El beso, probablemente la obra más famosa de Gustav Klimt, se exhibió por primera vez en 1908 en la exposición de arte Kunstschau, en el lugar donde hoy se encuentra el Konzerthaus. El ministerio lo compró de allí por la suma de 25.000 coronas y de este modo, aseguró para el estado uno de los iconos del Jugendstil vienés y, a decir verdad, del arte moderno europeo. Sin duda, representa la culminación de la fase conocida como la época dorada. En esta década, el artista creó un programa en clave enigmático y ornamental que giraba alrededor del misterio de la existencia, el amor y la realización a través del arte. Para ello Klimt se inspiró inicialmente en 1903 en un viaje que había hecho a Rávena para ver los mosaicos bizantinos.

Además, la pintura contiene una infinidad de motivos de diferentes épocas culturales, sobre todo, de la mitología del Antiguo Egipto. Sin embargo, los estudios más recientes han revelado que no basta con leer los ornamentos de la pintura tan solo como símbolos arraigados en la tradición destinados a transmitir un mensaje atemporalmente válido. Revelan mucho más, como referencias al amor de Klimt por Emilie Flöge y el estudio del artista del arte del escultor Auguste Rodin.

No es una coincidencia que la obra de Klimt esté vinculada a menudo a la de su compatriota vienés y casi contemporáneo Sigmund Freud. Cuando Klimt murió en 1918, a la prematura edad de 55 años, se encontraron en su estudio varias obras inacabadas de naturaleza sorprendentemente sexual, como si revelaran el trasfondo erótico latente bajo muchas de sus obras tempranas.