No es fácil hacer un resumen de la vida y menos del año 2020 que está por finalizar, y tampoco es la intención. Intento describir o transmitir el giro de mi vida al asumir la responsabilidad con mi persona, porque, casi siempre vivía en función de ótras personas: hijos e hijas, familiares, estudiantes, padre, madre, pacientes, amigas o amigos del arte, y siempre en compañía eterna de Nómar: amigo, esposo, ‘’curruña’’, quien incondicional, giraba también, en torno a las necesidades de ótros y trataba de resolver los problemas sociales y políticos de ese entonces, en la amada Venezuela.

A partir del 2018, a mitad de año, y ni siquiera en el proceso del trance del cuido de su enfermedad, ni deceso pude estar consciente el de asumir mi responsabilidad conmigo, siempre tenía la esperanza que el diagnóstico del cáncer agresivo, cesaría o que esa pesadilla sea un mal sueño; pero, la realidad es la viudez, las décadas de matrimonio, y la estabilidad se extinguieron y no me daba cuenta de la pérdida física de mi compñero y viajé a los brazos de mi madre en Lima y seguía insomne. El proceso del duelo sería el encuentro conmigo y el resto apoyo emocional, el cual incluso fue reforzado con el recién nacido panameño y el atender a mi hija en el proceso de ser madre primeriza. Nada aplacaba el hueco y vacío de la soledad.

En plena reclusión, por el Covid 19 al estar Conmigo misma, pude darme cuenta y aceptar el nuevo estado civil: de viudez y retomar el proceso de la escritura con los cantos de los pájaros, vuelos de colibríes, el cielo celeste de Escazú, los volcanes, ríos, la embriaguez y vértigo del verde, con luces tenues que me animaban, y la gata anciana Mitzscha me perdía con sus paseos nocturnos, y en cada mirada instalaba sueños, escuchaba la madre noche y sus maullidos, ronroneos levantaban las cobijas. Ya antes de la pandemia estaba en reclusión, en duelo, y al brote de la pandemia Renací al percibir las imágenes de las muertes de jóvenes y ancianos … es cierto el dolor al desprendimiento del ser amado, y haber vivido un amor infinito correspondido, en todos sus bemoles y amalgamas del alma, cuerpos, espíritu y energías sostenían y crean una nueva responsabilidad al estar escindida, de reconocerse viva. Los recuerdos y honra a su memoria siempre están y quizás más cercanía en su nueva trasmutación, porque esos largos silencios nos hablan de nuestra infinitud, invisibilidades sentidas.

Asumí la vida, el sol, la luna, las estaciones del cuerpo y el tránsito al sentir nuevo amanecer o esos momentos perdurables al respirar y de estar consciente: Renacer en el infinito en un día o instante de lucidez, que nos ilumina la celebración común, civilizatoria: ciclo inevitable del devenir que nos posibilita energías, que se reciclan en cada organismo vivo y transforman en vidas microscópicas e invisibles. En esta noche de luna azul, inmensa y gélida, somos poseídas e incorporadas al ritmo sagrado de conjunciones, de sus efluvios nadie escapa, del manto de hermandad, creatividad, rebeldía y compasión al sueño: somos frágiles, diamantinos e invisibles, del encanto maravilloso al estar un momento en el Cosmos, en la vía láctea y quizás Somos al unísono en alegría, sin nada, y podamos integrarnos o disolvernos por instantes, en un abrazo y beso del alma en este Nuevo Añito por nacer, y la esperanza humana del amor, pasos de gratitud solidaria y justicia social.

Por: Ana Anka