Chocal. Evangelino quería que Noraida refrescara su calor en las profundas aguas de la cañada. Mientras el pescador llevaba sobre sus hombros a Noraida escuchó el sonido de una quena rompiendo la rutina de la selva. Las notas eran tristes y hablaban de las penas de amor de un corazón insaciable. El pescador, al escuchar la música, aceleró su paso.

Temía que el Mohán, el espanto demoníaco que vigilaba las aguas y desaparecía a las mujeres casaderas de la región, buscara a su hija. La música logró que Noraida se despertara. El semblante de la joven fue mejorando mientras rodeaban la falda del Guámaro. La niña recuperó el sentido hasta lograr caminar por sus propios medios.

La quena dejó de sonar en el momento en que Evangelino y Noraida llegaron al Chocal. La cañada estaba solitaria y sus aguas oscuras y profundas parecían tranquilas. Noraida le pidió a su padre que descansara, comenta Evangelino, quien prefirió sentarse en una piedra alta como una casa, para cuidar a su hija. Mientras la quinceañera nadaba alegremente en las aguas del río, Evangelino pudo ver cómo, de entre los arbustos, salía una horrible bestia con musgos y plantas colgando de su húmedo pelaje.

A pesar de su cuerpo encorvado, se movía veloz por la orilla del Chocal. Evangelino confirmó que se trataba del Mohán cuando sintió que su mirada demoniaca congelaba su cuerpo y su lengua. La bestia se lanzó a las aguas de la cañada y levantó grandes olas, alcanzando a Evangelino, quien estuvo a punto de ahogarse.

El pescador, inconsciente, fue expulsado hasta la orilla. La particular tranquilidad de la cañada nunca sería olvidada por Evangelino, quien comenta: cuando vi las oscuras aguas solitarias sin el cuerpo de Noraida supe que El Mohán se había enamorado de mi hija y que jamás volvería a verla. Evangelino sabe que del cavernoso palacio acuático nadie ha sido liberado. Lo único que pudo aportar como pruebas de la desaparición de Noraida fue una quena y una piedra de oro, del tamaño del puño.

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