En Italia en el 2009, Luana una mujer que durante diecisiete años estuvo sumida en coma tras un accidente de automovilismo, le fue quitada la “vida artificial”. Su padre tiempo atrás había hecho la petición ante el gobierno de ese país, para que se permitiera aplicar la eutanasia a su hija. Dicho gobierno entonces impulsó una legislación que permitiera la eutanasia en casos como el mencionado.

Hace un tiempo, la eutanasia aplicada a Terry, una mujer también en estado vegetativo causó gran discusión y críticas fuertes de parte de los grupos que están en contra de esa decisión. La eutanasia tiene muchas implicaciones, que conllevan a un serio dilema religioso, ético, legal y clínico.

Lo anterior entonces debería obligar a las autoridades en la materia a plantear un concepto actualizado de la eutanasia, acaso que signifique dejar morir a la persona por omisión, o quitarle la vida deliberadamente, o englobar la eutanasia en ambos aspectos.

Entonces esto nos llevaría a establecer tres clases de eutanasia, la biológica (por la no asistencia en el lugar o circunstancia derivada de un accidente o enfermedad), la clínica (por la no asistencia con los tratamientos oportunos) y la eutanasia técnica (al desconectar los respiradores y otros aparatos artificiales que mantienen la vida).

Desde un punto de vista puramente científico, el investigador Gordon Rattray en la década de los sesenta escribió: “Muchos médicos opinan que el funcionamiento del cerebro proporciona un criterio más acertado sobre el fallecimiento que el funcionamiento del corazón, y que el óbito se debería diagnosticar sobre la base de los trazos del EG (el electroencefalograma), reveladores de la actividad eléctrica del cerebro. Como dice el neurocirujano de Boston doctor Aníbal Hamlin: ‘Aunque el corazón ha estado entronizado a través de las edades como el cáliz de la sangre de vida, el espíritu humano es fruto del cerebro del hombre, y no del corazón.’
Pero la práctica judicial y también la costumbre suelen tomar generalmente la detención del corazón como señal de fallecimiento. (…) En mayo de 1966, por decisión unánime la Academia Nacional de Medicina francesa decidió que se debe dar por muerto, en ocasiones, a un hombre cuyo corazón esté latiendo todavía.(…): si el cerebro no manifiesta ninguna actividad durante cuarenta y ocho horas, hay que presumir que ha muerto y el paciente ha fallecido también.”

Sin embargo, con la anterior consideración se corre el riesgo de conducir a sepultar individuos en los cuales el resto del cuerpo con sus funciones respiratorias, celulares y de sus sistemas y demás órganos incluido el corazón todavía estén “vivos”.

Rattray además estimó: “Hasta la decisión bastante justa, de desconectar la máquina cuando las señales eléctricas del cerebro hayan cesado puede originar malentendidos y alarmas. En el Massachussets General Hospital, por ejemplo, se sigue la norma práctica (en los años 60) de que si el trazo del cerebro ha cesado en sus ondulaciones durante veinticuatro horas y no responde a estímulos, tales como los ruidos fuertes, y si el paciente no tiene latido cardiaco ni respiración propios, se le puede declarar muerto y se puede desconectar el equipo.”

Si confrontamos ambas propuestas, estableceremos que la primera es más precipitada, en cambio la segunda es más prudente pues se cerciora que las funciones cardiacas y respiratorias hayan cesado totalmente.

La Iglesia desde su punto de vista teológico en el numeral 2258 del catecismo estima que: “La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente”.

Sin embargo, muchos objetan que mantener con vida a una persona que sufre un mal irremediable es un acto cruel, así pues, parece bien difícil tomar esta clase de decisiones, no sea que se incurra de alguna manera en la injusticia involuntaria.

Las razones prácticas demuestran, que muchas personas teóricamente desahuciadas por la medicina, en cambio pueden significar una esperanza para el mundo. Y para ello citemos el noble ejemplo de la estadounidense Marta Mason, que vivió sesenta años dentro de un pulmón artificial. Marta sufrió en su edad de adolescente polio, hecho que le causó parálisis de la cabeza hacia abajo.

Empero, dicha mujer no se dio por vencida, y aun dentro del pulmón de dos metros de largo y 400 kilos de peso se dedicó a estudiar asiduamente lo cual le obtuvo varios títulos y hacerse escritora, de hecho escribió su biografía titulada “Respirar: La vida al ritmo de un pulmón de hierro”.

Marta en una entrevista en el 2003 dijo: “Soy feliz con lo que soy, en donde estoy”. Si consideramos hechos como el narrado, eso nos obligaría a replantearnos la ética que ha de conllevar el derecho a la vida.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos