Se siente un afán de desacreditar nuestra protesta contra el cerco del gobierno, diciéndole “bonita”, en artículos que dibujan una caricatura miserable del cine colombiano, haciendo ver de manera distorsionada a la heterogénea comunidad de cineastas de esta tierra, beneficiados y no beneficiados de la ley, como hacedores incapaces que no pueden producir sin los recursos del estado, y que viven pegados a la leche del FDC. Se les informa a estas personas que en Colombia también se produce cine por fuera de la posibilidad del Fondo, en las regiones olvidadas.

Alguien que de forma provocadora  lanza unas pedradas contra la pequeña vitrina del cine colombiano,  comparándola con Neflix, plataforma de grandes capitales que monopoliza los mercados y que borra las huellas digitales y particularidades de los cines nacionales imperfectos, insurgentes, infantiles,  con afirmaciones descalificantes, como que nadie habla de nuestro cine, y mediante preguntas mordaces que intentan hacer ver que los trabajadores de este cine nacional no son sociedad civil, ni son comunidad productora,  ni son un gremio respetable a considerar por sus aportes a la economía y a la cultura colombiana, ni son merecedores de recibir un premio en un festival, o un estímulo para sus balbuceantes emprendimientos, llamados “películas de bajo presupuesto”.

El cine colombiano, se les informa, es aún una colcha de retazos, pero el talento criollo prevalece en un intento disperso de encontrar un rostro del que nos hicieron avergonzar por siglos, este precario cine es un atrevimiento frente a los cánones de las grandes cinematografías del mundo, aquellas frente a las cuales las comparaciones son absurdas e imposibles.

Porque sólo hubo un Fellini, no una decena, sólo hubo un Bergman, un Hicthcock. Y quizás este cine nuestro es como una mola, como un tejido de mochila de fique, como un humilde sancocho de sábalo, quizá sea una simpe changua, un sombrero vueltaio, o  un arroz de coco, pero representa y condensa la expresión más refinada de nuestras artes narrativas y culturas populares excluidas, como la indígenas, las negras, las raizales, las palenqueras, las campesinas, las gitanas, que nunca antes se habían visto en la pantalla como protagonistas de ninguna historia, porque precisamente los habían borrado de la memoria, y no tenían imagen, o salían sólo como carne de cañón, o exótica postal de los pueblos salvajes en algunas producciones. Aquí es importante dejar tanto sesgo, y reconocer obras como la de Víctor Gaviria, Marta Rodríguez, Luis Ospina, Sergio Cabrera, Lisandro Duque, Camila Loboguerrero, Ciro Guerra, y muchos otros muy jóvenes, quienes también son geniales inventores de un cine con un imaginario menospreciado.

La ley del cine representa un esfuerzo de soberanía y modernidad cultural que en su momento fue una jugada diseñada y concertada para producir un cine nacional, que siempre es y será en cualquier parte del mundo, un ejercicio de economía y de cultura, y las películas que ésta ha producido son un patrimonio cultural de la nación.

Sabemos que el FDC es una salida mejorable, aun así, es un modelo regulatorio admirado en el mundo, y ha tenido un resultado cuantitativo y cualitativo, con cifras, porque muestra aportes y desarrollos, porque ha fortalecido una práctica significante como lo es el cine, en una sociedad que desprecia el trabajo en equipo.  Esta protesta puede ser criticada, pero con criterios de dignidad, cultura e industria.  Pensar el tema no es algo simple, el cine en Colombia, obtiene sus recursos de las taquillas, del dinero que paga cada consumidor del producto, y este es un circuito productivo fecundo, que fortaleció un gremio.

Estas posturas pretenden ridiculizar la defensa del cine colombiano, subestiman el derecho de un pueblo a atender a sus creadores artísticos, brindándoles oportunidades de vida, y espacios para configurar sus propias historias e imágenes, afirmando de forma populista que tal vez existen otras muy graves necesidades y pobrezas sociales que cubrir con esos recursos multimillonarios. Hacer cine en Colombia es una apuesta de los más testarudos y potentes creadores, y no una pose de camarillas intelectuales, es una profesión de alto riesgo económico y representa un compromiso de conciencia con el futuro de las libertades.

Todos los intentos de producir cine en la casa son valiosos y significativos, porque una sociedad que no se mira sus cicatrices tal vez está dormida, o tal vez ciega y amordazada. Luces, cámara, acción.

Por: Anibal Gallego Muñoz
Guionista en Cineindias Cartagena