En el cuarto de estar

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Nos movemos a ritmos mucho más acelerados y rara vez nos permitimos “perder”  toda una tarde alrededor de una mesa camilla en despreocupada tertulia con amigos o  familiares. Hemos sustituido la calidez de las mesas camilla por la confortabilidad de unos estupendos tresillos magníficamente tapizados de suaves paños o pieles bien curtidas orientados hacia la televisión.

Por si no bastara tenemos también la computadora. No voy a descubrir ahora las portentosas prestaciones que este instrumento ofrece a quienes saben hacer de él un uso razonable. Pero no es menos cierto que, cuando se pierde el control, se corre el riesgo de caer en brazos de una peligrosa tiranía que aísla del entorno más próximo y se convierte en un muro que dificulta la comunicación con quienes, por su proximidad, más necesitan de ella.

No dejaría de ser una tragedia que una deficiente comunicación en el propio hogar sirviera de pretexto para tratar de paliar, a través de las redes sociales, la absoluta necesidad de una relación cálida y funcional a la que aspira el corazón humano.

Por otro lado, es difícil liberarse de la servidumbre a que nos encadenan los compromisos que adquirimos y liberar espacios en los que la tiranía del reloj no se nos acabe imponiendo.

No habilitamos espacios para que puedan producirse encuentros genuinamente humanos en que se expresan emociones, se comparten inquietudes, se manifiestan complicidades que son propias de seres que se quieren o, simplemente, “se pierda el tiempo”, si se me permite la expresión, con aquellos a quienes nos debemos. Pues no debiéramos ignorar que quizá sea esa presunta pérdida de tiempo lo que más contribuye a que realmente lo ganemos. Bueno sería comprender que prescindir del reloj es, con harta frecuencia, la más genuina expresión de amor.

En ausencia, por lo tanto, de la mesa camilla, tratemos de recuperar el espíritu de proximidad y de cordialidad que ella simbolizaba. Ese espíritu empático que nos permite sintonizar con el otro y reparar en lo nimio, en lo aparentemente insignificante, en lo que habitualmente nos pasa desapercibido. El diálogo es esencial a la personalidad, y ha de ser un diálogo en el que yo me dé verdaderamente y en el que sea verdaderamente recibido”.

Probablemente no contemos ya en nuestras casas con una acogedora mesa camilla. En ella, y al amparo de sus tibios faldones, nos protegíamos, en otros tiempos, de los fríos de inviernos nada clementes. Pero, sobre todo,  con la inevitable proximidad de unos con otros que su propia estructura física propiciaba, nos curábamos de soledades y experimentábamos la cálida presencia de aquellos, vecinos, familiares o amigos que, de una u otra forma, más nos importaban.

En su ausencia, de lo que no podemos despedirnos es de la necesidad de mantener modelos de comunicación que nos permitan sentirnos vivos, reconocidos, queridos…  Una comunicación profunda que nada tiene que ver con la trasmisión de obviedades y sí con hacernos mutuamente partícipes del caudal de vivencias que se suceden en lo más hondo de nuestro yo. Comunicar, en el sentido más genuinamente humano, no es contar cosas, sino expresar lo que sentimos, no es parlotear de lo que tenemos o de lo que ambicionamos poseer, sino hacernos regalo, los unos a los otros, de nuestras emociones, nuestros gozos o pesares, nuestros afectos, nuestros valores…

Vivimos rodeados de bullicio y parece como si hubiéramos aceptado que nuestro medio natural debiera ser el jaleo. Habrá que estar atentos para que tanta estridencia y tanto estruendo no impermeabilicen nuestros oídos a las voces que nos llegan de aquellos a quienes más amamos. También para evitar que los murmullos interiores, en forma de desgana, prejuicio, comodidad o indiferencia, limiten nuestra capacidad para acoger los mensajes de quienes nos rodean, de escuchar adecuadamente las voces de familiares, de cónyuges, hijos o abuelos… Porque menesterosos de atención lo somos todos: lo es la esposa que se siente poco considerada o escasamente atendida, el marido que se lamenta de no ser ni valorado ni comprendido, el muchacho que reprocha que nadie le toma en consideración o el anciano que, abrazado a su soledad, se percibe a sí mismo como un estorbo. Todos, en una palabra, precisamos que no se desatienda  una de sus más radicales necesidades de cuantas experimentamos los seres humanos: la de ser tenidos en cuenta y aceptados como sujetos que, al expresar el contenido de su mundo interior, se sienten reconocidos, respetados, incondicionalmente aceptados…, en definitiva, amados.

Por: José María Jiménez Ruiz
Terapeuta familiar y vicepresidente del Teléfono de la Esperanza

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