Según el Informe Mundial 2017 que publica la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC sigla en inglés) el número de personas consumidoras (adictas y ocasionales) de cocaína está en el orden de 17,1 millones, un número menor que los 18 millones estimados por el Informe del 2016.

Sería deseable poder analizar cómo llega la UNODC a estas cifras – así como a muchas más conclusiones sobre el consumo de drogas. Pero esto no es nada fácil porque la UNODC no pública la metodología que usa para este tipo de estimaciones. Solo sabemos que son fruto de la compilación de los informes de más de 180 países y territorios.

Y a esta falta de claridad sobre la metodología se añaden varios problemas:

  1. La UNODC no publica series históricas para poder hacer análisis comparativos;
  2. Al depender de la información suministrada por los 180 o más países miembros, debería haber un sistema de control de calidad del personal que la recopila (cuando alguien indaga sobre las cifras los funcionarios de UNODC se limitan a “… esa es la información que nos enviaron…”);
  3. No todos los países disponen del personal y de los laboratorios adecuados para garantizar los resultados de los análisis de muestras;
  4. La información recopilada es dispersa, en un mismo cuadro se reúnen datos de diferentes años, mezclando gramos, con kilos, con miligramos;
  5. La ONU se ve obligada registrar de manera separada las cifras sobre base de cocaína, clorhidrato y crack de cada país, lo cual hace más confusa la situación;
  6.  No está claro si los estimativos de consumo representan promedios ponderados según el tamaño de la población de cada país, o si se trata de un promedio simple entre países.
  7. Sus estudios de consumo presentan datos que se ajustan perfectamente a la ecuación básica: (Oferta) – (Decomisos) = Consumo. Y esta “coincidencia” matemática los hace paradójicamente sospechosos.

Las dudas anteriores obligan a concluir que, en el mejor de los casos, la información de la UNODC es un intento para entender la realidad.  Está claro que esa información mal podría usarse en un trabajo serio sobre el mercado de la cocaína y mucho menos para la formulación de políticas.

La platica de la oferta

cocaina

Los datos generados por la UNODC con relación a la oferta mundial de cocaína parecen ser más creíbles: existen series históricas desde el año 2000, cuando se adoptó el Sistema de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI), diseñado específicamente para estimar la oferta de coca.

Este trabajo se limitó a los países Andinos, donde se han concentrado en los cultivos de coca.  El SIMCI publica datos anuales sobre extensión de cultivos, potencial de producción de cocaína de esos cultivos e información sobre esfuerzos de interdicción en Bolivia, Colombia y Perú – los tres países que cultivan más del 99 por ciento (por no decir el 100 por ciento).

Desafortunadamente, hace unos 10 años en UNODC se disminuyeron los recursos destinados a estas actividades, y la Agencia apeló a los países productores para financiar directamente las actividades del SIMCI.  Aunque los tres países aceptaron el reto, no necesariamente aceptaron los resultados de las investigaciones del SIMCI, que se mantuvo bajo administración de UNODC. De esta manera al discrepar en los datos, algunos gobiernos optaron por reducir la financiación para actividades de monitoreo.

Las supuestas variaciones en la oferta no se corresponden con los cambios en los precios o cantidades consumidas en el mundo.

Por lo anterior los niveles de confianza en los datos globales UNODC se han visto afectados y es imperativo buscar otras fuentes para analizar la oferta y la demanda de cocaína.

Y mientras tanto sigue o seguirá resultando que las sumas y restas no cuadran vale decir, que las supuestas variaciones en la oferta no se corresponden con los cambios en los precios o cantidades consumidas en el mundo – y menos todavía cuando entran a jugar hechos incómodos como el grado muy distinto de pureza de la cocaína según países y mercados, o la dudosa relación entre decomisos y volumen de producción de cocaína (¿cuando aumentan las incautaciones disminuye la oferta, o ese aumento se debe a que hay más mercancía/contrabando?).

Para citar una sola referencia:  el Observatorio de drogas de la Unión Europea, EMCDDA, en Lisboa, en su informe del 2013 concluye que “la demanda no encaja con la oferta…Por ejemplo es difícil conciliar el único estimativo disponible sobre producción mundial de cocaína (alrededor de 700 toneladas anuales) con el total de decomisos reportados (687 toneladas en 2013) ” –… lo cual dejaría ¡13 toneladas! para el consumo de unos 15 millones de usuarios finales.

El mercado sí funciona

Una manera de examinar más de cerca las relaciones entre oferta y demanda de cocaína es tomar una fuente distinta de la UNDOC, que tiene varias ventajas – aunque también desventajas-. Me refiero a la información publicada por la Oficina Nacional de Políticas de Control de Drogas (ONDCP,  sigla en inglés)  de la Casa Blanca, que por un lado se refiere solo al mercado de Estados Unidos, pero en cambio: (i) presenta series históricas; (2) utiliza una metodología única, y (iii)  representa el mercado más grande de cocaína y sus derivados en el mundo.

Las agencias policíacas de Estados Unidos han definido dos mercados de cocaína: el de compras entre 10 y 100 gramos, y el de compras por debajo de 10 gramos. Esto lo hacen con el fin de separar al mayorista del minorista y de poder hacer el seguimiento de precios así como del grado de pureza de la droga (el hecho simple de que pueda variar tanto el porcentaje de cocaína que contienen las sustancias que se transan es un factor que de por sí complica enormemente los cálculos de la UNDOC  – y de cualquiera que se ocupe del asunto-).

La Gráfica 1 muestra la evolución de los precios en esos dos mercados. Las cifras de la ONDCP muestran entonces que estos mercados se mueven en forma paralela pero que sus precios respectivos han oscilado alrededor de los 200 y los 100 dólares por gramo durante más de 20 años.

grafico1

La Gráfica 2 añade el factor de la pureza de la cocaína que se transa en esos dos mercados y además considera como tercer mercado el de las importaciones- por supuesto medidas de manera indirecta o a través de la cantidad de cocaína incautada por las agencias policíacas de Estados Unidos-.

grafico2

Nuevamente se detecta que con pocas excepciones (1999-2004) la cocaína que se transa en los tres mercados es bastante similar. Las importaciones (decomisos) llegan, en promedio, con una pureza del 80 por ciento; al pasar al mercado intermedio (10 a 100 gramos), su pureza es del orden del 70 por ciento, y en el tercer nivel (menos de 10 gramos), el producto se mantiene más o menos al mismo nivel de pureza e incluso en algunos casos supera la del mercado intermedio.

Desafortunadamente no disponemos de información sobre el grado de pureza en las ventas callejeras, pero hay quienes argumentan que este grado varía según el mercado local: los corredores de bolsa de Wall Street demandan más pureza que los consumidores en un barrio marginal de Chicago o que los estudiantes de la Florida. El distribuidor local debe ajustar su oferta al mercado y mantener la mezcla de calidad y precio que este le vaya indicando. También cabe mencionar que aun fuera de Estados Unidos la pureza reportada en calle varía entre el 10 por ciento en África del Sur hasta el promedio del 50 por ciento que se reporta para la Unión Europea.

Una mosca en la oreja

Si es verdad que los mercados funcionan, esperaría uno que al aumentar la oferta de cocaína aumentaría la pureza de las sustancias que se transan en los varios mercados. Pero volviendo a las cifras de Naciones Unidas, la Gráfica 3 sugiere todo lo contrario: los años en los que aumenta el potencial de producción de cocaína (¿debo acaso aclarar que nadie sabe cuánta cocaína se produce en el mundo?) son años cuando tiende a disminuir la pureza de la droga que se transa en Estados Unidos.

grafico3

Un analista imaginativo diría por ejemplo que esta “rareza” se debe a que cuando disminuye la demanda en Estados Unidos, los intermediarios acuden a dos medios para reducir el precio y mantener su mercado: disminuir la pureza del producto y al mismo tiempo estimular el aumento de las siembras o de la productividad de los cultivos.  Pero entonces el analista ortodoxo notaría que esto no puede ser cierto porque entre el momento de la siembra o de la innovación tecnológica del caso y el momento del cultivo o de la exportación tiene que transcurrir un periodo de meses 12 a 24 meses.

De suerte que, en resumen, a poco andar en el análisis de las relaciones entre oferta y demanda de la droga nos encontraríamos en medio de un océano de especulaciones.

En conclusión

Las cifras de la ONU permiten entender parte de lo que ocurre en el mercado de la cocaína. Pero tanto los estimativos de oferta como los de demanda se ven afectados por los intereses de los 180 países o territorios que suministran esas cifras – y esto arroja una nube de dudas sobre su confiabilidad-.

Pero por otra parte utilizar los datos internos de Estados Unidos – en principio más confiables y más sistemáticos que los de la ONU- pone bien de presente las dificultades para saber de veras cómo están operando –o no operando- las leyes del mercado. Y qué decir de las dificultades si se trata de estimar la demanda de 17,1 millones de consumidores y la oferta que proviene o provendría de más de 200.000 hectáreas de hoja de coca sembradas en el mundo.

Lo que sí está claro es que:

  1. Esfuerzos de interdicción y reducción de demanda no parecen haber afectado el precio y/o la pureza de la droga del mercado de Estados Unidos;
  2. Fuerzas que desconocemos regulan el mercado a fin de evitar la sobreoferta;
  3. De alguna forma, la demanda y la oferta garantizan estabilidad de precio y pureza en  Estados Unidos. Y muy probablemente ocurre lo mismo ocurre en el resto de los mercados.

No tengo que insistir en la importancia de “volver a lo fundamental” es decir de aplicarnos a entender cómo funciona en realidad el mercado de la cocaína que tanto afecta a Colombia y sin el cual no podremos salir de nuestro atolladero.

Por: Sergio Uribe
Licenciado en Ciencia Política de la Universidad los Andes, Master en Economía y Política Internacional de Johns Hopkins University, profesor de la Universidad del Rosario y consultor internacional.