Para algunos es más fácil comunicarse con un dibujo que con palabras. Es una tarde lluviosa, pero la gente está haciendo fila en las afueras de una galería artística en Mayfair, en el centro de Londres, para comprar libros y otras piezas de arte autografiadas.

El propietario de la galería, Stephen Wiltshire, es famoso por sus increíblemente detallados dibujos de ciudades y paisajes urbanos en tinta. Sentado en una mesa en el interior del recinto, los cumplidos le llueven y cuando eso ocurre, sonríe tímidamente.

“Las ciudades son tan hermosas… esos edificios tan altos”, dice en un suave tono de voz. Habla con lentitud e inseguridad. Su hermana Annette está a su lado para darle apoyo y aclarar algunas de las preguntas que le hacen a él.

Orígenes

A los 3 años, a Stephen se le diagnosticó como autista. Annette cuenta que, por esta razón, se le dificulta la interacción con otras personas, particularmente después de que su padre murió en un accidente con una moto.

Cuando empezó la escuela primaria, no hablaba. “Era el alumno callado que se sentaba en la esquina. No decía nada ni se relacionaba con los demás. Mantenía su cabeza baja mientras dibujaba en un papel”, recuerda su hermana.

Todas las semanas, los niños iban de paseo a alguno de los lugares emblemáticos de la capital británica, como la Torre de Londres o el reloj Big Ben. De vuelta al salón de clases, a los pequeños se les pedía que dibujaran lo que habían visto.

Los maestros de Stephen se dieron cuenta de que sus trazos eran extraordinariamente avanzados para su edad y que, además, le encantaba pintar. Así que decidieron aprovechar eso. “Le quitaron el bolígrafo y el papel e intentaron que los pidiera verbalmente. Estaba tan frustrado… los necesitaba tanto que se vio forzado a decir las palabras, fueron las primeras”, explica Annette.

El comienzo

Pronto, algunas personas fuera de la escuela empezaron a notar las habilidades de Stephen y con apenas 8 años recibió su primera comisión: un boceto de la Catedral de Salisbury para Edward Heath, primer ministro británico entre 1970 y 1974.

Stephen pasó de ser un niño callado y retraído a un artista con videos que se volvieron virales en YouTube cuyas obras se vendían en montos de seis dígitos. Los paisajes urbanos son su sello particular, como la panorámica de 10 metros de longitud de Tokio que dibujó de memoria después de haber sobrevolado en helicóptero la capital japonesa una sola vez.

Eso ocurrió hace una década y desde entonces ha estado realizando ilustraciones aéreas de varias ciudades inspirándose en la “visión de pájaro” que obtiene al volar sobre alguna metrópoli. Su técnica para delinear y su perspectiva son excelentes.

¿Pero cómo logra retener tantos detalles de las cornisas de los edificios, de las sombras del sol y del número correcto de ventanas en un rascacielos? “Hago un rápido boceto desde el aire en mi bloc”, explica encogiendo sus hombros.

Y Annette complementa: “Y regresas al hotel, ¿verdad? Tienes entonces la noche para memorizar lo que dibujaste y prepararte”.

El poder del color

Jebet Mengech es gerente de arte en Kids Company, una organización benéfica que ayuda a niños que vienen de familias con pocos recursos. Explica que incentivar a los niños a expresarse con colores los ayuda a identificar a quienes son más vulnerables.

“Pintar puede ser menos intimidante que mirar a un adulto a los ojos. Pueden enfocarse en el dibujo mientras hablan, así que el papel se convierte en una suerte de mediador”. Agrega que, cuando se le pide a los pequeños que dibujen lo que comieron en casa, ven muchos platos vacíos.

Descubrieron, por ejemplo, que un niño que había dibujado una isla desierta estaba traumatizado porque su madre lo abandonó para regresar a su país de origen. “Incluyó una maleta porque la última vez que vio a su mamá, estaba empacando. Con frecuencia veía ese objeto en sus pesadillas”, explica Mengech.

Los dibujos revelan hogares infestados con roedores, pobreza, abuso e incidentes de violencia.

Más allá de las edades

Pero los niños no son los únicos que pueden beneficiarse con esta herramienta. Mi sobrina, Lily Ash Sakula, comenzó a dibujar tras la muerte de su novio, Patrick, por un cáncer cuando tenía poco más de 20 años.

Su dolor era tan “amorfo e intenso” que sentía que no podía compartirlo con sus amigos ni su familia. Así que decidió optar por un bloc para pintarlo. “Al dibujar hay un espacio entre tu persona y quien ve lo que haces, lo que permite que ambas partes puedan procesar sus sentimientos independientemente”, explica la joven.

Sakula dejó su trabajo en Londres y se mudó a Portland, en Oregon, Estados Unidos, la ciudad del hemisferio occidental que más dibujantes tiene per cápita. Ahora trabaja en su primera novela gráfica, que se centra en su relación con Patrick y en sus intentos por aceptar su muerte.

Fascinación

La habilidad de Stephen para pintar ha llamado la atención de psicólogos y neurólogos. Annette ha notado como el don de su hermano genera intensas e inesperadas respuestas en las ciudades que visitan juntos.

“Una multitud de 150.000 personas vino a verlo pintar en Singapur. Algunos lo vitoreaban, otros lloraban. Hubo quienes lo esperaron desde el amanecer”. Y continúa: “Nunca olvidaré el rostro de un anciano que estuvo ahí todos los días que pasamos en la ciudad. No importaba cuánta gente había, siempre encontraba la manera de acercarse a nosotros”.

Pese al autismo, Stephen es un comunicador muy elocuente con su pluma. En ocasiones, los dibujos se usan para expresar lo que no se puede con palabras.


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