El 9 de octubre del año 1958 a las 3:52 de la madrugada hora de Roma, y a sus 84 años Pío XII partió a la Ciudad del Cielo. El Papa Pío XII fue pontífice tras casi dos décadas, periodo en el cual renació mucha fecundidad, para la Iglesia Universal. Su gran acción y preocupación por revitalizar el mundo católico fue tal que se ganó el cariño de la mayor parte de la grey.

El papa cuyo nombre de pila era Eugenio Pacelli fue un hombre destacado por su vasta intelectualidad y cultura, al punto que su saber le llevó a dominar muchos campos primordiales del conocimiento humano. Ello ha quedado demostrado en variados tratados, discursos y radiomensajes que dio a los gremios de obreros, patronos, médicos, artistas, productores de cine, empresarios de prensa, mujeres de distintos niveles y condiciones intelectuales, y a un sinfín de gentes de la sociedad del entonces.

Pío XII hablaba varias lenguas y conocía bien los más impensados asuntos de derecho, disciplinario, dogmático y litúrgico. También abogó (al igual que su antecesor Pío XI) por la verdad doctrinal de la Iglesia, frente a los errores del comunismo y del materialismo deshumanizador.

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Pacelli era de un don paternal y afable con todos los que le visitaban en tan nutridas audiencias. Y aún en sus momentos de enfermedad severa, lo cual le impedía asistir a la mayoría de los actos litúrgicos, al menos hacía grandes esfuerzos por salir a la ventana o balcón que da hacia la Plaza de San Pedro, para saludar al pueblo de Dios. En este acto de condescendencia y amor de un verdadero padre espiritual, también nos recuerda lo que mucho después haría el querido Juan Pablo II.

De sus detalles o intimidades se dice que en cuanto podía, Pío XII oraba cinco horas seguidas, otras catorce las dedicaba a sus misiones apostólicas y apenas cinco horas restantes dormía. Se caracterizó también por su don de caridad, por eso algunos le llamaron el “Papa de la Caridad”.

Es pertinente abordar, que durante su Papado estalló la segunda Guerra Mundial, por lo cual su figura tuvo que hacer frente a la posición bárbara de los Nazis. Entonces este papa mantuvo en Roma de manera secreta toda una organización para ayudar a los perseguidos, por el régimen de Hitler. Así pues, en ese periodo crítico destinó 1.000 millones de liras para las víctimas directas; más de 200.000 liras en asistencia médica y sanitaria, y al menos 110.000.000 de liras a los más diversos fines humanitarios con cobertura hacia unas 600.000 personas.

Pío XII también estimuló mucho las misiones evangelizadoras a los países del lejano Oriente, la India y África y para ello nombró a varios obispos. A mediados de 1944, las tropas de los aliados que habían liberado Roma, empezaron a pedir repetidas audiencias con el Pontífice.

De su testamento se tiene que fue breve lo que dictó, donde lo esencial que se desataca es: “Pido perdón humildemente a todos… No necesito siquiera dejar un testamento espiritual como acostumbran hacer tantos Prelados celosos de su misión, porque los muchos documentos y mensajes míos en relación con las exigencias de mi cargo son (se refería a sus encíclicas, decretos y cartas pastorales) suficientes para dar a conocer a todos aquellos que acaso quieran saberlos, mis pensamientos sobre diversas cuestiones religiosas y morales. Dicho esto, designo mi heredera universal a la Santa Sede Apostólica, de la cual tanto he recibido, como si fuera de una madre amante”.

Las palabras anteriores, resumen su grandísimo amor por su misión pontifical y por la Iglesia.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos