Cuando alguien se refiere a las almas contemplativas, es común pensar en los religiosos y santos, sin embargo cualquier persona puede tener alma contemplativa. Lamentablemente, el mundo actual corroído por el materialismo, los placeres, la codicia y toda clase de maldad, impide que la gente sea contemplativa. Pero ¿en qué consiste ser contemplativo?, pues poseer contemplación es vivir con una mentalidad y observaciones profundas o grandes valoraciones existenciales.

Entonces, mirar la belleza de un cielo aunque sea gris, de una tarde soleada, una noche de luna poblada de hermosas estrellas y planetas, la magnificencia de las flores, los maravillosos insectos y animales, valorar la presencia de gente buena, sonriente, simpática, cooperadora, todo eso es contemplación.

Y es que cada vez que sentimos, que Dios está detrás de esas cosas elevamos el alma hacia la contemplación. Pero hasta allí no llega todo eso, sino que ser contemplativo es tener sensibilidad por el que sufre, por el que pasa hambre, pobreza, es despreciado, y tenido por nada, e incluso es ver en esas personas a Jesucristo vivo.

También ser contemplativo es sumirse en el silencio, y mirar a Dios con el alma, extasiarse ante él, e incluso darle oportunidad que nos hable al espíritu. El alma contemplativa recibe el mérito de entender misterios que no son dados, al mundo pecaminoso. Dichosa el alma contemplativa, porque le son abiertas las puertas, para que entre al santo templo y mire la gloria de Dios.

San Francisco de Asís fue uno de los hombres más contemplativos que se han conocido, cuando él se admiraba al ver tanta maravilla, presente en todas las criaturas de Dios, por eso el santo aprendió a tener una profunda armonía con los animales, los bosques y en fin con el paisaje natural.

Ciertamente, el Pobrecillo de Asís bien dijo: “Cuando el corazón está vacío de Dios, el hombre atraviesa la Creación mudo, sordo, ciego y muerto, inclusive la palabra divina está vacía de Dios.
Cuando el corazón del hombre se llena de Dios, el mundo entero se puebla de Dios.
Levantas la primera piedra y aparece Dios, alzas la mirada hacia las estrellas y te encuentras con Dios. El Señor sonríe en las flores, murmura en la brisa, pregunta en el viento, responde en la tempestad, canta en los ríos… en todas partes las criaturas hablan de Dios cuando el corazón está lleno de Dios.”

De todo lo anterior, se desprende que contemplar la dimensión de Dios es, dejar la ceguera del alma para recobrar la verdadera vista.

Ad Maiorem Dei Gloriam

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos