En ese vuelco y vuelo del desamor y amor hay puentes, subterráneos, mundos paralelos, destiempo en grises tornasolados, cantados en voces agónicas y, casi al borde de la disolución, la poeta apuesta a otros mundos, al  encuentro del amor soñado, extraviado y ella, una  extraña, exranjera en su cuerpo y sentimientos, nos va a conducir a ese cielo azul  celeste del amante “[…] visito la Era de tu rostro/ y contemplo las Edades de tu voz/ y recorro todos los principios y todos los finales […]” (p.86). Se sienten las mutaciones… y es una Azula distinta en este III canto. Le marca un renacimiento, pero seguirá tatuada por el deseo en los cantos I y II, y más iluminada al percibir sus oscuridades; ya no estará tan enceguecida por los sentidos ni por la primera luz nacida que la encandila.

En su mundo poético deseante, ella renace: “me nacen pétalos sin tamaños ni colores/ inundando todo lo que soy’’ (p. 86).  Su yo poético, sobreviviente, desea y ama al estar viva y no de la existencia por existir, sino de una mujer poeta que retuerce las palabras para ser visible y que sabe lo que quiere.

En las Estaciones de Azula, desde la primera estación, su yo poético está emparentado con el ritmo del tiempo: el crepúsculo, la noche, el amanecer y la mañana. Todas las estaciones están sujetas a la sensualidad, al goce y al dolor con y por el amante. En ese lugar, el olvido se hace imposible porque todo lo revive la memoria del cuerpo. En la noche, en esa gran noche Madre, nos cantan los difuntos amantes y la poeta descifra, transida de dolor y angustia, y a la vez deseante, lo siguiente: “es preciso llegar a tu humedad…/ a tu hendidura…”, y yo agregaría llegar a ese deseo sin fondo que nunca será saciado, y quizás sea mejor así, porque si se plena, se cierra la búsqueda y entonces nos preguntaría “¿cómo se despide un pedazo de tu vida… intangible?” (p.33).

El deseo abierto de esas archiganas de escribir, borrar, escribir, destruir… están muy presentes, y si así fueran los cuerpos amados sería fácil, pero el destiempo los borra y muchos pérfidos son solo residuos y con mucha suerte solo algunos quedarán incorporados en la eternidad poética.

La búsqueda de sí misma parte de las sensaciones primarias. El cuerpo, tasajeado en todos sus órganos, busca un resquicio para no poder sentir el dolor, pero siempre tejemos nuestra cuasimuerte.  Ella, la voz poética, detiene el fuego pasional, casi congelado, en las plumas cenizas, “la belleza en las cenizas” (p.13). ¡Oh volá de los grises del vuelo amatorio!

Percibimos que al iluminar deja sus oscuridades y en sus yoes múltiples, en sus desdoblamientos, se pregunta ¿quién soy?, mientras se va borrando, “cuerpo borrado”, desesperada en situaciones límite, el deseo y el placer la remecen, “despertando” al cuerpo. Ella, con sus multiplicidades, se encamina hacia ese largo proceso de reconstruirse con las palabras,  asidas al cuerpo, cuerpo textual efímero y también sangrante, porque todo deseo es tinta sangre, porque duele parir, duele alumbrar palabras, y ella trata de plasmar, de corporeizar el olor, el calor, la tibieza de la danza seductora del ritmo, y va de puntillas, con cuidado… diciendo “Ya va… soy mujer de ritual/ los cierres toman tiempo o/ ¿cómo se despide un pedazo de tu vida… intangible?” (p.46).

Azula se extingue en la humedad, en caricias desleídas, pero siempre el cuerpo reaparece más fuerte. Reaparece con palabras atrapadas en las líneas de las manos y de los pies, en la hendidura herida y contenida de los recuerdos. El deseo se abre para seguir inflamado, “olfateo el lugar de la oscuridad…” (p.42), es el destiempo de los amantes, es la fugacidad, es “la dormida mirada ancestral” de atrapar el punto efímero que se cuela en un beso o en un verbo. La piel azulada es tocada apenas por el roce “de una soledad en ciernes, de un aguacero permanente, tímido y frágil que no se irá” (p.44). Pero eso no importa porque la caricia nocturna del poema le brota “detrás del cielo”, por eso, “sentido y sonido se desbocan” y contempla al poema debajo de su ceja “conspirador de trincheras nocturnas” (p.45).

Así escribo estas líneas, con los ojos apretados, halo recuerdos y palabras tocadas, y siento que el viaje de Azula memoriosa la instala en su conciencia de mujer sensible al decir que pisa las nostalgias “sonreída contra el cielo’’ (p.49).

Azula camina iluminada, sin aspavientos, se reconoce despierta en “la dormida mirada ancestral” (p.44) y se hurga en sus conexiones intemporales:

[…] me piso los dedos, el arco, el empeine de mi silencio,
descalza por mi espalda
me vence, me venzo, […]

El destiempo se ríe
y yo sigo durmiendo, en la esquina, perdida…
ceja y párpados adentro. (p52)

Por otro lado, el cuerpo lunar, solar, cosmogónico está en Azula holística, que se reconoce toda y nada a la vez. Se reconoce en los elementos animados e inanimados, los atraviesa en una danza de palabras perdidas y sentipensantes para al fin reconstruirse sin odios en un mundo propio hecho a su imagen.

Ya en la tercera estación de nuevos amaneceres y lúcida, le canta a la mujer vasalla, esa otra del continente oscuro, ninguneada, con una descarga sosegada de azul frío quemante en el poema “La res”:

Soy la cosa pública,
la que se ata, la que se cierne,
se derriba y es derribada por un país
un ojo me mira, fetichiza sus fantasmas encima o debajo de este vientre,

lo posee y es poseído por otros sin darse cuenta
de la cadena destructiva, de los cuerpos fermentados por el holocausto,
de la fragmentación y la ira de un timón abyecto
sobre la nada de los cuerpos […] (p.62)

Nada más enriquecedor para todos en este planeta tierra que una mujer empoderada de su cuerpo y de su sexualidad, empoderada del deseo bronco, sin ataduras, “vestida de cielo/ desde el sur” (p. 65). Desde cualquier punto terrestre, las mujeres poetas, diosas y hechiceras, si son viejas son más sabias todavía y dice irónicamente: “vieja viejando […]” “Estás vieja, ya no pintas mitos” (p.74).  Somos dantas y jaguares, cóndores y lágrimas azules que traspasan agujeros negros. Asimismo, en esta poesía encontramos también al pedestre terrícola que se revuelca en nidos de escorpiones y víboras:

Estos,
con quienes he creído soñar,
con quienes he salido a la mar
sirviendo perdones sin puerto. (p.76)

El yo poético queda breve “permanentemente breve, / calzando aprietos, re-cuerdos/ y algún delirio asiduo” (p.77).

En los últimos poemas, hay una reiteración al otro mundo, al de la muerte. Un mundo al que estamos directamente conectados, como la piel a nuestros cuerpos, como los saltos al danzar. El yo poético se despega del piso, con pies alados y penetra en el mundo de Hades, de Eurídice y Orfeo o en el cantar de los muertos, en el viaje de los muertos a nuestras vidas marcadas. Las Parcas, Átropos y sus hermanas tejen los hilos y son las reinas de la muerte, como nuestras ancestras chamanas “de una muerte oscura/ pronta a resolver” (p.78), y nos traspasa en la noche Madre:

La noche arrastra a sus muertos
con un temblor en los huesos,
como un poeta caído,
desasido en su llegada. […]

[…] La noche corteja a sus muertos
y yo quedo aquí varada,
oliendo invisibilidades
con las palabras mojadas,
imaginándote sin hades […] (p.79)

Siempre los recuerdos nos instalan en cuerpos amados y en trayectorias disímiles, divagan en las sombras olvidadas y la poeta acude a la cita “[…] como un aceite tibio inhalando pupilas/ divago entre las huestes de este borramiento vestido. / Solo sombras / Ya no me hospedo en mí […]”.  La poeta está en tránsito de porosidades de vidas y muertes, ante el llamado de los recuerdos y visiones dice: “Me aferro […] a las invisibilidades que preludió la lluvia […] y a esta isla de tempestades, querencias y deseos […] (p.83). El Amor repara “[…] diluida en la última ciudad quemada, / umbrosa, más no derrotada […] en la periferia del sueño, / acumulando minutos para no ser borrada” (p.85).

Así vamos, poeta Azula, con los nanosegundos agigantados en tierra, al destiempo del amar todos los días… en esas respiraciones contenidas en las paredes, cielo raso, en la bóveda palatina de ese pasadizo conectivo de la húmeda garganta al cielo, vamos a nuestro cielo de voces y palabras en la infinitud del Universo, a la ceguera total de los sentidos… y es posible que no nos quede nada de lo que somos.

Por: Ana Anka