Hubiera querido haber titulado esta columna con otro nombre, o con una palabra diferente a la castiza “entotumada”, pero la verdad es que escudriñando en procura de un término más rebuscado no encontré uno mejor que éste para expresar con lenguaje popular y entendible el estado por el que pasan muchas decisiones de gobierno.

La Real Academia de la Lengua, RAE, no registra el significado de “entotumado”, pero los diccionarios de colombianismos, sí; y la asimilan a zurumbático, alelado, turulato, pasmado o estancado; por ello no hay mejor término que éste para revelar el estado de estancamiento en el que se encuentran decisiones importantes por parte de quienes nos gobiernan.

Son los mismos problemas desde hace muchos años. Ahí están, y no pasan de anuncios y anuncios a sus soluciones y a decisiones “entotumadas”, o estancadas, dando la impresión como si a los gobernantes les diera miedo tomarlas. Algo, repito, inexplicable e inconcebible.

La lista de decisiones “entotumadas”, no es que sea muy corta, ni tampoco es que sean solamente del ámbito local, no; abarcan y también llegan al ámbito regional y nacional.
Si hiciéramos un top de estas decisiones “entotumadas”, de seguro que hay dos muy elocuentes; la primera es de alcance local, de Cartagena, y data del año 1937, fecha en la que por iniciativa del parlamentario bolivarense Alfonso Romero Aguirre se dio origen a la Ley 62 con la cual dándosele creación a Edurbe se procuraba la delimitación de los cuerpos internos de agua de la ciudad con el fin de regular su desarrollo. Es el famoso dragado del que todos hablan. Han pasado ochenta y dos años, y no ha pasado nada.

La segunda es del escenario nacional, y es de la época en que el General Gustavo Rojas Pinilla, presidente de Colombia, contrató con el Metro de Nueva York los estudios para la construcción del Metro de Bogotá. Han pasado casi setenta años y todavía se discute si el Metro va por encima o es subterráneo.

Pero siguiendo con el ranking de las decisiones “entotumadas”, aterricemos en unas más recientes, y locales; comencemos con el Mercado de Santa Rita, el que después de su refacción y entrega en diciembre de 2015, o sea, hace casi cuatro años, y después de sus reiterados y periódicos anuncios de apertura, sigue cerrado, camino al deterioro y a convertirse en otro de los elefantes blancos de la ciudad.

Otra, la “cacareada” construcción del alcantarillado pluvial, el de las aguas lluvias, se puede comparar a lo que en medio de la lluvia dice el golero en la conocida fábula: Dice el ave: “ahora que deje de llover construiré mi casa”, pero que va, llega el verano y el golero no construye ninguna casa.

Ah, y sobre el traslado de “La cárcel de San Diego”, ni se diga, hemos visto que pasan y pasan alcaldes, y ninguno se atreve a tomar una decisión seria para mudarla a un sitio más apropiado y más confortable para las internas.

Y de eso coso putrefacto, desordenado y antihigiénico al que llaman Mercado de Bazurto, ni que decir. Todos los alcaldes a los que ha tocado cumplir la decisión judicial de su traslado, no sólo han tenido “entotumada” esta orden sino que se la “han pasado por la faja”.

Y el último, uno que el gobierno distrital está dejando crecer como una bola de nieve, es el problema de los vendedores, predicadores, rezanderos y limosneros dentro de los buses de Transcaribe. Tanto Pedrito, el alcalde, como Ripoll, el gerente de la empresa, están “entotumados” para tomar una decisión que le ponga fin a esta molestosa y peligrosa situación.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018