Charles Chaplin, en su película “Tiempos Modernos” de los años 30’ del siglo XX, expone de manera sarcástica en qué modo se puede anular y modificar la personalidad de un individuo cuando se le quita la armoniosa gestión de su propio tiempo.

Por su parte, el filósofo romano Séneca, condenado a muerte por el emperador Nerón en el año 65 d.C., reflexionaba en una carta a su amigo Lucilio sobre el valor del tiempo:

Haz así, querido Lucilio:
Restitúyete el dominio de ti mismo, y el tiempo que hasta ahora se te quitaba abiertamente, que se te sustraía o se te iba de entre las manos, recógelo y consérvalo.
Convéncete que ello es así como te lo escribo: una porción del tiempo nos es robada, otra parte se nos hurta, otra se nos escurre. Pero el más feo despilfarro es el producido por la negligencia.
Y si quisieras prestar atención te darías cuenta que los hombres malgastan gran parte de la vida haciendo el mal, una gran parte no haciendo nada y toda la vida haciendo otra cosa distinta de la que debe hacerse.
¿Quién le pondrá un precio al tiempo, que le dé valor a un día y que se dé cuenta de que muere un poco cada día? Errada es nuestra visión de mirar a la muerte como algo venidero: pero gran parte de ella ya pasó, todo el tiempo que está a nuestras espaldas le pertenece a la muerte. Haz entonces, querido Lucilio, lo que me dices estar haciendo en tus cartas: aferra y aprovecha al máximo cada hora; dependerás menos del mañana si te adueñas del hoy. Mientras aplazamos todo al futuro, la vida se nos va. Todo lo demás, Lucilio, nos es ajeno; sólo el tiempo es nuestro, la naturaleza nos hizo dueños de este único bien fugaz e inseguro y de él nos expulsa todo aquel a quien se le antoja. Pero la ignorancia de los mortales es tan inmensa, que aceptan pagar por haber recibido pequeñeces y naderías cuya pérdida es perfectamente reparable; y en cambio, nadie se reconoce deudor por haber recibido el tiempo, siendo así que este es el único bien que ni siquiera quien es agradecido lo puede devolver.
Quizá me preguntarás cómo me comporto yo que te doy estos consejos. Te lo voy a confesar francamente: hago como quien es derrochador, pero preciso: tengo las cuentas de los gastos.
No puedo decir que no derrocho pero podría decir cuánto gasto, porqué y cómo: te podría explicar los motivos de mi pobreza. Pero me pasa lo que le pasa normalmente al que cae en la miseria no por culpa suya: “todos lo justifican y ninguno lo ayuda”. ¿Y entonces? No considero pobre al hombre que le basta con lo poco que le queda; sin embargo preferiría que hicieras de tus cosas un tesoro, y empezaras por el tiempo. De hecho, según el parecer de nuestros antepasados, “es muy tarde para ahorrar cuando se ha llegado a la vileza”; porque la parte que queda en el fondo no es sólo la más pequeña sino también la peor.
Que estés bien.

Con esta metáfora financiera, Séneca reflexiona sobre el valor del tiempo. El tiempo es nuestro, es la única cosa que realmente nos pertenece, las otras van y vienen, pero muchos no se dan cuenta y no saben usar su propio tiempo. Muchos viven en el pasado, que ya no existe, o están quietos a la espera del futuro que todavía no existe y evitan vivir en el presente, el único tiempo que podemos utilizar. Dos ejemplos, Charles Chaplin y Séneca, con una diferencia de dos mil años pero con una temática similar. Otros personajes, filósofos, artistas, debatieron sobre el tema.

En las ciudades que renacían durante el Medioevo, la Iglesia condenaba a la burguesía, cuando hacía sus préstamos con intereses, ya que lucraba (sacaba provecho a partir de) sobre el tiempo –que es sagrado– de Dios, creado para y con el hombre, para que camine y construya en la historia la ciudad Celeste. La polémica sobre el cambio de los ritmos de vida que apenas se divisaban en ese entonces, contenido en la fórmula “el tiempo es dinero”, lo han dramaticamente vuelto a proponer los laicos en las sociedades industrializadas. Las ciudades ya no son a la medida del hombre, los alrededores degradados y habitados por trabajadores explotados por diez o doce horas diarias en las fábricas; estas cosas fueron denunciadas como inhumanas desde la mitad del siglo XIX. El trabajo, en lugar de ser totalmente del hombre se convierte en su alienación. Y el tiempo se convierte en la mercancía que el empleado continuamente vende para poder vivir, ¡pero a qué precio! La situación de hoy no es tan diferente a la de aquellos tiempos.

El tiempo, como decía Séneca, la verdadera riqueza de cada uno, más allá de las habilidades personales, es alienado, es decir tomado por aquellos que dirigen la producción en todos los niveles económicos o burocráticos que sean. Trabajar cada vez más y con salarios siempre más bajos, en aras de la productividad, del Producto Interno Bruto, de la patria. La frase mágica es: “son sacrificios necesarios por nuestros hijos, por el futuro”. El trabajo, la producción y por ende el dinero, son los verdaderos valores en los cuales se basa el hurto que se hace del tiempo humano, en general de los más necesitados. Los que dirigen, motivan a los demás a extender sus horarios de trabajo, hasta matarse de tanto trabajo. Muchos, a causa de los bajos salarios, hacen hasta dos o tres trabajos extras; lo extraño es que también ellos se dejan atrapar por la retórica oficial, por la cual se auto exaltan mostrándose a ellos mismos como mártires del trabajo, como quien gasta todo su tiempo por el trabajo, por el bien absoluto.

Pero la contradicción y la hipocresía se esconden debajo de la retórica. Se habla mucho de ética, de valores religiosos, de la familia, del matrimonio; es más, los mismos que alienan y roban el tiempo de los demás, se muestran atentos a los mencionados valores y se escandalizan de los jóvenes “que hoy en día no tienen valores”. Como si los jóvenes, que no deciden nada en la sociedad, fuesen los responsables de la degradación de tales valores. ¿Quién decide en una sociedad: los jóvenes, o quienes están al mando de un poder económico o político? ¿Y quién decide las leyes sobre el tiempo exagerado que se dedica al trabajo, a la producción y al dinero? Ciertamente los jóvenes no lo hacen. ¿Quién es que da el mal ejemplo? Los que conocen el verdadero valor humano del tiempo, son los que se quedan fuera del engranaje acelerado del sistema económico, es decir: los marginados, los desempleados y los jóvenes, los cuales son considerados por quien decide, como personas de escaso valor.

Parafraseando a Karl Marx, se podría decir que de la ética hasta ahora todo el mundo se ha limitado a hablar, pero ahora se trata de aplicarla. El tiempo humano forma parte de la vida cotidiana, de la ética. Ya estamos todos de acuerdo (por lo menos según la retórica oficial) en que los verdaderos valores son: la persona, la familia, las relaciones humanas, la paz, la convivencia civil, vivir sin estrés…etc. ¿Y qué se hace por ellos? Poquísimo, casi nada, además de la escenografía no se hace nada más. ¿Cuántas de las personas que manejan una empresa, cuántas de esas personas que están a cargo del gobierno de una nación, cuántos de los que toman las decisiones tratan a sus dependientes, a los ciudadanos, a los que no disponen de su propio tiempo, como personas con su propia dignidad y sus propias necesidades? ¿Personas que aman a sus familiares, a los cuales les deberían dedicar el tiempo adecuado; que sienten necesidades de tener vida social, relacionarse con el ambiente que los rodea, la naturaleza, los animales y que para todo eso necesitan disponer del propio tiempo? ¿Un tiempo que no sea sólo el reposo del estrés, del afán, del cansancio y la tensión adquiridos especialmente en el trabajo? En lugar de éso, ¿qué se hace? Se trata de coger todo el tiempo posible de la gente y alienarla para diversos fines, para someterla aún más. El trabajo y la producción no son valores en sí mismos, sino un completamento de la persona y de la sociedad. El trabajo no es lo contrario para el hombre. Somos testigos de una paradoja: estamos en la explosión de la tecnología, de la informática, de las máquinas; todas estas cosas fueron inventadas para facilitarle el trabajo al hombre, para que pudiera dedicar más tiempo a sus necesidades personales, familiares, espirituales, sociales: ésta es la retórica oficial. Y en vez de eso parece que fuera todo lo contrario: el ritmo de trabajo se intensificó mucho más, parece que el tiempo nunca basta, el estrés es inevitable…y entonces uno se pregunta: ¿Qué ventajas trae? ¿Por qué? ¿No deberíamos vivir mejor, con pocas preocupaciones? ¿Cuándo se pone en práctica la retórica oficial? Está claro que todo eso es muy costoso, pero si el objetivo es devolverle el tiempo a la persona, es un gasto que se debe hacer. Ya Séneca lo había pensado hace dos mil años.

Por: Giuseppe Esposito
Docente de Filosofía de Salerno (Italia)