La palabra amor es la más cotidiana, pues se escucha en las canciones, se le relaciona con la sexualidad y de cierta manera se le pregona en los credos religiosos. De hecho el concepto de amor a menudo se ve como el antagonismo de la injusticia y maltrato.

Pero el amor tiene un sentido más profundo de lo imaginado, de hecho Dios es la fuente del amor más altruista y por ese acto de amor fuimos creados y puestos en esta existencia. El antiguo filósofo griego Empédocles de Agrigento estimó que el Cosmos fue obra del amor:

“Por obra del amor, tienden a juntarse y a producir la unidad que es la esfera. Pero pronto interviene el odio y su consiguiente separación.”

Jesucristo agregó el mandamiento del amor, el cual consiste en hacer el bien al prójimo; san Pablo de su parte expuso sobre la supremacía del amor:

“Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se resume en este solo mandato:”Ama a tu prójimo como a ti mismo”, tengan cuidado, porque si ustedes se muerden y se comen unos a otros, llegarán a destruirse entre ustedes mismos.” (Gálatas 5:13)

En la primera carta a los Corintios 13: 1-7 el mismo evangelista dijo:

“Yo voy a enseñarles un camino mucho mejor. Si hablo las lenguas de los hombres y aún de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido.
Y si tengo el don de profecía, y entiendo todo por designios secretos de Dios, y se todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada. Y si reparto entre los pobres todo lo que pose, aun si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve.
Tener amor es saber soportar; ser bondadoso, no es tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.”
Empero lo anterior, lamentablemente la idea del amor es, reducirlo solo al placer genital y al erotismo, y por ese falso amor el mundo cae en toda clase de abusos.

Dice bien la Palabra de Dios que “donde esté tu riqueza allí estará tu corazón”, entonces si tu riqueza es el placer por el placer, el dinero por el dinero, la fama por la fama y tantas cosas del mundo como único fin y no como medios para llegar al verdadero fin que es Dios, eso será entender mal la idea que acuñó el filósofo Blas Pascal de que “El fin justifica los medios”, pues a mucha gente con tal de lograr los fines puramente mundanos, no le importará si para eso deba cometer injusticia, dañar la naturaleza o hundir su alma en la perdición.
Y es que los seres humanos somos muy inclinados a amar primero las cosas del mundo antes que a Dios, sobre todas las cosas. En la vida mística de santa Margarita María de Alacoque se ha enfatizado mucho aquella célebre aparición de Jesucristo cuando dijo:

“He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada se ha reservado hasta agotarse y consumirse, para mostrarles su amor, y en cambio, Yo no recibo más que ingratitud, originadas por sus irreverencias y sacrilegios, y por la frialdad y los desprecios que tienen para Mí en este Sacramento de amor”.

Además cuando Jesús nos pide un corazón nuevo, eso significa de verdad operar un cambio desde lo más profundo de nuestra alma, donde la principal riqueza ha de ser Dios, para hacer efectivo el primer mandamiento: “Ama a Dios sobre todas las cosas con todas tus fuerzas y todo tu corazón”, por en eso la segunda carta de San Juan 4-6 se afirma:

“El amor consiste en vivir según los mandamientos de Dios, y el mandamiento, como ya lo han oído ustedes desde el principio, es que vivan en el amor.”

Que hermoso y cierto es el estribillo de aquel cántico que dice: “dadnos un corazón grande para amar, dadnos un corazón grande para luchar”, entonces cuando entendemos que Dios es el centro de nuestra vida, empezamos a sentir el amor que él nos da, y el amor que le debemos dar.
De tal manera debemos darle a Dios todo amor incondicional, o sea, que nada debe apartarnos del amor de Dios, ni las riquezas del mundo, ni el poder, ni la fama, ni la muerte, ni la persecución.
De tal manera la esencia del amor espiritual tiene la connotación más trascendente a veces difícil de explicar, pero que al fin da gran bienestar a pesar de las traiciones y maldades humanas que recibamos. Por el efecto del amor divino se caen muros, se derrite la soberbia, se transforman muchas personas, pues cuando el cristiano ora por amor a Dios, el Creador mismo opera milagros en las personas.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos