La zona de exclusión de la antigua central nuclear de Chernóbil es un área de más de 30 km incompatibles con la vida humana, pero no con todo tipo de vida. La población animal y vegetal se ha expandido por todo el espacio afectado en los últimos treinta años y en ausencia del ser humano ha prosperado de forma sorprendente.

Más de 100.000 personas fueron evacuadas tras el accidente nuclear que se produjo el 26 de abril de 1986. Durante las primeras semanas después del accidente la vida desapareció casi por completo en los alrededores de la central pero no tardó en volver a ponerse en marcha.

La zona de exclusión es un hábitat contaminado pero con una biodiversidad propia de algunos parques naturales. La fauna de Chernóbil abarca alces, jabalíes, corzos, lobos… la población de todas estas especies ha crecido en estas tres décadas libre de la caza y la agricultura. El número de lobos de Chernóbil es siete veces superior a la de otras regiones del país. En los últimos años se han avistado los primeros osos en la zona después de un siglo.


El investigador Jim Smith ha sido de los primeros en confirmar el aumento de la población animal en la zona contaminada. Afirma que “la actividad humana parece dañar los ecosistemas más que un accidente nuclear”. En su estudio analiza sólo las poblaciones animales, no la salud de los individuos. La radiación afecta a los animales a través del suelo y la comida pero parece que esto no supone un problema para que su número siga en aumento.

Una investigación del Instituto de Genética de Plantas y Biotecnología de la Academia Eslovaca de Ciencias analizó el efecto de la radiación de la zona en la vida vegetal. El estudio determinó que el nivel de radioactividad en las semillas de Chernóbil es muy bajo, aunque aún no permiten desarrollar la agricultura para consumo humano. Martin Hajduch, uno de los principales investigadores de este análisis describe la zona cómo “llena de vida”.

El periodista Miguel Ángel Criado enumera algunos de los efectos nocivos que el ser humano puede ocasionarle a los ecosistemas. Cuenta cómo la última puesta de huevos de las tortugas de Costa Rica fue arruinada por los turistas. Miles de apasionados por el reino animal acudieron a la playa de Ostional ansiosos por conseguir un selfie espectacular. Las tortugas, abrumadas por los turistas, volvieron al mar. Algunos de los que estuvieron presentes afirman que había tanta gente que las tortugas tropezaban con las personas y regresaban al agua sin terminar el proceso de anidación.

Un grupo de investigadores estadounidenses, franceses y brasileños ha realizado un estudio sobre el impacto que tiene en los animales el contacto con humanos. Al margen de la caza y la explotación de sus hábitats el ser humano produce otro efecto dañino en los animales, los vuelve demasiado confiados.

El contacto prolongado con el ser humano produce en muchas especies una consecuencia similar a la domesticación que los hace más vulnerables ante sus enemigos o los cazadores. Las ciudades suelen alejar a los depredadores y esto hace que algunas especies desactiven sus sistemas de alerta.

Muchos autores afirman que el ser humano es el mayor problema que tiene nuestro planeta.

El exceso de población y el egoísmo humano nos convierten en una plaga que daña los ecosistemas y que dificulta su desarrollo. No sin causa, en muchos medios académicos y de comunicación se denuncia la explosión demográfica como la más letal arma de destrucción masiva. Incluso el turismo ecológico puede resultar peligroso para las especies. El reino animal crece más natural y sano cuando la presencia del hombre es mínima y por mucho que nos apasione la naturaleza y sus seres lo mejor que podemos hacer para no perjudicarla es mantenerla alejada de la invasión humana.

Por: Javier González Sánchez
Periodista