Una de las claves de la felicidad cuando se llega a una edad madura es saberse querido, aceptado, que cuenten con uno.

En la novela Mirando al sol del escritor inglés Julián Barnes, un personaje trata de buscar las respuestas a las preguntas universales en una computadora que aglutina toda la sabiduría universal. Después de múltiples y fracasados intentos en los que la máquina no le resuelve los problemas, decide recurrir a su madre de 99 años. Ésta le responde “Sí, querido”, “No, querido” a todas ellas y el personaje encuentra la paz interior.

Nos pasamos la vida tratando de entender la vida y olvidamos, con una actitud prepotente, que otros antes que nosotros ya se han hecho las mismas preguntas. Nuestro tiempo merece una propuesta seria para cuidar, mimar y escuchar a nuestros mayores. Potenciar su autoestima y bienestar porque la única sociedad posible es aquella que sepa considerar de una manera más creativa la vejez.

Algunos niños estarán contentos por acercarse a la ansiada madurez, algunos adolescentes por alcanzar la independencia. Otros, sin embargo, añorarán tiempos pasados y querrán detener el inexorable reloj biológico. Todos ellos están destinados a envejecer si tienen suerte y viven las condiciones sociales y económicas adecuadas.

Uno de los mayores logros de la sociedad moderna es precisamente ese, el posibilitar nuestro envejecimiento, que la esperanza de vida sea cada vez mayor, aunque este avance no sea simétrico en todo el mundo. Las diferencias entre el Norte y el Sur sociológicos se mantienen también en esta dimensión, robándoles tiempo de vida a los menos favorecidos. La muestra más cruda de la desigualdad.

Sin embargo, no podemos contentarnos con vivir más años. Este periodo debe ir acompañado de unas condiciones dignas. Esta prioridad no tañe sólo a los mayores, es un objetivo social que nos interpela a todos nosotros que algún día llegaremos a la vejez.

Otro de los horizontes hacia los que debemos caminar en esta lucha por la dignidad en el envejecimiento consiste en revalorizar la figura del mayor. En el devenir de la sociedad capitalista, el valor de las cosas cada vez se mide más por su productividad. Los mayores han dejado de ser un valor para convertirse en una carga, especialmente en las sociedades occidentales. Lo peor de este fenómeno es que ha llegado a la intimidad de los ancianos, haciéndoles sentirse inútiles.

En una sociedad que prima la juventud, los mayores han perdido voz. ¿Se imaginan un proyecto de cualquier clase en el que las personas con más experiencia no aporten su punto de vista? No se trata sólo de un proceso de silenciamiento, va más allá de una posible práctica de coacción. Hemos conseguido que sean ellos los que piensen que no tienen nada que decir. La pérdida que eso supone no se puede valorar.

El envejecimiento de la población es uno de los mayores problemas con los que nos vamos a tener que enfrentar en las próximas décadas.

España había logrado afirmar el 4º pilar del Estado de Bienestar, junto a la educación, la sanidad y las pensiones. En 2006 se aprobó la Ley de dependencia para garantizar el cuidado por la Seguridad Social de las personas mayores dependientes por razones físicas o de enfermedad.

La propuesta supuso una mejora en la calidad de vida de los ancianos y de sus familiares, así como una fuente de creación de empleo. Ayudaba a suavizar uno de los mayores temores de la vejez: convertirse en una carga. Y en estos aciagos momentos de la corrupción más vergonzosa en tiempos de crisis, esta Ley es la primera que sufrió los recortes más ignominiosos por parte de un Gobierno deslegitimado y ruin.

Por: Fran Araújo
Director de cine


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