Las encuestas de percepción ciudadana que desde el año 2005 viene realizando “Cartagena cómo vamos” han estado registrando una progresiva decadencia en la medición del sentimiento de orgullo de los cartageneros por su ciudad. Desde esta fecha, 2005, y hasta el 2018, o sea, durante trece años, esta medición de orgullo ha caído del 77% al 52%, o sea, cada vez más, los cartageneros expresan desafecto por la ciudad, lo que obviamente no es, ni ha sido gratis. Todos los hechos de corrupción contra la administración del Distrito tienen altísimo grado de responsabilidad en ello; lo que consecuentemente ha llevado al deterioro en la calidad de vida de los habitantes y deriva en el progresivo desamor por la ciudad.

El desafecto es más que evidente, y no sólo eso, se observa además, que va en ascenso, y muchas son las señales que confirman lo que periódica registra la organización encuestadora.

Una de las tantas señales de aversión por la ciudad es la que actualmente se está viviendo con la complacencia, y hasta falsa filantropía con las personas que de Estación en Estación, y a sabiendas de la prohibición, abordan los buses del Sistema Transcaribe para solicitar dadivas a cambio de un pregón lastimero, o un sermón religioso, un desafinado canto, por la venta de baratijas y de devaluados billetes de la vecina Venezuela.

La cifra del escaso orgullo de los cartageneros por su ciudad tiene en el escenario del servicio que presta Transcaribe una de las más claras de sus expresiones cuando los usuarios se comportan de manera permisiva y condescendiente con los que a bordo de los buses del Sistema se han propuesto “perratearlo” burlándose de la prohibida mendicidad en su interior. De manera inexplicable casi la mitad de los pasajeros que se transportan defiende al limosnero, y la otra, defendiendo la institucionalidad, y queriendo hacer respetar las normas, reclama por el no deterioro en la calidad del servicio ni de la seguridad.

Pero además del desafecto por Transcaribe también la falta de orgullo por la ciudad se extiende a otras manifestaciones, como las que se dan cuando se arrojan basuras y toda suerte de objetos e inservibles a los canales pluviales y a los cuerpos internos de agua.

Desafecto por la ciudad es también cuando no se respeta su espacio público y cuando de manera abusiva hay aprovechamiento de sus plazas y calles para beneficio propio, como ocurre en el Centro Histórico. Hay también desafecto por la ciudad cuando no se respeta al vecino torturándolo con los más estridentes sonidos que registran elevadísimos decibles sin que intervenga autoridad alguna.

Desamor por la ciudad es también cuando, a sabiendas, un ciudadano deposita su voto por reconocido candidato corrupto e induce a otros a que lo hagan sin importarle las consecuencias de su decisión; y lo es también cuando un servidor público, de cualquier nivel o jerarquía, llega a un cargo sólo con el objetivo de apropiarse de los recursos públicos en beneficio propio; también lo es, cuando de manera perversa se financian campañas políticas con dineros de oscura procedencia, buscando solamente apoderarse o adueñarse de la contratación pública y de la burocracia.

Ante todo este lamentable cuadro de desafecto por Cartagena, tenemos obligadamente que preguntarnos, ¿Qué hay que hacer para que los ciudadanos vuelvan a sentirse orgullosos en porcentaje importante por la ciudad? Creemos sinceramente que la responsabilidad para hacer incrementar el orgullo de los cartageneros por Cartagena no sólo dependerá de la administración pública, también dependerá, y en gran medida, de la misma ciudadanía.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018