Año tras año por las flamantes facultades de periodismo egresan nuevos periodistas quienes con su fresco diploma debajo del brazo se aprestan a una desaforada competencia para ubicarse de algún modo en una empresa periodística. Por su parte, esas mismas empresas de alguna importancia ven en esta oportunidad de hacerse a lo que pudiéramos llamar una mano de obra barata cuando no gratuita. Es cuando noveles periodistas se comprometen a escribir gratis con tal de que su nombre aparezca en letras de molde en algunos periódicos importantes como para irse dando crédito mientras llega la oportunidad de un puesto fijo. Esos periódicos “hacen prácticas” como cualquier médico rural, se evitan la contratación de periodistas experimentados quienes son desplazados mediante estos procedimientos empresariales francamente irritantes.

La profesión de periodista en Colombia es la más desamparada, tanto a nivel empresarial como estatal, siendo la actividad que mayores enemigos tiene y ofrece toda clase de peligros a quienes la practicamos y desempeñamos el bendito oficio con dedicación responsabilidad y gran patriotismo.

Desafortunadamente el gremio viene sufriendo angustiosa división originada por diversos factores que merecen crudo análisis en busca de las verdaderas causas y conseguir superar los defectos que la originan. En cambio tenemos que la división existente produce benéficos resultados al sector patronal que indiferente, puesto que le conviene, indirectamente colabora a profundizar el clima, evitando la toma de conciencia en un sector desprovisto de toda clase de protecciones de tipo laboral y con hondas repercusiones en el orden socio-económico.

La profesión de Periodista otrora trinchera de libres pensadores y fieles defensores de la democracia, afronta ahora delicado dilema ante la extensa comercialización en los medios de comunicación social amparados, ellos sí, en un sistema indiferente convertido en cómplice de la clase dominante y política.

No estoy, como periodista, en contra de las facultades de periodismo aunque si debo decir que dentro de ellas no son todos los que están ni están todos los que son incluyendo a unos flamantes profesores que sientan cátedra de periodismo sin haber pasado nunca por ningún periódico y mucho menos sin haberse enfangado en la persecución de una noticia. Se trata de “profesores” eminentemente teóricos que, de pronto, se habrán leído un barato manual de periodismo para posar después como catedráticos de una materia que desconocen en su dinámica y en su fondo, por supuesto no son todos.

Pero es cierto que nuestra profesión cuenta con infinidad de gamas arribistas deseosos de figurar en el medio y quienes son movidos por propósitos de escalar posiciones ocupacionales y por ende llegar a altos cargos empresariales, políticos y gubernamentales y que por consiguiente no observan interés en la organización del quehacer y mucho menos en su unificación.

Al cometido se acercan dirigentes en decadencia que en poco tiempo se recuperan; universitarios desubicados; individuos desocupados; dirigentes cívicos; ahijados cuyos padrinos políticos momentáneamente carecen de poder y en fin toda clase de oportunistas con pretensiones de escampar a crisis de cualquier orden y quienes una vez vencidos los inconvenientes abandonan el ejercicio sumándose al inmenso núcleo de arribistas por conveniencia.

Pero hoy, gracias a la persecución y desplazamiento contra los empíricos, un Senador, ponente del proyecto que devuelve la tarjeta profesional, todo periodista deberá ser profesional con título universitario expedido por una entidad reconocida por el Estado, con la cual el Ministerio de Educación reconocerá al Comunicador; los periodistas “empíricos” que han aprendido el ejercicio de la profesión con los años NO serán reconocidos. “La norma NO permite homologar la experiencia como estaba establecida, por el contrario todos para seguir ejerciendo su labor deben comenzar de cero en una Universidad”.

Por un lado, nos explica que las reinas de belleza no podrán ser periodistas si no son profesionales porque el reinado se convirtió en una facultad clandestina para ejercer la comunicación social y como si fuera poco a todo esto se le suma la desorganización oficial que ha diversificado el encargo de súper vigilar la actividad en los Ministerios, donde es aprovechada por unos pocos en perjuicio de una clase social convertida en ejercito de desamparados, en cuyas filas el sobrevivir requiere de muchos esfuerzos, tanto personales como hogareños y con riesgo hasta de nuestra propia vida. Desplazamiento del periodista empírico.

Por: William Hundelhausen Carretero
Presidente Nacional APIC

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