Somos multitud en camino y en camino vamos ya.
Hemos de retornar a lo auténtico para ser aliento.
Que la energía de la palabra es la que nos reaviva.
Con ella somos y con ella nos sentimos vivos siempre,
deseosos de injertar luz en nuestro andar de cada día.
Paso a paso nuestro espíritu se embellece porque sí,
mientras el cuerpo espera ascender en verso todavía,
y aspira a ser la estrofa que entone las estrías de Cristo.

Nos sostiene lo armónico, nos sustenta la piedad
que nos abraza y que nos envuelve en el verbo del Señor,
No hay que tener temor de hallarse con quien nos redime,
Él es la verdadera esperanza del trayecto, el justo itinerario,
donde todo es infinitud que nos embellece y amanece,
donde todo es pensamiento que nos realiza y nos atiza,
donde todo es sentimiento que nos realza y nos calma,
donde todo es parte del yo y el yo parte del todo en todo.

El niño que un día fue, volverá a ser sueño que sueña.
Que los sueños savia son, sí la caridad vive mar adentro.
Pues quien ha querido, su figura se transfigura en nada,
al no ser para sí, sino para los demás lo que es, un pulso.
Un suspiro de aire en medio de una realidad en pausa,
tantas veces infectada por el odio y la venganza,
que nos deja sin nervio, hasta entregar el alma, que es
aquello por lo que crecemos y creemos por uno mismo.

Pero al fin, todo ha de volver a despertar y a ser de Dios.
Con las cadenas de cada día, hemos sentido la soledad
entre las carnes más de una vez, y justo ahora,
en nuestra hora, nos espera la hermosa misión
de sentirnos parte de la bucólica y celeste identidad
cristiana, donde más que vida deseamos ser el poema
interminable de un alma inmortal, más allá de las noches,
tras haber vivido en Jesús, después de haber amado su Cruz.

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