Aparentemente, en afán de “modernizar” la Iglesia, se convocó en 1960 al Concilio Vaticano II. Entonces, entre los cambios más sustanciales se recuerda el oficio de la Misa en la lengua de cada país o región, y no en latín. Lo anterior no está mal, empero muchos lineamientos del Concilio con el tiempo se prestaron para ambigüedades.

Entonces, en el campo de la música sacra por ejemplo, se acordó la creación de piezas adaptadas a aspectos culturales de cada región, sin embargo, eso dio pie a hacer música con estilo de rock, salsa, cumbia, rap entre otros ritmos en demasía paganos.

En el tema de los matrimonios, el Concilio abrió la puerta a las uniones mixtas, pero eso se ha prestado para yugos desiguales como lo advierte la misma Biblia. O sea, al haber un “matrimonio” mixto, se corre el riesgo de que en dado momento el cónyuge protestante mine doctrinalmente al resto de la familia (los hijos) al punto de provocar el abandono total de la Iglesia verdadera (católica o universal fundada directamente por Jesucristo).

Si nos remitimos al Catecismo promulgado durante el papado de Juan Pablo II, en el tema del homosexualismo, el numeral 2358 le confiere a esa conducta la categoría de tendencias instintivas, lo cual se presta para justificarlas como algo natural. Pero lo que no contempla el Catecismo es que la homosexualidad es producto de modas, degeneración moral y hasta de posesiones y obsesiones demoníacas. En el numeral 2359, se indica que las personas homosexuales están llamadas a la castidad, pero no se dice que estas personas deban abandonar su actitud mental y emocional contra natura, y contraria a los mandamientos de Dios (no cometer actos impuros).

Respecto a la presencia y naturaleza del diablo, el mismo Catecismo en sus numerales 391, 392, 393, 394 y 395, habla del diablo y de sus ángeles caídos como seres (espirituales) reales. Pese a lo anterior, gran parte de obispos y sacerdotes no creen en lo anterior, y en cambio dicen que el diablo es tan solo la “personificación de la maldad” que tenemos los seres humanos.

Tampoco creen, en las oraciones exorcizantes o para liberar de posesión, obsesión u opresión a las personas. Y en la mayoría de institutos eclesiásticos no instruyen ni brindan cursos de demonología, y algunos obispos no creen en la necesidad de nombrar a sacerdotes exorcistas. ¿Será por eso que el diablo ha adquirido tanto poder en nuestro tiempo?

Por otra parte, a muchos sacerdotes no les gusta hablar en las homilías de la realidad del infierno pese a lo que cita sobre éste en el Catecismo en su numeral 1035 (enunciado que se ha retomado del documento Denzinger- Schönmetzer), así como la recomendación de combatir al Tentador con la oración (ver numeral 2725).

Paulo VI el 29 de junio de 1972, en una homilía dijo: “Tengo la sensación de que por alguna fisura el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios. Existe la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento.
No hay confianza en la Iglesia… Se creía que después del Concilio llegaría un día de sol para la historia de la Iglesia. En cambio, llegó un día de nubes, tempestad, oscuridad, búsqueda, incertidumbre…Creemos en algo preternatural (el diablo) que ha venido al mundo precisamente a turbar y sofocar los frutos del Concilio ecuménico y a impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de gloria por haber vuelto a tener plenamente la conciencia de sí.”

Por otra parte, debe quedarnos claro que a la mayoría de personas, no les gusta aceptar que el diablo es real, y que causa daño.

Algunos objetan que no se debe asustar a los feligreses y menos a los niños, pero ¿no será peor el terror y el dolor que miles de almas experimenten cuando lleguen al infierno, por no haber quién les haya advertido de las consecuencias del pecado grave? Entonces, de todo lo anterior se sostiene que, en nuestra Iglesia actual, hay un gran desastre.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos