Vivimos bajo un patrón de tiempo organizado según el calendario y el reloj y matemáticamente ya tenemos una idea de lo que tenemos que hacer, de lo que perdemos, de lo que suponemos nos queda, esa sensación de que debemos apresurarnos para no perder los minutos sin darnos cuenta que es dañina para nuestra felicidad, porque nos baja la energía sintiendo angustia o culpa al perderlos.

Las horas, los instantes van desfilando unos a otros sin detenerse y seguimos el patrón establecido porque tenemos obligaciones que cumplir en nuestro trabajo o en casa.

Nuestra rutina está sujeta a horarios preestablecidos. Sin embargo, podríamos personalmente crear una cultura donde podamos organizar nuestro tiempo con más libertad, donde tengamos momentos para la creatividad, para encontrarnos con el otro, para intercambiar ideas constructivas, para mirarse a los ojos, para demostrarse afecto, para compartir esos bellos momentos que parecen detenerse para llamar nuestra atención, pero sobre todo para ser humanos y recuperar el tiempo afectivo.

Sin darnos cuenta el afán por lo material es el que se apropia de nuestro tiempo y nos subordinamos a un estilo de vida olvidándonos del calor de la convivencia bien llevada.
Y al final resulta el tiempo peor invertido dándonos objetos y comodidades, a cambio de los momentos que podríamos compartir con nuestros seres queridos, momentos de placidéz, de escuchar música, leer un buen libro, disfrutar de la hermosa naturaleza, del abrazo de nuestros hijos, de ese tiempo que ellos también aprenderán a gestionar para lograr aquello que le dará sentido a su existencia.

Debemos repensar desde nuestra posición existencial cómo invertimos nuestro bien más valioso, el TIEMPO.

Por: Lucy Angélica García Chica
Lucy-Angelica-Garcia-Chica

Escritora y Poeta