El hijo de Pablo Escobar trata de reparar el daño causado por su padre

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A los 16 años, cuando era un mafioso en ciernes, el hombre que hoy se llama Sebastián Marroquín prometió vengar la muerte de su padre, el capo del narcotráfico Pablo Escobar, quien fue perseguido y dado de baja por la policía colombiana en 1993. Hoy, Marroquín tiene una actitud muy diferente a los ultraviolento ascenso y caída de su padre. Durante los últimos cinco años, ha sido un conferencista motivacional, compartiendo lecciones extraídas de sus extraordinarios primeros años, cuando su nombre era Juan Pablo Escobar.

Grueso y de cabello rizado, Marroquín tiene un parecido sorprendente a tal vez la figura más notoria del narcotráfico en América Latina. Vestido usualmente de negro, en duelo por las estimadas 3.000 víctimas de su padre y hablando en un tono sombrío y monótono, Marroquín ha cautivado audiencias desde Ciudad de México hasta São Paulo con descripciones de Escobar, tanto como un padre cariñoso como un mafioso implacable, un hombre tan monstruoso que voló un avión comercial en pleno vuelo, detonó carros bomba y ofreció recompensas por cada policía asesinado.

“Mi padre estaba lleno de contrastes, de contradicciones”, dijo recientemente Marroquín a una audiencia de 1.500 personas en un teatro de Guadalajara, una ciudad marcada por un alza de la narcoviolencia en México. “A pesar del mal ejemplo que mi papá nos daba a todos por fuera de la casa, era un padre amoroso, era un buen consejero y un buen amigo”.

Añadió que el capo que ayudó a fundar el cartel de Medellín “Jamás me dijo que él quería que yo siguiese sus pasos”. En la dedicatoria de su libro Pablo Escobar mi padre, publicado por Planeta en 2014 en español y esta semana en inglés en Estados Unidos por St. Martin’s Press, escribe: “A mi padre, que me mostró el camino que no hay que recorrer”.

Como un adolescente impulsivo, Escobar hijo casi se une al cartel de Medellín luego de la muerte de su padre. Pero en lugar de convertirse en lo que llama “Pablo Escobar versión 2.0”, Marroquín reconstruyó su vida en Argentina y resurgió como un conferencista lleno de culpa y determinado a expiar el papel de su padre en la guerra contra las drogas que azotó a Colombia en los años 80 y 90.

Con una presentación de diapositivas de 90 minutos, Marroquín le advierte a los jóvenes que resistan el dinero fácil que ofrecen las pandillas de la droga y urge a los funcionarios públicos a legalizar los narcóticos para restarles poder a las figuras del bajo mundo. Mientras está de gira, busca a las víctimas de la guerra contra el narcotráfico y ofrece disculpas en nombre de su padre.

“Es un mensaje de paz, de perdón, de prevención, y de que la historia no se repita”, dijo Aristóteles Sandoval, el gobernador del estado de Jalisco, después de reunirse con Marroquín.

“Escogió un camino que no muchos toman”, dijo Francisco Santos Calderón, ex presidente de Colombia quien fue secuestrado en los años 90 por lugartenientes de Escobar y encadenado a una cama por ocho meses. Santos dijo que espera encontrase con Marroquín porque “al final, es algo que ayuda a sanar a las víctimas”.

Un una emotiva reunión en 2009 captada en video para el documental Los pecados de mi padre, Marroquín conoció a los hijos de dos acérrimos críticos de Escobar asesinados por órdenes del capo, el candidato presidencial Luis Carlos Galán y el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla.

“Alguna gente me pregunta: ¿Cómo puede hablar con ese tipo?”, dijo Jorge Lara, quien en 1984, a los 6 años, vio cómo guardaespaldas sacaron el cuerpo de su padre de un auto lleno de impactos de bala. “Pero creo que Sebastián es valiente”, dijo Lara, un productor de televisión. “Es difícil ser el hijo de Pablo Escobar y tener ese estigma”.

En las giras, Marroquín compara su crianza en Medellín a haber crecido en un parque temático. A los 13 años, tenía decenas de motocicletas, sus propios buggies, así como un apartamento. Jugaba con las cebras y canguros en el zoológico privado de su padre, y cuando cumplió 14 años le regalaron un Ferrari Testarossa.

El adolescente lo condujo apenas tres veces. La policía intensificó su búsqueda de Escobar y la familia tuvo que vivir en la sombra. Marroquín recuerda estar escondido con su padre en una apartamento junto a millones de dólares en efectivo y pasar hambre porque era muy arriesgado ir al supermercado. “En nuestro caso, a mayor cantidad de millones, mayor cantidad de problemas”, le dijo a la audiencia en Guadalajara.

La lección quedó grabada en Marroquín después de la muerte de su padre. El rival cartel de Cali había prometido eliminar a los miembros sobrevivientes de la familia de Escobar y el gobierno colombiano les dio nuevas identidades. Marroquín, junto a su madre, hermana y novia, salieron de Colombia.

Pasaron por Ecuador, Perú, Brasil y Suráfrica antes de llegar finalmente a Mozambique, un país devastado por la guerra, donde, a cambio de obras de arte y joyas, funcionarios corruptos les prometieron residencia permanente. Marroquín recuerda un aeropuerto con el ajetreo de aviones de la ONU descargando alimentos para las víctimas de la hambruna y una casa alquilada que apestaba a una cloaca. Durante un momento de desesperación consideró ahorcarse con la correa de un perro. El grupo dejó el país después de cuatro días.

Se establecieron en Buenos Aires, Argentina, donde Marroquín se desplazaba discretamente con gafas, seguro de que asesinos lo buscaban. El joven, acostumbrado a conductores y empleados domésticos, tuvo que de repente tomar en bus y comer en McDonald’s.

Marroquín se convirtió en arquitecto, una decisión que dice responde a los tantos edificios que su padre explotó con bombas. Aunque se crio en mansiones tan grandes que los autos podían ser conducidos a través del vestíbulo, ahora vive en un apartamento pequeño con su esposa e hijo de 3 años.

“Creo que su logro más grande es que ahora vive una vida normal”, dijo Nicolás Entel, el cineasta argentino que dirigió Los pecados de mi padre y se convirtió en amigo de Marroquín.

Pero el hijo de Escobar no pudo borrar su pasado. Él y su madre fueron temporalmente arrestados por lavado de dinero luego de que sus verdaderas identidades fueran filtradas a la prensa argentina a fines de los años 90. En 2006 fueron absueltos por la Corte Suprema de Justicia del país, pero dice que desde entonces las empresas han sido renuentes a contratarlo.

Así que Marroquín está ahora acogiendo la historia de la familia. En 2012 creo una empresa de ropa en Medellín que hace camisetas decoradas con imágenes raramente vistas de su padre y mensajes pidiendo a la gente que no siga su camino. Críticos han dicho que se está aprovechando de una tragedia, pero Marroquín dice que él tiene más de derecho de ganarse la vida con su pasado que las empresas que siguen sacando libros, películas y programas de televisión sobre Escobar. El ejemplo más reciente es la serie Narcos de Netflix.

Marroquín pasa la mayoría de su tiempo dando charlas y promocionando su libro, que ha tenido muy buenas ventas en América Latina. Las apariciones públicas pueden ser tortuosas. Durante la sección de preguntas en la conferencia de Guadalajara, le preguntaron porque no estaba usando la fortuna de su padre para compensar a las víctimas. Respondió que el dinero ya no existe, confiscado por el gobierno colombiano o robado por el cartel de Cali.

Inés Sarmiento, una colombiana en la audiencia, se quejó de que gracias a la conducta violenta de Escobar los colombianos son a menudo vistos como delincuentes. Sarmiento, cuyo padre fue secuestrado durante el punto álgido de la narcoviolencia añadió: “Sufrí las cosas que hizo tu padre”.

Después de la charla, Marroquín se reunió con Sarmiento. Arrodillado en una pierna, tomó su mano derecha y le ofreció disculpas.

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