Contaba el año 1509 cuando Fernando el católico encerró a Juana I de Castilla en el palacio de Tordesillas con la intención de seguir gobernando Castilla. Juana era aconsejable que estuviese loca, primero para su padre, y después para su hijo, el poder siempre ha sido la fuerza que ha movido al ser humano hacia el egoísmo y ellos no iban a ser menos.
«Lo que ocurre en la corte, se queda en la corte». Por ese motivo, toda la correspondencia de Juana fue ocultada o quemada, no convenía que existieran dudas acerca de su locura.

Las quejas de Juana fueron silenciadas, y pasó 46 años encerrada en Tordesillas, una villa castellana a orillas del Duero. Uno de los motivos que no destacan en la historia de su encierro, fue las intenciones del rey Enrique VII de Inglaterra en casarse con ella, pero Fernando improvisó inmediatamente presentando a su nieto Carlos I, príncipe de Asturias, como su hijo y sucesor, y planteando el matrimonio entre éste y la hija del rey inglés, María Tudor.

Mientras, en sus aposentos, Juana miraba melancólica por la ventana. Su vestimenta perdió todo su color desde el día que murió su esposo Felipe, por el que sentía amor, devoción y, según muchos, obsesión. Sus celos alimentaron las habladurías de su supuesta locura, por lo que fue fácil disfrazar su depresión a consecuencia de la muerte de Felipe y convertirla convenientemente en locura e incapacidad para gobernar.

Su mirada dejó de estar perdida en la infinidad de un exterior indeterminado, para centrarse en un punto tras ella.
– Buenos días Felipe- saludó con una triste sonrisa.
– Buenos días preciosa, ¿cómo te has levantado hoy? ¿Aun estás enfadada conmigo?
– Siempre estaré enfadada contigo por dejarme.- contestó ella.
– Ahora estoy aquí ¿no?- dijo Felipe mirándose de arriba abajo.
– Sí, ya no puedes irte con otras. Estaremos encerrados aquí hasta que nuestro hijo quiera.-afirmó Juana.- Que triste es no importar a nadie, que triste que tu padre y tu hijo antepongan sus intereses políticos a su hija y madre.
– No eres la más adecuada para dar consejos de madre, ¿ya no recuerdas que a Carlos lo tuviste en los lavabos de una fiesta?- preguntó Felipe con una sonrisa.
– Tú tuviste la culpa- acusó ella.
– ¿Yo?, tú fuiste quien vino a pesar de tu avanzado estado de gestación, tú fuiste quien desoyó mis consejos de que guardaras reposo.- acusó Felipe.
– Solo querías que me quedara en casa para irte con otra de tus fulanas.- dijo Juana levantándose y haciéndose la altiva. – ¿Me quieres, Felipe? ¿Alguna vez me has querido? ¿Porque me fuiste infiel?
– Muchas preguntas para respuestas que ya sabes.- contestó Felipe, apartando la mirada de ella.- Lo que no entiendo es por qué no aceptaste la situación, todas las mujeres lo hacen.
– Lo que acepten o dejen de aceptar las demás me da igual. Yo te amo, te amé desde el primer momento en que te vi, y mi amor no se apagó nunca. Eras mi amanecer y mi atardecer, mi día y mi noche, mi razón de existir. Te he querido más que a mis hijos, te he deseado hasta el último instante, mi centro, mi existir, todo lo que yo era te pertenecía.- dijo Juana acercándose a él y acariciando su rostro.
– ¿Por qué cuando te refieres a mí hablas en pasado? Estoy aquí aún no me he ido.- observó Felipe.
– Sí, amor mío, te has ido. No estoy loca, y sé que eres producto de mi imaginación, pero sin ese mecanismo de evasión que posee mi mente, jamás habría podido sobrevivir tantos años encerrada en este cautiverio. – Contestó ella besando lentamente los labios de Felipe.
– Entonces… ¿no estás loca?- preguntó Felipe.
– No, nunca lo he estado, de la única locura que pueden acusarme es de mi amor por ti. – contestó Juana abrazándose a su marido. – Pero sí es cierto que nunca renuncié a mi marido, nunca acepté lo que las demás comprenden y aceptan como algo normal. Tú eras mío, solo mío, y deberías haber estado junto a mí siempre. Aquello fue mi error, mis celos, tú, las otras mujeres… Nunca pude soportarlo.
– Juana, has de reconocer que tus arrebatos ratificaban lo que muchos deseaban, tu locura. – dijo Felipe correspondiendo al abrazo de ella.
– Sí, lo sé… pero cuando algo es tuyo y te lo quitan luchas con todo lo que tienes para recuperarlo, y tú me pertenecías.- afirmó ella, mirándolo con amor.
– Yo siempre te amé Juana, te amé desde el primer momento en que te vi. Deseé tenerte en mis brazos, hacerte mía, besar cada milímetro de tu cuerpo, y sentir que te pertenecía… pero todo eso, con el tiempo se vuelve más leve, seguí amándote, pero no con la misma intensidad, y pensé que lo entenderías. Tu obsesión con tenerme vigilado y atado a ti me hacía desear aún más la libertad. Entiéndelo…soy hombre.
– Sí, y yo soy mujer, y eso no significa que mi voluntad sea más fuerte que la tuya, más que nada, porque entiendo que si existe amor, no es necesario tener fuerza para ser fiel, pues no necesitas ser infiel.- Contestó ella, dándole la espalda.
– Lo siento, amor mío, te entiendo, pero no podría asegurarte que si volviera a vivir actuara de otra forma. – se disculpó un Felipe apenado, rodeando a su esposa por detrás, hundiendo su cabeza en el cuello de ella.
Juana se volvió, y situándose a escasos centímetros de Felipe, lo besó con toda la ternura que le era propia a alguien que amaba con todo su corazón.
– Te amo, siempre te amaré, y a pesar de tus defectos, serás el único en mi corazón.- dijo Juana con los ojos vidriosos, abrazándose a lo único que le quedaba en aquella soledad a la que había sido condenada, abrazándose a una ilusión, a un producto de su imaginación que a sabiendas había creado, acercándose cada vez más a la locura a la que había sido empujada forzosamente por todos aquellos que deseaban el poder que por herencia se le había encomendado a ella.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz