Por un asunto de tradiciones, se tienen como santos patronos de los choferes a San Cristóbal o a San Jorge, en fin, cada conductor de vehículos se inclinará por alguno de los dos. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, no se tiene constancia de la existencia de ambos personajes. Pese a lo anterior, la Iglesia permite ambas devociones como un asunto de creencia personal, y de conservación de algunas costumbres.

Cosa distinta es hablar de la vida del beato Sebastián de Aparicio y Prado, el verdadero patrono de los transportistas de América. Aparicio nació en España, pero vivió buena parte de su vida en Méjico. Vio la luz de este mundo el 20 de enero de 1502 en el pueblo gallego de Gudiña, siendo hijo de Juan Aparicio y de Teresa del Prado.

Aparicio nunca aprendió a leer y escribir, empero aprendió a leer en su corazón las misiones que le encomendó Dios. Fue instruido verbalmente en el catecismo, en la virtud de la oración y a tener fe profunda. Respecto a sus capacidades cotidianas, aprendió varios oficios, como cultivar los campos, cuidar ganado, reparar casas, carretas, entre otros.
Emigró a Castilla en busca de trabajo y lo encuentraría en Salamanca, pero fue acosado por una mujer ,entonces huyó de su seducción y fue a parar a Sanlúcar de Barrameda, donde estuvo varios años. Allí fue tentado por otra mujer e hizo gran sacrificio, para evitar caer en una relación indebida.

En 1533, parte hacia América y se radica en 1542 en la Puebla de los Ángeles, un lugar para gente muy pobre cerca de la ciudad de Méjico. Allí Sebastián empieza a realizar varias labores, como el cultivo de trigo, maíz y a domar ganado. Luego, se asocia a otro compatriota gallego y construyen una carreta o carretón rústico, para transportar cargas y la Audiencia Real le da concesión, de una ruta para todo tipo de cargas.

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En 1542, abre otra ruta para el transporte de plata, desde las minas de Zacatecas hasta la Casa de la Moneda de Méjico. También, las carretas de Aparicio viajaban de ciudad de Méjico hasta Guadalajara y Santa María de Zacatecas, donde debió al principio a lidiar con los fieros y salvajes indígenas Chichimecas. Pese a lo anterior, aquellos insurrectos, le prodigaron respeto hasta el punto de ayudarlo en sus contratiempos por el camino.

En 1552, Aparicio vende sus carretas y se va a Tlalnepantla, allí funda una hacienda y se vuelve rico. Pero eso no le volvió vanidoso, en cambio su finca servía de cobijo a mendigos y viajeros.

También, enseñaba a la gente a cultivar, reparar carretas y hasta a orar. Vestía con sencillez y contadas veces se ataviaba bien para asistir a alguna fiesta o celebración social. Rezaba diariamente el santo rosario y fue un gran devoto de Santiago apóstol, por cierto muy venerado en España.

Un hombre rico intentó casar a su hija con Aparicio, pero el en su inclinada castidad prefirió pagar el dote de la joven (600 pesos) al hombre rico, y así quedar libre de cualquier compromiso matrimonial.

Luego, se fue a Chapultepec donde enfermó gravemente, pero se repuso. Atendiendo a consejos de algunas personas, a los 60 años se casó con la hija de un amigo, pero en conservación de castidad; un año después ella fallece. A los 67 años se casa con una indígena llamada María Esteban en Atzcapotzalco y mantiene su virginidad, según el mismo testificó. La segunda esposa un año después fallece.

Recién fundado el convento de las hermanas clarisas, Aparicio fue a servirles de portero y mandadero. En 1573, cedió su fortuna (20.000 pesos) a las clarisas.

El 9 de junio de 1774 con 72 años de edad, y pese a su analfabetismo, recibe el hábito en el convento franciscano de Méjico. Allí estuvo, y realizó todo tipo de menesteres. Con 73 años se fue a Santiago de Tecali donde sirvió de hermano lego, con funciones de portero, cocinero y limosnero. Luego lo llamaron para que fuese otra vez a la Puebla de los Ángeles, donde se dedicó a atender a los más pobres.

Con 75 años de edad, retomó las carretas y recorrió muchos kilómetros para recoger ayudas para los necesitados. Todavía nonagenario, andaba su carreta de 4 bueyes acarreando leña, maíz y toda clase de bienes para el convento. Algunas personas de su tiempo lo miraron tan absorto en oración, que aseguraban verlo levitar desde el suelo.

El 25 de febrero de 1600, entregó su vida al Creador; pronto se abrió el proceso de beatificación y hasta la fecha se han documentado más 950 milagros, gracias a su intercesión ante Dios. En 1789, fue declarado beato y su cuerpo permanece incorrupto con la apariencia de un hombre de 60 años en una urna ante el público creyente, en el convento franciscano de la Puebla de los Ángeles.

Para muchos, Aparicio fue el primer promotor de las empresas de transportes en Méjico, por eso es menester reiterar que es el beato patrono de los transportistas, y de los que fundamentan un camino espiritual para llegar a Dios; para los devotos su fiesta se celebra el 25 de febrero.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos