El pasado lunes 14 de junio el mandatario, Carlos Alvarado, presidente de Costa Rica inició su discurso de la siguiente forma: “Ahí donde hay un corrupto también hay un corruptor, y ambos deben ser sancionados”. Dicha frase, expuesta como si los millonarios fondos públicos sobre los que se versaran no fuesen, sino, un menudillo dejado en la mesa; me obligó, ya colérico e indignado a como miles de costarricenses, a enfrascarme en ese germen que ya es sello distintivo y tristemente nuestro: la corrupción.

Estamos tan acostumbrados a señalar a los jerarcas de ciertas instituciones que olvidamos que esa cualidad de ser corruptos ya se ha vuelto pandémica, lo que pasa es que a ella nadie le teme porque son muchos quienes le deben sus beneficios; al menos así sucede en las sociedades latinoamericanas y en nuestro país. Tanto el corrupto como el corruptor caminan en la misma acera y el beneficio que obtendrán es la camiseta distintiva del partido de ambos. Al momento en que la posibilidad de infringir la ley pone en manifiesto sobre la mesa de negocios le llamaremos la “intersección” del oportunismo o el nacimiento del delito. Ese instante es el punto clave para afianzar una amistad que, luego, se basará en chantajes, en echarle hojas encima a la fechoría que se cometerá y/o a exhibir sus tendencias para, luego, reclutar a más miembros de ese floreciente “partido”.

La corrupción, realmente, no es una cualidad característica de “x”, “y” o “z”, partido político. Mi abuelo diría que más podríamos identificarla en los corruptibles humanos que los lideran, pues estos han tenido que negociar su alma a uno o cientos de demonios ⸻llámense empresarios, organizaciones no gubernamentales, tendencias sociales o ideas del “primer mundo”⸻ para permanecer en la cima; aún sin estar, necesariamente, de acuerdo con muchos postulados. Ese es el primer precio de un corrupto: vender sus ideales y sus valores. Tristemente, también se puede sospechar del/de la joven que, sin estudios o preparación alguna, ostenta algún puesto de relevancia dentro de la jerarquía política pues nos hace pensar en cuántos favores habrá pagado o cuántos le faltan por saldar.

Con respecto a los nuevos escándalos de corrupción que involucran a instituciones públicas o privadas en Costa Rica, muchos achacan la culpa a los bandos medios del Gobierno y a quienes, incluso, poseen propiedad en esos puestos. Bien, es cierto que pueda que a los mandos medios se les use como silencio y sacrificio. Y, aunque no se logre asegurar o negar, cuán culpables sean estos hasta una exhaustiva investigación la cual, añoramos, no prescriba o no se “extravíe” la documentación obtenida en ese allanamiento ya internacional (costarricenses habrá que ofrezcan sus moradas cual fortines para el resguardo de la justicia, pues en otras edificaciones del Estado todo parece como El Triángulo de las Bermudas, que todo se extravía); también, debemos ser ciudadanos analíticos y sentar las responsabilidades en quienes vigilan esas transacciones multimillonarias, allá, en los estratos más altos. Nuestra inocencia no nos puede convencer de que, semejantes movidas de dinero, son ignoradas por los altos funcionarios. ¿Y por qué cuando hay logros la gente tiende a aplaudir la administración de “X” o “X” presidente y no a los bandos medios?

Dicen algunos entendidos en política que detrás de esos muchachos(as), por así llamarles, que, de pronto, se vieron ocupando puestos importantes en el Gobierno también hubo un sinnúmero de amañados militantes políticos de vieja data, quienes, ante la posibilidad de un nuevo triunfo electoral (desde la trinchera que fuese y con la consigna de seguir chupando cual eternos parásitos del sistema), no tuvieron reparo en carbonearlos, auparlos y llevarlos hasta la cima del poder ofreciéndoles tajadas delgadas de un pastel que ya se había sido repartido, previamente. Y fueron muy hábiles, pues aprovecharon las energías de los nuevo, pero, en especial, el caudal electoral que representaban. La corrupción, sin lugar a dudas, es una cuestión piramidal donde el de arriba es quien muerde más y, luego, esconde los dientes, y eso es para no olvidarse.

A las personas que he visto defendiendo lo indefendible en las redes sociales y hasta diciendo que “Al menos en este Gobierno sí se han podido hacer allanamientos (…)” ¡Por Dios! ¿Cómo puede, alguien, celebrar que se hagan allanamientos que dejen en mal a todo un país? Quizá lo aducen porque, según ellos, en otros años no nos dábamos cuenta de la corrupción. Pero, ¡santo dios! dónde quedan, entonces, los casos como Alcatel, Caja/Fischel, el Cementazo, La Trocha, las acusaciones de partidos políticos vinculados directamente con el narcotráfico y las constantes estafas de estos mismos al TSE. A veces pareciera que la gente se acomoda a encubrir la misma corrupción o que ignora los principios básicos de la ética y del manejo de dineros en la función pública, o los procesos de licitación, pero, además, se niegan a prestar atención a los argumentos y evidencias que se les ofrece. Por ejemplo, les digo que al señor Méndez Mata le quedó corto en el tema de la vigilancia continua en su función, pues aproximadamente $126 millones de dólares pasaron bajos sus propias narices; y ya él dijo que nada tuvo que ver en el tema de las denuncias y ya hay gente inventándose a un dios que resulta ser un simple humano. ¡Él no lo sabía! Muchos desconocen cómo se maneja la jerarquía del poder institucional y a quiénes impregnan las responsabilidades ante los actos de corrupción. A esta gente, ojalá nunca nos la topáramos en alguna Asamblea Legislativa u ocupando puestos en sus comunidades, metiendo su nariz o la pata para, luego, justificarse con un «No es mi culpa, fue mi asesor quien me hizo equivocarme» o “No es mi culpa, yo no sabía nada sobre esto”.

Hace un tiempo me preguntaba, ¿qué extraño que en temas de licitaciones las instituciones siempre terminan decidiéndose por la oferta más cara?, ¡casi siempre!, es decir, ridículamente nunca hay un ahorro para el Estado. Ya es hora de que, también, se le meta mano a las licitaciones extrañísimas que hace la CCSS en temas de insumos médicos, ya denunciadas ampliamente por el Semanario Universidad, La Nación y Telenoticias; también, que exista un intenso control con respecto a esas constructoras que dejan trabajos a medias o mal hechos a nombre del BANHVI y del INVU. ¿Y qué tal un chequeo a la directiva de la ARESEP y sus propuestas descaradas de aumentos en los combustibles aun cuando hay una tendencia internacional a la baja del crudo? (¡en plena pandemia!).

Algunos aseguran que ya es hora de acabar con la figura de la concesión de obra pública, pero pregunto, ¿es con eso que se debe terminar? Les propongo la siguiente interrogante para el análisis, ¿no es cierto que MECO y H. Solís habían reportado, varias veces, cero ganancias durante los últimos 10 años? ¿No será, por casualidad, que debemos acabar con la corrupción, de manera general y hasta en nuestro diario vivir?

Ahora bien, pero ¿de dónde germina la corrupción para que llegue hasta las magnitudes que hemos visto en estos días R/Sin lugar a dudas, en el hogar, en la familia y en el pueblo. Así, desde el niño que se apropia del cambio luego de hacer algún encargo en la pulpería y a quien el padre le sonríe su “avivatez”, hasta el mismo padre que acepta cualquier trabajo sin poseer los conocimientos necesarios como para desempeñarlo; la corrupción es, hoy en día, algo muy similar a la tentación de Eva y crece de forma paralela a nosotros mismos.

Recuerdo una vez que un estudiante me aseguró que deseaba hacer carrera política, yo, un poco sorprendido le pregunté sus razones ⸻inocentemente, imaginé que, al ser un buen muchacho, este quería ofrecer sus capacidades y aptitudes al servicio de una mejor ciudadanía y con la intención de hacer mejoras ⸻, pero su respuesta fue sencilla: ⸻Profe, vea todo lo que ellos tienen… carros, propiedades y hasta pasean en otros países. Desde ahí supe que estábamos educando a una sociedad parasitaria, repleta de oportunistas y que estos otros, los jóvenes, no tenían la culpa pues solo repetían modelos aprendidos en compañía, en la casa, o dentro del mismo centro educativo. Somos, tristemente, una sociedad corrupta y dispuesta a aceptar sobornos en cualquiera de todos los estratos. ¿Cuánto nos hace falta reeducarnos en valores!

Ya después de todo este zafarrancho social que nos acontece, quizá podríamos utilizar los drones que se iban a emplear, a modo de circo tecnológico, para celebrar el bicentenario de nuestra independencia, y usarlos para vigilar los procesos de contratación y el desempeño de algunos funcionarios del Gobierno. Y yo, al igual que Carlos Alvarado “Pido que se llegue al fondo del asunto, que se sienten las responsabilidades y sanciones, recaigan sobre quienes recaigan», pero le agregaría a su discurso que eso también lo implicaría a él.
El pueblo costarricense, al igual que muchos otros latinoamericanos, ya está harto de esos lagartos de cuello blanco y es una verdadera lástima que en estas zonas no exista una figura similar a la guillotina que los franceses acostumbran mostrar cuando la disconformidad y la mala administración ya superaba todos los límites de la moral.

Por: Leonardo Cruz Alvarado
(docente y escritor)