Estados Unidos es consciente de su poderío como el imperio con el mayor desarrollo económico y científico en la historia de la humanidad, y se ha convertido en «el gran sueño americano» para emigrantes que se ilusionan con mejores condiciones de vida. Estos soportan los rigores de un modelo de capitalismo salvaje, sobreexplotación de la mano de obra y graves tratos indignantes. Sin embargo, millones de personas «se pelean» una visa para ese país, mientras su gobierno, en cabeza del presidente Trump, agencia una doctrina xenófoba, señalándolos de todos los males y las lacras, cuando la historia indica que fue merced a esos inmigrantes que Estados Unidos llegó a ser la potencia de hoy. La política migratoria de Estados Unidos se mueve al vaivén de sus necesidades geopolíticas; por eso sus gobiernos han sido amigos de los más grandes criminales a los cuales les ha dado asilo, y los ha sostenido; igual actúa con gobernantes de países convertidos en sus neocolonias, que cuando ya cumplieron el papel que les pusieron o son reacios a seguir sus mandatos, les arman revueltas internas para desestabilizarlos, incluso atentando contra su vida.

Para establecer relaciones con Estados Unidos hay que tener en cuenta sus doctrinas: «Estados Unidos no tiene amigos solo intereses» (John Foster Dulles, secretario de Estado de Dwight Eisenhower en los años 50); en lo regional: «América para los americanos», una concepción sobre la injerencia de ese país en los asuntos internos de las naciones del continente, desviación de la doctrina de James Monroe, 1823, que indicaba que cualquier intervención de los europeos en América sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de los Estados Unidos de América para evitar la monarquía Europea y la Santa Alianza. Esa actitud imperialista se la impone a Colombia, en donde un gobierno cooptado y cómplice permite que ese país, mediante «el juego del otorgamiento de visas», trate de manejar a los poderes legislativo y judicial, impidiéndoles ingresar a su territorio a quienes tengan posiciones y tomen decisiones que le sean adversas al imperio. Lo intentó con el Congreso, quitándole la visa al representante a la Cámara John Jairo Cárdenas para forzar a que votaran a favor de «UriDuque» la objeción a la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), sin conseguirlo, ya que la corporación las rechazó con 110 votos contra 44; este ejemplo fue seguido por el Senado, que hizo lo propio con 47 votos contra 34.

Por este motivo, ante la derrota de «UriDuque», el alfil gringo, EEUU desplazó la presión al poder judicial, mediante el retiro de visas a los magistrados de la Corte Constitucional Diana Fajardo y Antonio José Lizarazo, a quienes se las devolvió después de sendas reuniones en su sede diplomática; y al magistrado de la Corte Suprema Éyder Patiño, quien expresó que no estaba interesado en solicitar audiencia con dicho motivo. En estas Cortes se resuelven temas cruciales para los intereses gringos; en la Constitucional están en debate las objeciones a la JEP, especialmente lo relacionado con la extradición, y si se autoriza al gobierno de «UriDuque» a fumigar cultivos ilícitos con glifosato. Todas las Cortes han rechazado la intromisión gringa, pero las preguntas son: ¿la presión con las visas influenciará la decisión de los magistrados? ¿Serán inferiores a la posición enhiesta y digna de los congresistas?

Por: José Arlex Arias Arias
Comunicador Social – Periodista
José Arlex Arias Arias