Enterrar el CO2, posible solución contra el cambio climático

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ContaminaciónLos combustibles fósiles se llaman así porque provienen de antiguas fuentes de energía y carbono que están enterradas en el subsuelo. Fueron creadas en otras eras geológicas, cuando la muerte de las plantas y los organismos con el tiempo permitió que la materia viva quedara fosilizada. De esta forma, ese carbono que circulaba entre los seres vivos a través de la respiración, la alimentación y la fotosíntesis, quedó fuera del sistema.

Al menos hasta que el ser humano comenzó a quema carbón o petróleo y lo volvió a poner en movimiento, aumentando los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera y por eso contribuyendo al efecto invernadero y por tanto al calentamiento global.

Aparte del vaporoso objetivo de reducir las emisiones contaminantes, algunos geofísicos trabajan en volver a enterrar el exceso de CO2 en el subsuelo. Su idea es cazar este gas y tratar de favorecer reacciones químicas que lo fijen a las rocas o a otros compuestos, por ejemplo aprovechando las grandes cavidades dejadas al extraer el petróleo o el gas de las reservas.

Pero hasta ahora, la opinión mayoritaria es que este proceso podría llevar cientos o miles de años. Al menos hasta este jueves. Porque, según un estudio presentando en Science, es posible inyectar importantes cantidades de CO2 al subsuelo y conseguir que se fije a las rocas en tan solo un par de años.

Annette K. Mortensen «Hemos cambiado el consenso de que lleva cientos o miles de años mineralizar el carbono», ha explicado a ABC Sigurdur Gislason, investigador en la Universidad de Southampton que ha participado en este estudio.

Gracias a un proyecto piloto llamado «Carbfix», los investigadores comenzaron en 2012 a mezclar los gases de «escape» de una central geotermal de Islandia con agua, para luego inyectar la mezcla en las rocas basálticas de las profundidades.

El resultado, ha sido un conjunto de reacciones químicas que emulan a lo que ocurre en el entorno natural y que provocan que el CO2 precipite en forma de un mineral blanquecino y calizo. Lo interesante, es que esto ha ocurrido en tan solo un par de años.

«Nuestros resultados muestran que entre el 95 al 98 por ciento del CO2 que hemos inyectado fueron mineralizados en menos de dos años, lo que es sorprendentemente rápido», ha dicho en un comunicado Juerg Matter, primer autor del estudio e investigador en la Universidad de Southampton.

Este «milagro» ha ocurrido en la planta geotermal de Hellisheidi, en Islandia, una central capaz de proporcionar energía a Reykjavik, la capital del país, aprovechando el calor y la energía del subsuelo para mover sus turbinas.

A pesar de que la fuente de energía es bastante respetuosa con el medio ambiente, en el proceso se liberan gases volcánicos, como dióxido de carbono y derivados de azufre.

Allí, la gran ventaja es que hay rocas basálticas ricas en elementos como calcio, magnesio e hierro que participan en la mineralización del carbono.

Cuando se inyecta agua mezclada con gases y esta llega a profundidades de entre 400 a 800 metros, la solución comienza a penetrar en los poros de la roca y a sufrir reacciones químicas, que acaban generando precipitaciones de carbonatos.

«Podemos bombear grandes cantidades de CO2 y almacenarlo de forma segura en un corto periodo de tiempo», ha dicho en un comunicado Martin Stute, un investigador en Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia (EE.UU.).

«En el futuro, podremos tratar de usar esto para plantas energéticas en lugars donde hay mucho basalto, y hay muchos lugares así». Básicamente, todos los suelos marinos del mundo están hechos de rocas basálticas porosas, y estas forman además alrededor del 10 por ciento de las rocas continentales.

En opinión de Sigurdur Gislason, coincide en que sería viable llevar esta metodología a otros lugares, aparte de Islandia: «El 70 por ciento de la superficie de la Tierra está cubierto por océanos y la mayor parte del suelo marino está hecha de basalto. Podemos usar agua de mar para inyectarla en el subsuelo, en zonas como India o California».

De momento el método parece haber ido mejorando con el tiempo. Entre 2012 y 2013 lograron bombear 250 toneladas de CO2 mezcladas con agua y gases, y comenzaron a encontrarse rocas ricas en venas de carbonatos, aparentemente formados por este proceso.En 2014, comenzaron a inyectar dióxido de carbono a una tasa de 5.000 toneladas anuales, y este verano se espera doblar esta cifra.

Todo esto, trata de compensar las 40.000 toneladas anuales de emisiones de CO2 de la planta de geotermal de Hellisheidi. Pero Sigurdur Gislason pone el foco en objetivos más ambiciosos. Una vez comprobado que el proceso funciona, y que es viable económicamente, tal como asegura, podría llevarse a plantas termales basadas en combustibles fósiles o incluso a hornos de fundición de aluminio o hierro.

A pesar de todo, esta técnica tiene algunas debilidades. En primer lugar, por cada tonelada de CO2 bombeada es necesario bombear unas 25 toneladas de agua, aunque los investigadores insisten en que sirve el agua marina.

Además, supone un gasto adicional. En el caso de Hellishedi, se ha podido aprovechar la infraestructura que ya existía allí, pero cada tonelada bombeada ha supuesto un sobrecoste de 30 dólares, mientras que en otros lugares había que construir complejas instalaciones.

Aparte, algunos han sugerido que los microorganismos podrían usar ese carbono precipitado con el bombeo para producir metano, un gas de efecto invernadero aún más potente y que acabaría con la utilidad del proceso. Los autores sostienen que podría ocurrir algo así, pero que no afectaría a grandes cantidades de carbono.

Tal como escribieron en anteriores ocasiones, la clave para poder aprovechar el bombeo para paliar el problema del CO2 es más una cuestión de economía y voluntad política que de ciencia.

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