Te acercas al borde de un abismo, está muy alto y piensas que será fácil deshacerte de este débil cuerpo, deshacerte de este mundo terrenal donde la vida es demasiado complicada, un mundo en el que es imposible sentir ese flujo maravilloso de energías que nos regala el universo; pero entonces… un pie resbala, pierdes el equilibrio, y luchas por tu vida para salvarte y no caer a ese abismo en el que segundos antes estabas tan segura de desear sumergirte.

Tu respiración aún está agitada, y tu corazón galopa asustado y confundido dentro de tu pecho. ¿Realmente quería saltar? Sí, lo deseaba, estaba totalmente segura de lo que iba a hacer, y si no hubiese resbalado, seguramente mi cuerpo yacería al fondo de aquel abismo.

Si hubiese saltado, seguramente, una milésima de segundo antes de estrellarme, me habría arrepentido, pero entonces, ya no habría vuelta atrás.

Esta reflexión me hace pensar en el hecho de que todos, por mucho que deseemos morir en un momento determinado, siempre prima nuestro instinto de supervivencia. Nadie ha vuelto de la muerte para decirnos “yo me arrepentí un instante antes de morir”, pero quizás fue así.

Todo esto, me lleva a plantear; ¿estamos preparados para morir? ¿estamos preparados para asumir la muerte de un ser querido? Mi respuesta a las dos preguntas, es que nunca lo estamos y nunca lo estaremos, por mucho tiempo que tratemos de asumir la muerte, siempre la temeremos, porque por muy duro y complicado que sea este miserable mundo, el no saber qué ocurrirá después de la muerte, nos aterra.

Mi reflexión ha surgido con motivo de un curso que estoy realizando de primeros auxilios psicológicos. Cuando pensamos en primeros auxilios, pensamos en situaciones de catástrofes o situaciones extremas en las que, al igual que se cura el cuerpo, también se debe actuar sobre la mente para que los daños no se vuelvan crónicos. Pero realmente, no solo sentimos ese vacío y esa ansiedad en una situación extrema, ya que, para cualquiera, perder a un ser querido se convierte en algo demasiado doloroso y difícil de asimilar.

Teóricamente, en el curso se habla de una situación en la que los demás no esperaban la muerte de esa persona; causada por un accidente, atentado, catástrofe o una situación susceptible de dejar a sus seres queridos en shock. La persona puede pasar por dos fases o quedarse en la primera fase, que sería lo mejor, pero para que esto suceda, se deberían aplicar esos primeros auxilios psicológicos.

El problema llega, como siempre, según mi criterio, cuando la persona no ha sufrido un accidente o algo que pueda poner en alerta a alguien que le preste ayuda, el problema llega cuando un familiar muere y no sabes cómo gestionar tus emociones, cuando el abismo se abre en tu interior y es tan enorme ese vacío y ese dolor, que tu vida deja de tener sentido, el problema llega cuando un niño comprende que no va a volver a ver más a esa persona y debe asumir una vida sin ella.

Ahora estaréis esperando respuestas, soluciones a ese vacío, pero siento deciros que aún no he avanzado lo suficiente en el curso para daros la respuesta que esperáis, y me temo que, aunque avance, tan solo nos queda esperar que los demás nos ayuden a no precipitarnos a ese abismo, que nos cojan de la mano y nos digan lo que Jack le dijo a Rose en Titanic “Si tu saltas yo salto”

Por María Beatriz Muñoz Ruiz