Parecería que ser mujer madre sea fácil y quizás, en primera instancia la condición biológica nos somete a la reproducción, a los instintos de manada mamífera; pero ser mujer madre siempre ha sido una responsabilidad, una carga ruda que lleva la mujer a cuestas.

A nosotras desde la prehistoria nos han delegado la crianza de crías y sin importar la condición social y clase: somos las paridoras por mandato biológico, religioso y sociocultural sometidas por los condicionamientos. En nuestras historias aborígenes el matriarcado tuvo origen a líneas matrísticas y de clanes, que aún persisten en minoría y hasta quizás esos cuentos del reino de las Amazonas hayan existido como las diosas y hechiceras o alquimistas…pero siempre el cuido era de la madre diosa y guerrera.

En la crianza de los aborígenes quechuas de la cultura inca, existían una especie de madres comunes, que cuidaban y educaban a los hijos e hijas en la comuna, no había ese modelo parental de la propiedad del niño o niña, eran compartidos en comunas los hijos e hijas de la comunidad.

El acontecimiento de ser madre primeriza es una de las maravillas mas extraordinarias que le puede suceder a una mujer, y si ella puede integrar su trabajo o ejercicio profesional con la maternidad sería una de las mejores oportunidades de ser una madre responsable y feliz, una transmisora de creencias de esa sociedad que la toma en cuenta, pero la realidad en nuestras sociedades en estas dos últimas décadas crea la disyuntiva de ser solo un mujer profesional, sin la posibilidad de tener descendencia, la maternidad es casi imposible en sus presupuestos, porque el salario apenas le ayuda costear una vida cómoda sola y con encuentros de parejas ocasionales, sin responsabilidades del convivir…

Muchas veces la soledad las acompaña y se acompañan de un un animal doméstico, mientras no tengan lenguaje y confronte con sus creencias, es siempre agradable la alegría del can sin exigencias, porque un hijo demanda mucho compromiso y renuncia a la vida de soltera o sin esa capacidad de entrega e incondicional de amar, educar y que ser madre responsable es para toda la vida, decía la filósofa Hannah Arendt que ‘’la única innovación radical en la historia es el nacimiento de un nuevo ser humano’’.

Es cierto la gran alegría prodigiosa ante el nuevo ser y las mil y una frustraciones de madres que abandonan sus sueños y años de vida en la crianza se percibe y siente al cuido en la crianza en todo momento de ese ser mamífero tan pasivo y necesitado de alimento y cuido todo el tiempo, desde la instalación del embrión y crecimiento del feto y su alumbramiento será la cúspide ese momento del primer grido o llanto, cuando se inicia el milagro más sagrado de la vida, pero que crueldad inhumana de la pobreza y hambre que mata a criaturas menores de cinco años, que es la etapa más cruenta de la conformación de la primera infancia y el dolor más terrible de las madres que no pueden alimentar y menos educar. Existen niñas madres mendigas o familias que sobreviven cual zamuros en medio del basural, cinturones de miserias paralelos a bulevares o murallas en plenos centros de pueblos que no pueden acceder o mejor dicho son excluidos de los centros del poder, de la burguesía, de los pudientes o espacios por donde pasean a los turistas.

Muchas mujeres profesionales desean la maternidad o al menos fantasean y compran ropas para sus mascotas y otras adoptan criaturas, u otras prefieren criar algún sobrino…no es fácil ser madre en estos tiempos difíciles, de pandemias y calentamiento global.

Las abuelas hace medio siglo eran tan felices y pasaban necesidades con sus doce críos y eran realmente unas amas de casa, que trabajaban en el campo y solo les importaba la alegría de cada vástago, y les daban orientaciones para que sean buenos de corazón y de acciones como también les aplicaban castigos y les daban valores, creencias con sus ejemplos, de unas vidas con amor al trabajo y respeto al prójimo ‘’no hagas a otro lo que no quieras que hagan contigo’’ era una réplica en los hogares. Recuerdo el código de nuestras ancestras de la cultura inca que se basaba en tres leyes: ama Llulla (no sea mentiroso), Ama Kella ( no seas flojo), Ama sua (no seas ladrón)

Todavía al viajar por cualquier pueblo o caserío alejado de las ciudades se puede encontrar ancianas y ancianos tan sabios como los adultos sin malicia, que comparten sus limitaciones con fortaleza y trabajo al campo y una queda admirada y le inspira a tratar de salir del confort que nos atrapa y limita para ser felices y en algo tan vital como el ser madres.

Cómo no sentir admiración y ternura por esas mujeres madres abuelas que se alegran ante la maravilla de sus bis nietas o tataranietas que están embarazadas en estos tiempos y algo inolvidable que les escucho decir, es que en las guerras y enfermedades, que siempre han existido, son las mujeres madres las que avanzan y educan con el amor y para el amor.

Por: Ana Anka