Hay un color que hoy en día vemos por todos lados y que no nos parece nada extraordinario.

Pero en el pasado era tan raro y costoso que solo unos pocos podían permitírselo. Así que, por supuesto, a la hora de diseñar su bandera la gran mayoría de países prescindió de una tonalidad que no iba a estar al alcance de todo el pueblo: el morado.

Durante siglos el morado fue asociado a la realeza y a la clase dominante porque su prohibitivo precio lo convirtió en un símbolo de estatus.

Alrededor de 1856 William Henry Perkin dio con la fórmula para obtener tinte morado de manera artificial y se hizo rico con ella.

El púrpura se obtenía en pequeñas cantidades de la mucosidad de un caracol marino llamado múrex que habita en la región del Pacífico-Índico. Lo elaboraban en la ciudad fenicia de Tiro.

En la antigua Roma, Julio César viajó a Egipto a visitar la corte de Cleopatra y quedó tan fascinado con los colores morados que vio allí, que volvió con una toga púrpura y decretó que solo él podía vestir togas de ese color.

Fue un químico británico el que consiguió democratizar este color: William Henry Perkin.
En 1856, con apenas 18 años y siendo aún un estudiante en el Royal College of Chemistry, Perkin intentaba hallar una fórmula para producir de manera artificial la quinina, que en aquella época era el compuesto principal del tratamiento contra la malaria.

Añadiéndole hidrógeno y oxígeno al alquitrán de hulla, se dio cuenta de que los frascos de cristal quedaban manchados de negro. Tras echarles agua, dio con el primer tinte sintético: la anilina morada, también conocida como malveína, malva, violeta o púrpura de Perkin. Una forma más sencilla y barata de conseguir el color morado de manera masiva.

El joven consiguió que su padre lo ayudara financieramente y abrió un negocio de tintes con el que se hizo rico.