El origen del hombre, que de manera tan bella lo relata el Génesis en las figuras de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal , lo vuelve a replantear Juan Pablo II ante la Academia Pontificia de las Ciencias.

La Iglesia Católica sabe que la ciencia y la religión son dos cosas distintas, no se necesitan ni se excluyen entre sí. La primera es de naturaleza racional, un acto del intelecto, que nace, crece y muere con él; la segunda es de un orden sobrenatural, ya no de competencia intelectual, que llega al hombre por medio de la Revelación. Es Dios el primero en revelarse al hombre y no el hombre el que inventa a Dios. Esto hace de la religión, y propiamente de la fe, un acto que se acepta o se rechaza, a oscuras, es el gigantesco salto que dio Abraham en la oscuridad de la fe, es el gran desafío del hombre donde puesta todo o nada. La ciencia es creación del hombre. El hombre es creación de Dios.

La Biblia se escribió para decirle al hombre cómo Dios se le ha revelado a lo largo de la historia de la salvación y cómo quiere salvarle en su Hijo quien es la plenitud de es Revelación.

Y olvidándose de su procedencia celeste pensó el hombre, por un momento, que descendía del mono, por su semejanza física con él, olvidando de su alma, que es la parte de Dios que tiene el hombre inmaterialmente aquí en la tierra de manera temporal, por esto es imagen de él (Gn 1: 26).

La evolución es un fenómeno natural, necesario, y que no ha terminado ni puede terminar mientras exista alguna forma de vida en el universo. Pero el hombre siempre será el hombre aunque su evolución lo lleve a parecerse a un ángel o una involución lo devuelva a la ameba. El chimpancé, el que con el mismo ADN del hombre, la ciencia no pudo resolver esta ecuación, simio este que tiene muchos millones de años de estar en la tierra antes que el hombre, sin embargo la evolución lo tiene donde está, divirtiendo a los niños en los zoológicos en tanto que al hombre lo encontramos viajando en naves espaciales con una computadora en los regazos. Este insondable abismo entre entre el hombre y el mono hizo pensar en un eslabón perdido y la ciencia corrió a buscarlo en las pasadas eras geológicas del globo terráqueo no viendo que ese eslabón no está en la tierra, está en el cielo.

Y el hombre de los bosques, el hombre de las cavernas, el hombre de ahora, y el que mañana salga de una probeta con enorme cabeza y sin uñas en los pies, será siempre, en esencia, el mismo hombre que un día salió errante del Paraíso (Gn 3: 23-24).

Por: Juan Antonio Céspedes Guzmán
Escazú, COSTA RICA